En el relato de dos chicas, una desde Argentina y otra desde los Estados Unidos, el coraje de decirse de Cristo, frente a todos.

En el relato de dos chicas, una desde Argentina y otra desde los Estados Unidos, el coraje de decirse de Cristo, frente a todos.

La Plata, Argentina, 2006. Tres de nuestros misioneros han llegado desde hace unos meses a la parroquia de Los Hornos. La pequeña iglesia, que antaño fue una capilla familiar perdida entre los campos del gran latifundio, está ahora rodeada por un recinto de altas paredes que también contiene la casa de los sacerdotes y un colegio repleto de gente joven. El barrio, que creció todo alrededor, está habitado por familias de modestas condiciones económicas, en su mayoría de origen italiano.

Desde el comienzo los nuestros se insertan como profesores en el colegio, y después de algunos meses invitan a los primeros chicos a profundizar en el contenido que desarrollan en las clases. Proponen una caritativa, y después los encuentros de escuela de comunidad. Así pasa el primer año escolar y empieza uno nuevo.

Un día, en una de las clases, durante la hora de religión recogemos las adhesiones a una semana de excursión gestionada por los alumnos. Es una tradición del colegio, dicen los chicos. En realidad es un síntoma del hecho que durante mucho tiempo han sufrido la falta de una propuesta educativa adecuada. Estas excursiones se han convertido en un ambiguo momento de iniciación, en el que los chicos se abandonan a una convivencia instintiva y sin reglas. Casi todos vuelven mucho más tristes de cuando salieron. No todos aprueban el arbitrio de los compañeros más mayores que lideran el juego, pero no es fácil escapar sin pasar por beatos o empollones. Ese día, sin embargo, una chica encuentra el valor para decir que no participará. Delante de sus compañeros y el sacerdote que la escucha sorprendido, explica las razones de su no: “No quiero echarme a perder solo porque todos lo hacen. He encontrado un grupo de personas que vive de forma diferente y he visto que son felices”. Recupera el aliento, luego continua: “Me han invitado a unas vacaciones y quiero ahorrar mi dinero para poder estar con ellos”.

“En ese momento entendí que en nuestra escuela había nacido GS”. Me dijo nuestro misionero, contándome este episodio. “He notado que en su voz vibraba una emoción más profunda que la generada por el temor al juicio de sus compañeros. Era algo que la iluminaba desde dentro. Había encontrado una compañía que daba un sentido a su vida, y esto la llenaba de alegría y de coraje”.

Arlington, Virginia, 2017. Otro colegio, otro sacerdote que propone a sus alumnos profundizar en lo que explica durante las clases de religión. Para poder reunir a los chicos, ha obtenido el reconocimiento de un club estudiantil, cobertura jurídica obligada en los Estados Unidos. El presidente del club es una de sus alumnas más jóvenes. Mirada viva y rostro con rasgos orientales, que le da crédito a su profesor y empieza a colaborar con él.

Todas las semanas algunos chicos se encuentran para juzgar sus experiencias con el nuevo sacerdote llegado de Italia: leen textos de don Giussani, se preguntan cuál será el sentido de la vida y qué tiene que ver con Cristo. El grupo crece poco a poco, con los años. Pasan cuatro, y esta chica que desde el comienzo había dirigido con fidelidad las reuniones llega al examen de licenciatura, que supera con las notas más altas de toda la escuela. Por tanto le toca a ella mantener el discurso de clausura, durante la ceremonia de graduación. Delante de estudiantes y profesores, dispuestos para la fiesta en el santuario nacional de la Inmaculada, en Washington, ese día comienza así: “Normalmente, en esta ocasión, esperamos escuchar que podemos construirnos la vida que queremos, a condición que decidamos trabajar con constancia y determinación. Normalmente se dice que podemos alcanzar todos los objetivos que nos fijamos, y así tener éxito en la vida. Yo también creí en esta promesa, la esencia del sueño americano. Yo también creía que satisfacción y felicidad me hubieran llegado solo por mis capacidades para alcanzarlos, marcando en la lista uno detrás de otro todos mis objetivos. Pero he entendido que esta no es la verdadera felicidad, no es la verdadera vida. Demasiado a menudo vivimos con la ilusión que cosas finitas puedan llenar un deseo que en cambio es infinito. Al contrario, no hay cosa más bella que descubrir el porqué de nuestra vida. En estos años he entendido que nosotros somos grandes no cuando hacemos cosas grandes, sino cuando incluso el menor detalle de nuestra jornada se llena de significado y propósito, tanto que estalla el corazón de gratitud y alegría”.

“Ella fue muy valiente” me escribió nuestro sacerdote enviándome el texto del discurso de su alumna [Ver el artículo de Michele Benetti, La vida se hace pregunta]. Ella también ese día temblaba por una emoción muy diferente al temor o al orgullo. Su fuerza estaba en la conciencia de lo que le había acontecido durante los años pasados en la escuela. “De nuevo ese coraje” pensé, leyendo las frases que había elegido proclamar, recordándome a la chica argentina de la que me habían hablado hace mucho tiempo. Para ambas Cristo se había convertido en una presencia bella y real. Aunque en circunstancias y lugares lejanísimos, ambas habían sido alcanzadas por el mismo anuncio y despertadas a su religiosidad más auténtica, un deseo de plenitud y de verdad que las hacía libres de afirmar delante de todos su pertenencia a Cristo, Aquel sin el cual la vida no es vida.

 

Foto Austin Community College.

lea también

Todos los artículos