Homilía de Mons. Camisasca en la solemnidad de la Inmaculada Concepción: María, objeto de infinita misericordia, fía en Dios con su sí, mostrándonos el camino para reconocer nuestra vocación en las circunstancias de la vida

Queridos hermanos y hermanas,

Concluyendo el Concilio, el papa Pablo VI nos invitaba a fijar la mirada en María, «mujer humilde, nuestra hermana y al mismo tiempo nuestra madre celestial, reina, espejo nítido y sagrado de la infinita belleza». También nosotros queremos hacer lo mismo. En esta mirada a María, en esta meditación y contemplación de su realidad luminosa, no nos alejamos del Jubileo de la misericordia, no nos alejamos del deseo que el Concilio vaticano II, en su voluntad de renovar la vida de la Iglesia y la de los hombres, sea conocido y vivido. Al contrario, nos sumergimos en la raíz humana y reluciente de la misericordia de Dios, que María ha sido y es para todos los hombres.

Hoy el evangelio nos ha vuelto a presentar el acontecimiento de la Anunciación. Escuchando su proclamación, aparece de nuevo ante nosotros la figura de esta chica normal y comparable a tantas chicas de nuestro tiempo, por edad, por aspiraciones, por expectativas grandes y nobles sobre su futuro. Y vemos a la vez la inmensidad de lo que le estaba sucediendo, la enormidad de la petición que se le hacía, aún dentro de la simplicidad absoluta de aquella casa y de aquellas palabras. La humildad de María convierte en cotidiano incluso aquello que es extraordinario. En ese dialogo el ángel le pide de convertirse en la madre de su Señor. Ella, que ha meditado largamente los eventos y las palabras de la historia de Dios con los hombres, comprende de ser objeto de un diseño infinito de misericordia y al mismo tiempo sabe que tan sólo los acontecimientos del futuro podrán iluminar el plan de Dios. Se confía a Él, dice su sí. He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38).

El sí de María no es improvisado. La Virgen «ha vivido siempre en una actitud de oración y gracias a esta vida suya en el momento decisivo está por lo tanto en condiciones de poder ver el ángel que se le acerca y de obedecerle. Tanto esta visión como la obediencia vienen de la misma fuente: la disponibilidad hacia la misión que Dios puede confiarle cómo y cuándo desea» (A. Von Speyr, La esclava del Señor. María. Jaca Book, Milán 2001, 25). También a nosotros nos ocurre lo mismo: los momentos decisivos de nuestra vida, aquellos en los que aparece claramente la vocación a la cual Dios nos llama a responder, son reconocidos sólo si en las circunstancias normales de la vida vivimos una disponibilidad humilde y un dialogo continuo con Dios preparando así los ojos, las orejas y el corazón a entrar en la novedad que el Señor ha preparado para nosotros.

Miremos entonces a María: su luz, su belleza se expresaban en el sosiego y la profundidad de sus palabras, en la simplicidad de sus gestos y de sus miradas. Ella era como la luz que ilumina las diferentes horas del día, que da calor al corazón de los que encontraba, mostraba el camino a los indecisos, enseñaba la fe en la existencia y providencia de Dios. Cuando seguimos en el Evangelio las huellas de la vida de María, también nosotros aprendemos a ver en su Hijo el rostro de la misericordia, también nosotros aprendemos a ser misericordiosos.

Su obediencia ha permitido a la acción misericordiosa de Dios de entrar en la historia del hombre, de tomar carne en ella, de dar a luz a Jesús de Nazaret, que será el nombre de la misericordia, el rostro de la misericordia del Padre. Hoy también a cada uno de nosotros, como a María, se le pide, en virtud de nuestro bautismo, de recibir la misericordia y de convertirnos en camino de la misericordia.

Recibir la misericordia. También para nosotros valen las palabras de María: Mi alma canta la grandeza del Señor porque él miró con bondad la humildad de su servidora (ver Lc 1,46-48). ¿Qué significa ser humildes? Significa aceptar que Dios nos ama, acoger su perdón, perdonar a aquellos que nos han hecho algo malo, invocar el perdón de aquellos a quienes lo hemos hecho. Recibir la misericordia es convertirnos nosotros mismos en fuente de caridad, aquella caridad que puso en camino a María hacía su prima Isabel.

El año que comienza es el tiempo de vivir en la escuela de Jesús, que ha venido a buscar a los que habían perdido. En la Encarnación «el Verbo viene a buscar la criatura que es suya y que se ha separado de él, […] El Verbo retoma lo que ya había hecho al comienzo: viene a buscar en María a aquel mismo Adán que había creado […], le quiere devolver aquella vida originaria y lo quiere nuevamente arrastrar en el movimiento eterno hacia el Padre». (J. Daniélou, La Trinidad y el sentido de la existencia, Queriniana, Brescia 1989, 60).

También nosotros, así como Jesús y María, pongámonos a seguir las huellas de los hombres y de las mujeres que lo necesitan. Vamos a ayudarles en sus necesidades con respuestas concretas. Y sobre todo vamos a ayudarles a rencontrar en la Iglesia la casa común, a rencontrar en María nuestra madre, a rencontrar en el sacramento de la reconciliación el camino de una vida finalmente reconciliada consigo misma y con Dios, para poder caminar en su luz y ser portadores de luz para los hombres que la esperan.

Amén.

(En la imagen: Guido da Siena, «Anunciación», 1279)

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