Una de las alegrías más profundas de estos primeros meses de sacerdocio es la celebración de la Misa, especialmente la que celebramos en la cárcel para menores de Casal del Marmo con la presencia de los chicos detenidos. Durante la semana los invitamos siempre a todos. «Pero yo no me veo con fuerzas» es la clásica respuesta que recibimos. «Mira, justamente porque usted no se ve con fuerzas tiene que venir. Jesús está allí para los que estan vacilando. Ven, estamos en buena compañía».

En la Misa dominical participan la mayoría de ellos, incluyendo algunos musulmanes. Es el único momento de la semana en el que tienen la oportunidad de encontrarse, estando separados los dos edificios donde transcurren la mayor parte de sus jornadas. La Misa se convierte así en un momento de encuentro y un lugar donde se puede decir una palabra a todos los chicos.

Cuando celebro con ellos y para ellos hay sin embargo dos momentos de la celebración que me llenan de maravilla y gratitud, los dos momentos en los que la liturgia “obliga” al sacerdote a pronunciar la palabra «hermanos»: la primera vez justo al comienzo cuando, todos juntos, nos reconocemos pecadores, cada uno piensa en sus fechorías y tiene la mirada fija en el suelo para poder acoger el perdón de Dios: «Hermanos, para celebrar dignamente los sagrados misterios, reconozcámonos pecadores»; la segunda, después de haber presentado los dones en el altar: «Rogad hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios». A veces, mirando sus rostros me pregunto: «¿Qué tengo yo que ver contigo?». Y es justamente aquella palabra pronunciada, «hermanos», que me muestra la verdad y recoge todo en torno a sí. Es una palabra que une nuestras vidas y lo hace por medio de dos gestos: el arrepentimiento y el ofrecimiento a Dios de nuestras existencias. Reconociéndonos pecadores, pobres y miserables nos descubrimos hermanos porque estamos todos unidos por la misma necesidad de ser mirados en la nada que somos, y así finalmente perdonados.

Al mismo tiempo, es justamente este polvo, esta tierra, este barro del que estamos hechos que poco después será puesto sobre el altar y, a través de las manos del sacerdote, se convertirá en el tesoro más preciado del mundo, el cuerpo y la sangre de Cristo. Alrededor del altar historias lejanísimas se encuentran, las rivalidades que hasta hace poco escocían en el corazón se apaciguan, miradas que antes ni siquiera se cruzaban vuelven a unirse. La Misa hace posible lo imposible. Y así se reabre el camino para que todos juntos podamos decir: «Padre nuestro, que estas en los cielos».

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