Como ha cambiado la fiesta de Navidad con el pasar del tiempo en la vida del padre Vincent Nagle.

Entre los diecisiete y los veinte años empecé a acercarme al cristianismo gracias al encuentro que hice con la Iglesia. Sin embargo cada año, cuando se acercaba la fiesta de Navidad, me sentía extraño. Todos los años me invadía un cinismo que llegaba a ser violento, experimentaba una sensación de desagrado que provocaba en mi palabras, gestos y actitudes conflictivas.
Todos los años, inevitablemente, el día de la vigilia de Navidad, antes de la misa de medianoche, me refugiaba en el cine a ver la película más “sanguinaria” que estuvieran proyectando. No me importaba nada, podía estar ahí solo o junto a un amigo. La sala desierta, habría un par de vagabundos festejando la Navidad comprando una entrada para poder escapar una noche del frío. Un año dieron una película del inspector Callaghan, (Dirty Harry el nombre original), en el cual Clint Eastwood interpretaba a un policía especialmente audaz en el uso de su pistola. Uno de mis hermanos, hace un tiempo atrás, me confesó que se acuerda de mí en aquel período como un joven muy enojado con la vida. Quizás tenga en mente todas las veces que, justo en el período de Navidad, peleábamos a puño limpio. Pero, ¿Por qué todo aquel malestar? ¿De dónde venía, justo en el período del año en que todos están más felices, aquel río negro de agua turbulenta y peligrosa que me arrollaba?
Ciertamente, en aquel momento no tenía la percepción clara de lo que me estaba ocurriendo. Con el pasar de los años, acompañado del Misterio que nos da la la vida, entendí que había en mi un dolor. No soportaba la Navidad porque no lograba no esperar de recibir el regalo que habría hecho feliz mi vida, que evidentemente de feliz no tenía nada. En aquellos años en que me convertía en hombre, no se apagaba la espera “infantil” de la sorpresa, la espera de que llegara, durante la mañana de Navidad, en el momento mágico del cambio de regalos, algo que pudiera hacer mi vida feliz. Había alcanzado la edad en que dejar de creer en muchas fantasías pero aquella espera no me la podía quitar, la tenía clavada en el corazón.
En los años siguientes, poco a poco, gracias a encuentros a veces conflictivos y muchas veces amigables, a través de sufrimientos y milagros, la Presencia sorprendente que tanto había esperado se reveló en mi vida. Por fin pude entender que aquella Presencia capaz de cambiar la existencia es el mismo Jesús, cuyo nacimiento en la tierra nos reconduce cada año la fiesta de Navidad. He aquí el regalo que todos, incluso los más cínicos y violentos, esperan. El regalo más esperado para los corazones de los hombres que viven en las tinieblas.

En la imagen, un particular de la fachada de altar de la iglesia de Santa María de Avià, (Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona) 1175 ca.

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