Los primeros meses de trabajo en la parroquia inglesa de San Juan Bosco, en Woodley, a cincuenta kilómetros de Londres: la liturgia, la vida en la casa y el descubrimiento de “lo que Dios ya estaba haciendo a nuestro alrededor”.

Desde hace un mes estamos en Inglaterra, donde el obispo de Portsmouth nos ha asignado como vicarios en una parroquia de Woodley, un pueblo de unos 35.000 habitantes a 50 Km de Londres. En estos primeros días, hemos intentado poner al centro de nuestras preocupaciones no lo que podíamos hacer, sino aquello que Dios ya estaba haciendo a nuestro alrededor.

El día de nuestra llegada, celebramos la misa de las 4 de la tarde en la capilla de la iglesia dedicada a Nuestra Señora. En seguida nos hemos sentido en casa: incluso si las palabras suenan distintas (a veces, mientras celebramos la misa en inglés, algún parroquiano sonríe por nuestra pronunciación…), los gestos de la misa y sobre todo la presencia de Jesús en la Eucaristía no cambian. Él nos estaba esperando aquí también.

La segunda cosa sobre la que nos hemos concentrado ha sido la casa. Hemos dividido los espacios, de modo que algunas zonas estuviesen dedicadas al estudio, otras a la oración, otras a la comida o al ocio. Hemos ido a IKEA (¡aquí también nos hemos encontrado un poco como en casa!) y hemos comprado lo imprescindible, sobre todo alguna estantería de más y algún mueble para la ropa. Después hemos definido la regla: por la mañana decimos juntos los Laudes, una hora de silencio para la meditación personal y al acabar la Hora Media. El lunes es la jornada de la casa: después de la misa de las 9:30h, Raffaele y yo vamos a visitar algún lugar bonito de los alrededores. Por la tarde, hacemos el encuentro de la casa, donde nos contamos las cosas significativas que han acontecido y echamos un vistazo a lo que sucederá en la semana.

Hemos empezado a encontrarnos con la gente. Una en especial me llamó la atención, una madre de familia que trabaja mucho en la parroquia: cuida la sacristía, limpia las instalaciones de la parroquia, distribuye las hojas con los avisos después de misa… y todo gratis.

Una mañana, mientras ella preparaba el té para un encuentro de la secretaría, le pregunto: “¿De dónde viene esta generosidad tuya?”. Ella se detiene un instante, apoya las tazas sobre la mesa y empieza a contar. “Estoy contenta de hacer todo esto por vosotros, para mí ser católica es la cosa más importante, más que mis hijos, que mi marido o que mi trabajo. Para mí, ser católica es un orgullo”. Ha usado exactamente esta expresión “I’m proud to be Catholic”. Entonces le pregunto como se ha hecho católica. “Mi familia es anglicana. Cuando mi madre tenía que darme a luz, no encontraba un hospital disponible. Giró por toda la ciudad, como la Virgen cuando tenía que dar a luz a Jesús…”. Nos reímos los dos. Yo imagino la escena de Belén transportada en una ciudad moderna. “El único hospital que encontró era un hospital católico. Soy la única de mi familia que nació allí”. Se para un momento, luego reanuda: “Pasaron los años, y sentía que dentro de mí me faltaba algo. Era como si hubiera un agujero. Crecía el deseo de algo que no tenía. Un día me encontré en una iglesia católica, y desde entonces ya no la he dejado. He pedido el bautismo con 35 años, y ahora la Iglesia es mi vida”. Todavía falta algo a su relato: “¿Sabes por qué vengo a misa cada día? Porque soy una pecadora. Yo necesito la misa, no podría vivir sin ella. Me ha impactado la forma como celebráis, se ve que el protagonista de la misa es Jesús, no sois vosotros”. Le explico que por esto hemos querido poner en el centro del altar, entre el sacerdote y los fieles, el crucifijo, para que todos lo podamos mirar juntos. Y recuerdo las palabras de San Benito, que en este comienzo nos acompañan: “No anteponer nada a la obra de Dios”.

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