Proponemos una meditación de Mons. Massimo Camisasca sobre el sentido autentico del descanso.

La experiencia del descanso es, paradójicamente, una experiencia difícil de vivir de una manera equilibrada y saludable para la mayoría de los sacerdotes, y tal vez hoy para muchísimos hombres y mujeres.

La vida del sacerdote, de hecho, está en nuestros tiempos asediada por muchas peticiones y por tanto por muchas actividades. Parece que no deba haber lugar para el descanso. También porque los días tradicionalmente asignados al descanso, aquellos que hoy llamamos con el término laico de week-end, y que en la tradición cristiana son más bien el comienzo de la semana, son de hecho un tiempo de gran ocupación para la mayoría de los sacerdotes.

¿Cómo salir de esta dificultad? Ante todo debemos tomar conciencia del significado y del lugar del descanso en nuestra vida. En segundo lugar, es necesario poner en marcha todo lo que se necesita para custodiarlo y vivirlo en su justa dimensión.

 

El ritmo de la vida

De la tradición judía recibimos un doble significado del descanso identificado con el shabbat. Uno se refiere al presente, el otro se extiende del presente hacia el futuro. Por lo que se refiere al presente, mientras para griegos y romanos el tipo de trabajo y de descanso identificaban diferentes clases sociales y grados de libertad, para el mundo judeocristiano trabajo y descanso identifican el ritmo constante y unitario de la vida, el ritmo de todos los días. Ese ritmo nos ha sido entregado por Dios con la alternancia del día y de la noche, y constituye nuestra misma estructura psicosomática. Nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro corazón, necesitan de trabajo y de descanso, en una síntesis equilibrada que realiza casi una penetración de uno en el otro. No existe trabajo real que no sea, en cierta medida, también descanso. SI el trabajo es sólo fatiga, gasto de energía, terminará aplastándonos. Pero también es verdad que no hay verdadero descanso que no sea también un poco trabajo. El descanso no es nunca, en realidad, pura evasión, que además es imposible de lograr, sino es propiamente recreación, regeneración del cuerpo y del espíritu, que puede lograrse, por ejemplo, por medio de un paseo, una lectura, un tiempo de silencio, escuchando música, una conversación, en resumen un tiempo de trabajo vivido de otra manera que de costumbre. Todo esto puede ser recreación en la medida en que se nos pone de manera gratuita frente a la realidad. Para que esta admirable síntesis -siempre en equilibrio precario- pueda realizarse debemos pasar a través del largo ejercicio de tiempos de descanso establecidos durante nuestro año, nuestro mes, nuestra semana, nuestro día.

La periodización del tiempo según las necesidades de descanso ha sido uno de los regalos más grandes que judaísmo y cristianismo han hecho a la vida del hombre y que, desde nuestro Occidente, se ha extendido después a gran parte del mundo. No todos los países conocen aún el descanso semanal, lo que demuestra cuán revolucionaria ha sido esta visión del tiempo desarrollada por nuestros padres.

 

La oración y el silencio

Dije entonces que la relación trabajo-descanso se refiere ante todo al presente. De cada día, de cada semana, de cada año. Es necesario que cada jornada tenga un tiempo de descanso. Esto significa un tiempo adecuado de descanso nocturno y de tiempos de descanso repartidos a lo largo del día.

La liturgia de las horas es ya una gran ayuda en este sentido. En efecto, para poder ser adecuadamente celebrada, exige un tiempo de desconexión del trabajo. Exige, justamente, convertirse ella misma en trabajo, un descanso que es trabajo, según la definición benedictina de opus Dei.

En la medida de lo posible, la oración de la mañana, vivida juntos en la casa, sea el primer tiempo de descanso verdadero que sigue al descanso de la noche. Si además de la oración fuera posible vivir un tiempo de meditación y de silencio, todo el trabajo del día traerá un beneficio inmenso. Todos los compromisos de la jornada, en efecto, necesitan ser preparados y no hay nada mejor que realizar esta preparación en un tiempo de silencio por la mañana. Según las necesidades, el descanso puede dividirse en varios pequeños momentos de reposo a lo largo del día. Así como la oración se puede extender a lo largo del día, de la misma manera escuchar una breve pieza musical, la lectura de un texto literario o de una meditación, una breve conversación, etc… pueden constituir unos segmentos de descanso que espacien los tiempo de trabajo. Esto es muy parecido al ritmo biológico de la vida, que vive de inspiración y expiración, de sístole y diástole, de respiraciones frecuentes, de purificación de la sangre, de un proceso binario que regula toda nuestra existencia sin que casi nos demos cuenta.

 

El desapego

El ritmo semanal del descanso debe prever por lo menos medio día a la semana dedicado enteramente al desapego de las normales ocupaciones de trabajo. Debe representar realmente un tiempo de regeneración. Esta media jornada no siempre se podrá realizar, pero debe ser un ideal siempre presente, un punto de tensión que revela los aspectos críticos de nuestra semana.

