Educar a los niños en la fe es una sorpresa continua: una historia de la parroquia romana del barrio de Magliana.

Uno de los momentos que prefiero de las reuniones de catequesis es cuando hablamos sobre cómo somos especiales y cómo, en la creación, el Señor nos ha querido por encima de todo. Ponemos un gran paquete decorado sobre la mesa, antes de que entren los niños, y después miramos qué sucede: escribimos todas las preguntas que hacen (¿Quién lo ha traído? ¿Qué hay dentro?) y les hacemos notar que Dios nos ha dado la inteligencia, o sea el deseo de descubrir lo que contiene. “Así es para vuestra vida – les digo -. Es un regalo grandísimo y nosotros queremos descubrir qué hay dentro, quién nos lo ha regalado: esta es la aventura de la vida y ¡el Señor nos puso juntos justamente para esto!”.

Un día, cuando estábamos a punto de celebrar la primera comunión, la iglesia estaba impregnada con el perfume de los lirios que los niños llevan como símbolo de la entrega de sí al Señor. Les hice una pregunta: “En vuestra opinión, ¿qué hay diferente hoy en la iglesia?”. Después de varios intentos y alguna ayuda, una niña responde: “¡El perfume de las flores!”. Les pregunté nuevamente: “En tu opinión, ¿qué tiene que ver el perfume de las flores con la primera comunión?”. Otra contesta: “¡Nosotros somos las flores y Jesús en la Primera Comunión nos da su perfume!”. Después de un pequeño silencio debido a la sorpresa por esta frase, les pedí a todos que tomaran una hoja y la escribieran. Ellos no lo saben, pero es precisamente la experiencia que nos ha contado San Pablo.

El centro de verano es el catecismo más bello, porque consiste en compartir toda la vida: desde la oración hasta el comer juntos, el canto, el estudio o la diversión. Durante un momento de juego, un niño se separa del grupo, recoge unas flores para hacer un ramillete, va a arrodillarse delante de la estatua de Maria y pone las flores a sus pies. Permanece allí por un momento para rezar, luego se levanta y corre con los demás niños. Mientras tanto una chica de secundaria lo sigue con la mirada. Frente a este gesto tan simple, ella queda profundamente conmovida. Tanto que, el viernes, durante nuestra reunión con los chicos para juzgar la semana transcurrida, ella lo relata y nos cuenta su deseo de reconquistar esa sencillez y esa familiaridad con la Virgen.

Aún hay otro episodio que me llamó la atención: durante una excursión a la montaña, caminamos en fila india. En un momento dado, veo un hermoso lirio de san Juan que tiene el color de la puesta de sol. Me paro y digo a los niños: “¡Mirad allá! Es una flor rara, se llama lirio de San Juan”. Todavía no he terminado de hablar que un niño se separa de la fila y hace como para arrancar esta flor, cuando un coro de voces le grita: “¡Nooooo!”. El niño se detiene, vuelve sobre sus pasos. Retomando el camino me dije a mí mismo: “¡Es la virginidad! Estos niños entendieron qué es la virginidad. ¡La tienen adentro!”. Porque poseemos más, en este desapego que permite que la flor viva, en lugar de tomar posesión de algo que se pudrirá en nuestras manos.

 

Paolo Desandré es párroco de Santa María del Rosario en los Mártires Portuenses, en Roma. En la imagen, con algunos niños del catecismo.

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