Tommaso De Carlini, recién ordenado sacerdote en Junio, nos cuenta su historia.

Si rememoro cómo el Señor ha entrado en mi vida y me ha llamado a ser sacerdote, debo admitir que ha habido innumerables signos que, poco a poco, han hecho surgir en mí la idea de poderme donar totalmente a Cristo. Diría que se ha tratado de una larga preparación en la que el Señor me ha mostrado, cada vez más claramente, su voluntad.

El primer encuentro con el Señor lo hice a través de mi familia, sobre todo de mis padres, pero también gracias a mis abuelos y tíos. Crecí en una familia que para mí ha estado, y continúa siendo, reflejo del amor, de la gratuidad y de la misericordia divinas.

También la comunidad cristiana de mi pueblo, Macherio, ha sido otro ambiente en el que he podido hacer experiencia de la vecindad del Señor. Recuerdo al párroco don Giuseppe Corti con el que nació el grupo de monaguillos y que me siguió en todo el periodo de mi infancia, al coadjutor don Massimo Donghi, con quien hemos compartido tanto tiempo del oratorio de verano, el grupo deportivo con varios responsables, el grupo de la catequesis, del teatro… He estado siempre rodeado de un ambiente que me hablaba directamente o indirectamente de la belleza y de la alegría de ser cristiano.

Después llegó el tiempo de la universidad. Me inscribí en la facultad de Economía de la Universidad Católica de Milán donde tuve la oportunidad de conocer el movimiento de Comunión y Liberación. Aquellos años fueron decisivos para comprender mejor dónde me llamaba el Señor, gracias al encuentro con don Giussani, a través de sus escritos, a través de algunos sacerdotes que seguían a los jóvenes universitarios, sobre todo gracias a algunos amigos especiales. A veces volvía a casa con el deseo de contar aquello que había vivido en la universidad: la caritativa, la escuela de comunidad, el coro alpino… Pero sobre todo crecía en mí como un fuego que me empujaba a lanzarme al mundo a pesar de mi timidez. Recuerdo que me entusiasmaba enseñar catecismo a un grupo de chicos del oratorio, hacerme disponible para la misa entre semana, colaborar a las iniciativas que nacían en la parroquia.

Muchos otros hechos sucedieron posteriormente en los años situados entre la universidad y el periodo en el que trabajaba en una empresa en Monza. La muerte de san Juan Pablo II fue la ocasión para conocer mejor la extraordinaria vida de un gran papa que me había entusiasmado con su coraje y su certeza. La lectura casual de un libro sobre la vida del padre Pío suscitó en mí el deseo de una donación total y sin límites a Cristo, muerto por amor a los hombres. La experiencia de caridad con discapacitados, realizada mientras colaboraba con la asociación Alecrim, me hizo descubrir la alegría que se alcanza en el donarse gratuitamente a quienes tienen más necesidades. Después descubrí la existencia de la Fraternidad san Carlos Borromeo, leí algunos libros del fundador, don Massimo Camisasca, e hice amistad con algunos de sus sacerdotes: comenzó así a concretarse el camino por el que hoy no puedo más que estar agradecido al Señor.

Tommaso De Carlini

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