Retiro de Cuaresma – Casa de formación de la Fraternidad San Carlos, 5 de Marzo de 2014

Lo que quiero decir, hermanos, es esto: queda poco tiempo. Mientras tanto, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; lo que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran nada; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo es pasajera (1Cor 7, 29-31).

En este pasaje de San Pablo, que tantas veces don Giussani y don Massimo Camisasca han comentado para hablar de la virginidad, se nos muestra el camino para vivir el tiempo que tenemos delante de nosotros. Hay un nexo profundo entre la virginidad y la Cuaresma. La primera es sinónimo de cumplimiento afectivo, es la manera auténtica de querer. La Cuaresma en cambio es el tiempo privilegiado que la Iglesia nos da para aprender a amar a Cristo. Parafraseando al cardenal Biffi, a dos que se están casando les digo que cuando van a “decirse sí” en realidad están “diciendo no” a todas las demás mujeres y hombres del mundo. En el momento en que lo dirán, sin embargo, ciertamente no estarán pensando en el sacrificio que hacen, tendrán en los ojos y en el corazón sólo aquel rostro al que se prometen. Renuncian a todos los demás, pero ese sacrificio no les pesa lo más mínimo, tanta es la felicidad del “sí” que se están diciendo. La Cuaresma quiere tener el mismo significado. No pesan las renuncias, los ayunos, los sacrificios. Cuenta tan sólo el “sí” que estás diciendo a Él en ese momento. No es un tiempo de privaciones. Es un tiempo en el que afirmas lo esencial, o sea tu amor a Cristo.
Don Giussani nos habló siempre de la virginidad como adelanto y profecía de la vida eterna. Y es justamente el significado de las palabras de san Pablo que acabamos de leer: Hermanos, queda poco tiempo.
Ya se acerca el fin de todas las cosas (1Ped 4,7). Con este término, “fin de todas las cosas”, Pedro quiere entender el cumplimiento de todas las cosas. Más también Jesús en el Evangelio lo dice: El Reino de Dios está cerca (ver Mc 1,15). Y nosotros sabemos que el significado de esta frase del Señor es: «El Reino de Dios ya está aquí», es decir, «Soy yo». Por tanto decir que el cumplimiento está cerca significa que ya ahora puedo hacer experiencia de la vida eterna, ya aquí. Éste es entonces el significado de la virginidad, este es el significado de la Cuaresma.
Desde esta perspectiva la Cuaresma es el momento más fascinante e intenso del año litúrgico. Es el momento de la vida, el momento en el que se nos da la gracia de pre-gustar la plenitud de la vida, donde sólo lo que urge de verdad, sólo lo que realmente me llena el corazón estará presente. Es el «queda poco tiempo» del que habla san Pablo.

Tiempo de conversión
«Liberados del yugo del mal, bautizados en el mar profundo, a la tierra de prueba llegamos, al desierto, que nos purifica»1. El Himno de Cuaresma afirma el resultado esperado, deseado, pedido de este tiempo: que nuestros corazones sean purificados. Puro: una palabra a la que corremos el riesgo de dar una nota vagamente moralista porque recuerda su contrario, lo que es impuro. De hecho puro me trae a la mente ante todo algo que es como tendría que ser. El agua pura, el aire puro, la intención pura. O también el metal puro, el oro, la plata. Algo incontaminado, algo perfecto, algo que es tal y como debería ser. Se entiende la pureza no por contraste con lo que es impuro. Se entiende la pureza si nos imaginamos lo que está al fondo de nuestras aspiraciones. La pureza como belleza sin mancha, como una mirada limpia, verdadera, auténtica. Puro como el gesto perfecto de un artista. Como una nota clara y definida. Como el rostro de una Virgen de Rafael. Puro. Es decir verdadero.
La Cuaresma tiene ante todo un propósito: que nuestros corazones sean hechos así. Transparentes, límpidos, abiertos a todo lo que es bello, a lo que es bueno, a lo que es verdadero. Nosotros, en efecto, estamos hechos y hemos sido elegidos para esto. Perfectos como vuestro Padre, decía Jesús. Giussani afirma que esta es nuestra tensión ideal: la tensión a la perfección. Perfectos como vuestro Padre. Pero no es, ante todo, una exigencia ética, moral. La perfección es la transparencia del corazón, es la capacidad de conocer y de adherirse a la belleza, a lo verdadero.
La Cuaresma es el tiempo de la conversión, es decir el tiempo en el que estamos llamados a convertir nuestra mirada, nuestro corazón hacia el ideal. Y ¿cuál es nuestro ideal? Es que nuestro corazón sea puro, o sea transparente a la belleza, a la verdad.
El himno no dice, sin embargo, que nosotros podamos hacer puros nuestros corazones. No dice que esta conversión pueda ser obra nuestra, si no que los corazones «serán purificados». Es otro quien hace puro el corazón. De lo que hablaba Giussani entonces es de una tensión a dejar que sea Dios que haga puro nuestro corazón, porque nosotros solos no lo podemos lograr.
La conversión es posible gracias a un encuentro: el encuentro con la humanidad de Cristo. «Este es el milagro por el que la gente entiende que Dios nos ha visitado, nos visita: nuestra transformación, nuestro cambio»2. Que Cristo está presente se ve por nuestro cambio. «Está, si actúa» decía siempre don Giussani. Entonces “conversión” es ante todo empezar a mirar a Cristo. «Llega el tiempo en que la Palabra, el discurso cristiano debe nacer de nuestra mirada personal a Jesucristo. Si el tema del Adviento ha sido el de la espera global, si el tiempo de Navidad ha sido el anuncio de la salvación que ha llegado y ha empezado a manifestarse, la liturgia de la Cuaresma es el afirmarse soberano de esta salvación acontecida, Jesucristo»3.
La perspectiva desde la que mirar este tiempo cambia completamente. Ya no está en primer plano la penitencia o el ayuno o el sacrificio. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para gustar la salvación. Y esta salvación está toda ella dentro de la relación con la humanidad de Jesús.

