Adherirse a la comunión es vivir un anticipo del Paraíso: la experiencia de vida en casa en un testimonio de la Hermana Patrizia, de las Misioneras de San Carlos.

En la casa de Broomfield somos actualmente cuatro personas: la hermana Eleonora, la hermana Teresa, María y yo. Apoyamos a los sacerdotes de la Fraternidad en algunas actividades relacionadas con la parroquia y el movimiento de CL, como la visita a los enfermos, el trabajo con los chicos, la escuela parroquial, el catecismo y el coro. Tanto en casa como en la misión, vivimos una vida común muy estrecha. Habiendo estudiado Economía, los criterios de eficiencia siempre han sido muy queridos para mí. Pero muy pronto he descubierto que vivir una vida de comunión ralentiza los procesos: si por ejemplo tengo una idea, debo esperar para contrastarla antes de proponerla a los chicos. Si una familia nos invita a cenar, pregunto a las hermanas por su disponibilidad cuando elaboramos la agenda común, y a lo mejor la cita se fija para el mes siguiente. Al comienzo esta modalidad me resultaba difícil, luego he entendido que, actuando yo sola, me arriesgo a llevar la gente hacia mí en lugar de hacia Otro. Y eso no es lo que deseo.

En casa vivimos una total transparencia y entrega entre hermanas. Durante las comidas y en el encuentro semanal nos relatamos los encuentros, los diálogos con las personas que hemos visitado, y dejamos que la palabra de la hermana entre en nuestra manera de juzgar y de actuar.

En los países secularizados, los lazos se ven a menudo como una limitación a la libertad personal. Yo estoy descubriendo cada vez más que la pertenencia es la fuente de mi verdadera libertad. Cuanto más pertenezco, más soy libre. Y además, si santo Tomas estaba en lo cierto cuando afirmaba que la visión beatifica será un evento comunional, viviendo una sincera comunión con mis hermanas no hago otra cosa que vivir un anticipo de Paraíso. Debo decir que a menudo hago esta experiencia: cuando veo que la otra tiene mi mismo deseo de santidad, cuando discuto con una hermana, expresando lo que llevo dentro, entiendo que gracias a ella logro alcanzar profundidades de las que, yo sola, ni siquiera hubiera sospechado la existencia. Obviamente, hace falta mucha humildad para dejarse poner en discusión y cambiar nuestro punto de vista: a menudo debo pedirla a Dios de rodillas. Es difícil extirpar el orgullo que está detrás del pensamiento: “tengo razón yo”. La vida común es el cincel de Dios, sin él no saldría ninguna obra de arte, si no que quedaríamos como un trozo de mármol sin rostro. Gracias a la vida en común, está emergiendo mi verdadero rostro, un rostro de hermana, de hija y de madre.

Además de la comunión con las hermanas, tenemos la gracia de compartir el trabajo con nuestros sacerdotes. Tengo en mente la historia de George, muerto el día después de su bautizo, de las personas que hemos preparado para recibir los sacramentos, o bien de aquellos que hemos llevado a los sacerdotes ofreciendo nuestra casa como lugar de escucha y acogida: nosotras las hermanas acogemos y escuchamos, los sacerdotes indican un camino y administran los sacramentos. No hay un papel más importante que el otro.

En una sociedad donde la identidad es un concepto confuso, nuestra comunión nos ayuda a entender mejor qué significa ser mujer y madre. Un día, una señora me detuvo diciéndome que no es justo que las monjas no puedan celebrar la misa. Después me preguntó: “Pero a ti ¿no te gustaría ser sacerdote?”. Yo le contesté: “Mire, ¡yo ni siquiera quería ser monja!”. Se echó a reír: luego le expliqué que la vocación la da Dios, es Él quien me da el lugar donde puedo florecer. Frente a ciertas observaciones, entiendo que no está clara la figura de María. ¿Tal vez ha sido algo menos para ella ser madre? ¿Quizás ha sido inútil quedarse bajo la cruz? Queremos redescubrir nuestro rol de mujeres consagradas mirando a María, queremos servir la Iglesia con nuestros sacerdotes, teniendo clara la belleza de la diferencia en la tarea que Dios nos da para la salvación nuestra y de las almas que se nos ha confiado.

 

La hermana Patrizia Ameli, de las Misioneras de san Carlos, trabaja en la parroquia de Nativity of the Lord, en Broomfield (CO), Estados Unidos. En la foto, con algunos chicos de la parroquia.

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