Hace algún tiempo tuve la suerte de conocer más de cerca a la cooperativa Nazareno de Carpi, una realidad que cuida de chicos discapacitados. Un día me acompañaron a visitar los diferentes ámbitos de la cooperativa. Era un día soleado y un poco bochornoso, típico del valle del Po.
Me encontré con una docena de chicos que, ayudados por algunos educadores, preparaban una obra de teatro. En particular, recuerdo a Lucas (nombre ficticio). Llevaba un sombrero tejano, demasiado pequeño para su cabezota, y tenía en la mano una pistola de plástico. Ellos me mostraron algunas partes del espectáculo, entre momentos de timidez y gestos excesivamente eufóricos. Eran buenos, simpáticos y, sobretodo, estaban contentos. Estaban felices porque yo estaba allí, en silencio, porque los escuchaba y los miraba. Estaban felices de darme algo de ellos. Al final les aplaudí, y estaban aún más contentos, sobre todo Lucas con su pistola.
Continuamos la visita. En el área de los trabajos de ensamblaje, conocí a Luis (nombre ficticio), un joven marcado por un accidente, que ahora está casi ciego, en una silla de ruedas. Estuve un rato con él, me contó lo que hacía, me presentó a los demás trabajadores y me invitó a tomar un café.
Delante de la máquina de café, se dio cuenta de que mi nombre era Francesco y me preguntó: “Pero… ¿eres tú el Papa?”. Cuando le dije que no, se puso triste. Él estaba visiblemente decepcionado, pero me perdonó, me ofreció su amistad e incluso el café.
Luego entramos en el área de pintado. Allí estaba Pablo (nombre ficticio), un chico con síndrome de Down. Todo inclinado sobre la mesa, profundamente concentrado en su trabajo, estaba pintando; trazaba líneas, llenaba los espacios. Los educadores empezaron a explicarme sus cuadros y sus cualidades, que incluso los críticos han reconocido. En un momento dado, Pablo se dio cuenta de que estábamos hablando de él. Lentamente se alejó de la mesa, dejando visible el diseño, lo mostró con una mano y con los ojos me hizo una señal para que me acercase. Sin decir una palabra, me hizo entender que el cuadro era suyo: orgulloso de su trabajo, me lo mostró. Miré la pintura, atentamente y sin prisas traté de entenderlo. Luego me volví hacia Pablo para felicitarle. Él me estrechó la mano, en silencio, se plegó sobre la mesa y continuó, con gran dignidad.
Por la tarde me fui. Fue un día sencillo, al final del cual me sentí muy agradecido. Han sido encuentros verdaderos, puros. Esos chicos han compartido conmigo algo muy valioso: sus pinturas, su trabajo, su tiempo. Ellos se compartieron a sí mismos, sus personas extrañas y simpáticas. Hay una calidez escondida en el compartir, en el don de uno mismo. He visto un lugar donde, de alguna manera, la soledad parece más dificil y la compañía más estable. Compartir nos hace entrar misteriosamente en el secreto de la vida de Dios. Un secreto que Él ha empezado a desvelarnos cuando se hizo hombre.

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