Con la Navidad, Dios nos hace entender cuanto cree Él en nosotros, cuanto desea Él dar un nuevo inicio a nuestra historia.

Cuando tenía cuatro años, con mis padres, preparábamos la Navidad. Habíamos puesto el árbol y el Nacimiento. Faltaba sólo el Niño Jesús que se ponía la noche de la vigilia. Recuerdo que, feliz por el resultado, me sentaba en el sofá en medio de mis padres. También ellos parecían satisfechos del trabajo realizado: Juntos contemplábamos el resultado de lo que habíamos preparado.
Una vez mi mamá me hizo una extraña pregunta: «hijo ¿tú sabes cuánto quiero a tu papá?». Yo respondí: «lo sé, de verdad». También mi papá me hizo la misma pregunta y yo le di la misma respuesta. Después mi madre añadió: «Aunque mamá y papá se quieren mucho, mamá no puede decirte lo que papá está pensando y papá no puede decirte lo que está pensando mamá». Yo permanecí en silencio. Mamá continuó: «Pero hay uno que conoce todo aquello que pensamos y que sabe lo que somos. Esta persona viene a visitarnos por Navidad: es Jesús. Recuerda, hijo, que Jesús te conoce, te quiere y viene al mundo a hacerte compañía. Recuerda que ésta es la verdadera historia de la Navidad, que Jesús te quiere mucho». Con el pasar de los años, las palabras de mis padres me han acompañado en todo aquello que hacía. Y me viene al pensamiento, sobre todo en el tiempo de Navidad.
Cuando llegué a la parroquia de la Magliana, una de las cosas que prefería hacer era el Belén viviente. Junto a los demás, habíamos decidido hacerlo todos los años para celebrar la Navidad. Para mí era fundamental que el Niño Jesús no fuese una imagen sino uno de los bebés nacidos en la parroquia antes de Navidad, el último llegado. Así, cada año, el último bebé llegado hacía el papel de Jesús en el Nacimiento. Todas las veces, los niños que pasaban ante el portal exclamaban: «Oh, está vivo, está vivo» Y todas las veces me llama la atención la sorpresa de los niños: «Oh, está vivo». Me conmueve ver que ellos esperan una figura y en cambio se encuentran un bebé vivo, un niño recién nacido, que les espera. Un año, después de que los padres se pusieran en fila para ver al niño de cerca, lo tomé del pesebre e hice la bendición solemne con el pequeño, vivo, entre las manos, como si fuese Jesús. En un cierto momento veo que en el fondo de la Iglesia a un señor anciano, que mientras alzaba el niño para la bendición, se había conmovido y empezaba a llorar. Acabado el Belén viviente, aquel hombre se me acercó y me dijo: «Padre, me he conmovido. Me esperaba una imagen y por el contrario he visto un niño verdadero, como si Jesús hubiese venido a buscarme. ¿Tiene un minuto? Debo hablarle».
Apenas había acabado la celebración, nos quedamos solos, me senté cerca de él. «Tengo deseo de confesarme. Después de haber visto a Jesús, esta noche, no quiero que pase la Navidad sin haber hecho las paces con Dios. Querido Padre, hace cuarenta años que no me he confesado y que no me acerco a la Comunión. Pero esta noche siento que Jesús ha venido a buscarme y quiero prepararme bien para la Navidad». Este hecho me ha traído a la memoria las palabras de mis padres: «Recuerda, hijo, que todas las Navidades, Jesús viene a buscarte, para decirte que te ama, para hacerte compañía».
Esta es la misericordia de Dios, que nos hace entender cómo, a través de los siglos y el tiempo, no nos falta nunca Su reclamo. Se entiende que no es tanto que nosotros creamos que Él viene; es por el contrario que Él cree en nosotros, que piensa que todavía vale la pena venir todas las Navidades para regalarnos un nuevo inicio a nuestra historia, para volver a darnos la esperanza de cambiar e ir adelante, para asegurarnos que podemos estar siempre a la altura de su amor.

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