Beppe Cassina nos cuenta su historia vocacional, desde Meda a Madrid.

Nací en Meda, un pueblo de la Brianza: desde que era pequeño, mi familia me transmitió la fe y el amor al Movimiento. Mis padres no me hicieron grandes discursos sobre Dios, y sobre todo en este ámbito no me obligaron jamás a hacer nada: lo cual les agradezco. Crecí con la certeza de que Dios existe y es bueno: jamás he dudado de su existencia. A los trece años tuve el encuentro que cambió decisivamente mi vida. Conocí a los que aún ahora son dos grandes amigos míos, Carlo y Francesco; con ellos aprendí la importancia de la amistad, entendí cómo la vida es más bella cuando se comparte. En aquella época, no tenía todavía la conciencia del hecho de que aquella amistad era un regalo de Dios a mi vida; él había comenzado a atraerme hacia sí. Sin embargo, era consciente de que estaba viviendo algo bello, que me hacía feliz. Crecimos juntos con el deseo de poder vivir la misma amistad que vivían nuestros padres: mirándoles habíamos aprendido a gozar de la vida.

Fue concretamente durante unas vacaciones con ellos que, por primera vez, pensé en el sacerdocio. Era el verano de 2007, estaba inscrito en el tercer curso de Bienes Culturales en la universidad Católica de Milán. Era un momento difícil, pocos meses atrás había visto romperse una de las relaciones más importantes que tenía. De aquel periodo tan confuso recuerdo que surgió una pregunta que desde entonces no me ha abandonado: ¿sobre quién puedo yo apoyar mi vida sin correr el riesgo de que un día todo acabe?

En un pueblecito perdido de la Puglia, un sacerdote brasileño que no he vuelto a ver comenzó la misa orando por las vocaciones sacerdotales. Recuerdo que sentí la invitación dirigida personalmente a mí, pero la respuesta fue un seco: ¡No, gracias! Desde aquel día comenzó la lucha con Dios: esta idea no me abandonaba pero el miedo era demasiado y yo continuaba huyendo.

El retorno a la universidad tras el verano fue maravilloso. Dios había entrado en mi vida apartándome de la superficialidad en la que vivía y todas las circunstancias se convertían en ocasión para responder al Señor que me llamaba, ¡hasta el estudio! Porto conmigo el recuerdo de dos grandes amistades que me acompañaron: de Andrea aprendí la dedicación al Movimiento, de Alessandra el amor a Jesús.

La última prueba fue el enamoramiento. Cada día era una lucha, quería comprender pero estaba cada vez más confuso: ¿Cómo podía elegir entre dos cosas tan bellas pero evidentemente incompatibles? En aquel periodo conocí la Fraternidad san Carlos. Lo que más me impactó fue el hecho de ver sacerdotes que no renunciaban a su personalidad, que estaban dispuestos a partir a la misión dando toda su vida a Cristo y sobre todo que eran felices. Comencé a desear ser como ellos. También yo quería ser todo de Cristo. Y al final cedí. Debo todo a don Massimo, que valientemente me aceptó en el seminario y en la que ahora es mi familia.

En la vida he aprendido a conocer y amar a Cristo gracias a los muchos amigos que me ha regalado. Por este motivo, como frase para mi ordenación sacerdotal, he elegido: Nadie tiene un amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos. He recibido un tesoro precioso que quiero llevar al mundo.

 

En la foto, Algunos momentos de Giuseppe Cassina con los chicos de la parroquia San Juan Bautista, en Fuenlabrada, ciudad en los alrededores de Madrid, donde está en misión.

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