Del mismo modo durante el mes deberíamos siempre prever algún día de desapego de la rutina ordinaria (el ideal sería una jornada entera de retiro) y durante el año un periodo de vacaciones adecuado a la regeneración de la fuerzas intelectuales, físicas y espirituales.

Naturalmente, todas estas consideraciones tienen un peso diferente en las diferentes edades de la vida. Hay edades del espíritu (por ejemplo los primeros diez años de la ordenación sacerdotal) donde estas indicaciones deben ser seguidas los más posible de manera literal. En otros tiempos, en la madurez y en la vejez, el espíritu experimentado habrá ganado una atención casi natural a las necesidades de descanso y más fácilmente corresponderá a un ritmo equilibrado de la existencia, corrigiendo a menudo el ritmo después de periodos demasiado intensos o demasiado relajados.

 

Cristo es el verdadero descanso

Ahora me gustaría entrar en una nueva clase de consideraciones. El descanso no se refiere sólo al presente. Al contrario, se relaciona sobre todo con el futuro. El shabbat, entendido como octavo día, es el descanso que consiste en la misma vida de Dios y con Dios que nos espera. El descanso es propiamente el futuro que viene a fecundar nuestro presente, es el futuro que se revela como el verdadero tejido de nuestro tiempo, como aquello que queda de lo que vivimos en el tiempo.

Llegamos así a una cuestión realmente importante, que no se refiere tanto a la duración del descanso, como a su calidad. Es muy difícil para nosotros rendirnos a la evidencia de que sólo Cristo puede ser el verdadero descanso. Esta afirmación, en última instancia, nos repugna porque parece que nos aleja de tantas experiencias de recreo deseadas o nos aliena en una experiencia espiritualista del descanso, que al final acaba a menudo por exasperar las expectativas más concretas de nuestra “materialista” estructura psicofísica.

En realidad debemos entrar en una verdadera comprensión de Cristo como descanso. Si cualquier realidad creada puede llevarnos a Él, también es verdad que cualquier realidad creada puede alejarnos de Él. Entonces debemos preguntarnos: “¿Quién y qué cosa buscamos en el descanso? ¿Qué busco cuando abro un libro, cuando veo una película, cuando busco a un amigo, cuando practico un deporte, cuando deseo una amistad femenina?” Debemos entrenarnos a responder sinceramente a estas preguntas. No para borrar los deseos, sino para cambiar gradualmente su propósito final o, mejor, para ensanchar su propósito. Detrás o dentro de cada deseo está una implícita y a menudo borrosa espera de Cristo, que no sabemos o no queremos que emerja porque tenemos miedo de que sea un cumplimiento demasiado lejano de nuestros deseos.

 

Cantar con el corazón

Como podemos ver, la búsqueda de descanso revela casi siempre la debilidad de nuestra experiencia de Cristo, una forma de docetismo que reduce la persona de nuestro Salvador a una presencia lejana y poco atractiva para nuestra humanidad. El tiempo libre, entonces, abre la búsqueda decisiva y siempre nueva del “atractivo Jesucristo”, que es el contenido verdadero de la existencia de cada hombre en la tierra.

¿Cómo puede ocurrir esta transformación en el interior de la respuesta al deseo? ¿Cómo puedo buscar a Cristo en una montaña, un lago, un libro, dentro de un rostro, una página de música, una película?

Ante todo obrando un discernimiento: si sé que aquella persona, aquella lectura, aquel tipo de espectáculo… me aleja de Cristo, debo elegir otro libro, otro espectáculo, orientarme hacía otras relaciones. No debe haber ambigüedad en nuestra búsqueda del descanso.

Después debo aprender a considerar un don y por tanto un motivo de alegría aquel tiempo de alivio. Aprender a cantar con el corazón. Es el sentido del Aleluya, del júbilo del corazón del que hablan los Padres de la Iglesia, en particular Agustín, y los poetas medievales, también en la secularización del amor hecha por los provenzales.

Es importante, en la medida de lo posible y lo conveniente, saber descansar juntos; o sea, gozar junto a otros del tiempo de descanso: hacer una excursión junto a otras personas, leer con otros, en voz alta; mirar una película, escuchar música con otros…), como es asimismo importante reservar sólo para uno mismo algunos momentos del día y de la semana.

Como veis, y como nos enseña la experiencia monástica y de las sociedades de vida comunitaria, el don del descanso está lejos de ser un regalo secundario. Pone en cuestión todo el orden de nuestra existencia. Es un anticipo de aquel réquiem aeternam que invocamos para nuestros muertos, y que nos otra cosa que el descanso en Dios, la casa definitiva de la comunión con los santos, que todos esperamos.

 

(En la imagen: V. Van Gogh, Mediodía: descanso del trabajo, 1890)

lea también

Todos los artículos