Tiempo de la libertad
Cuando era pequeño no tenía esta percepción de la Cuaresma. Le tenía, al contrario, cierto temor. La idea del ayuno, del sacrificio, de las renuncias me daba un poco de ansiedad. Lo que mayor problema me suponía era levantarme por la mañana y ver los huevos de Pascua colocados en el estante de la cocina sin que me estuviese permitido abrirlos y comerlos. Me parecía cruel, era una auténtica provocación. Creciendo, esta sensación no ha disminuido. Al contrario, con la mayor toma de conciencia, estas renuncias se me hacían aún más difíciles de aceptar. Y esto porque se veía interpelada mi libertad. La Cuaresma es un tiempo que interpela mi libertad.
¿Dónde se pone en juego la libertad? En la prueba. La Cuaresma es la tierra de la prueba. Pero la vida entera es la tierra de la prueba. La tierra, el lugar, el tiempo en que mi libertad está puesta a prueba. A ponernos a prueba no es nunca Dios, Dios no tienta nunca, como dice la carta de Santiago: Nadie, al ser tentado, diga que Dios lo tienta: Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta a nadie (Sant 1,13). Yo no estoy de acuerdo con quien usa expresiones como: “Dios me ha dado esta prueba”… No, Dios no tienta nunca. Quien tienta es nuestro enemigo, nuestro adversario: Satanás.  

Tiempo de la memoria
Si la conversión es el resultado de un encuentro, entonces la Cuaresma es la ocasión de hacer memoria de aquel hecho y de profundizarlo. En el Nuevo Testamento hay un episodio que puede ayudarnos a hacer memoria de lo que es para nosotros la conversión: la llamada de San Pablo. Ésta señala el camino para entender nuestra relación con Cristo.
En el camino y al acercarme a Damasco, hacia el mediodía, una intensa luz que venía del cielo brilló de pronto a mi alrededor. Caí en tierra y oí una voz que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Le respondí: « ¿Quién eres, Señor?», y la voz me dijo: «Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues». Los que me acompañaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo le pregunté: « ¿Qué debo hacer, Señor?». El Señor me dijo: «Levántate y ve a Damasco donde se te dirá lo que debes hacer». (Hech 22, 6-10).
Padre Mauro Lepori4 profundiza en un escrito suyo sobre las dos preguntas que Pablo puso a Cristo, cuando le sorprende en el camino hacia Damasco. Respondiendo a la voz que le llama, Pablo pregunta: « ¿Quién eres tú?» y « ¿Qué debo hacer?».
Empecemos por la primera pregunta: « ¿Quién eres tú?». Conversión es ante todo plantear esta pregunta, explicitar la cuestión decisiva que vive desde siempre en nuestro corazón.
Una página de la literatura italiana contiene quizás uno de los más intensos relatos de conversión, seguramente uno de los más famosos. Es la conversión del personaje del Innominado, en Los Novios Prometidos. Cuando entra en escena, este hombre ya tiene dentro de sí la pregunta que sus sucesivos encuentros con Lucía y el cardenal Federigo harán explotar. Manzoni describe así sus pensamientos: «Aquel Dios del que había oído hablar, pero que, desde hace mucho tiempo, no se preocupó en negar ni en reconocer, ocupado tan sólo en vivir como si no existiera, ahora, en ciertos momentos de desaliento sin razón, de terror sin peligro, le parecía oírle gritar dentro de sí mismo “Yo soy, sin embargo”» 5.
«Yo soy, sin embargo». Este yo soy resuena en todas las revelaciones de Dios que conocemos en la Escritura. Resuena en la revelación de Moisés en el Monte Sinaí, en la afirmación de Jesús a la samaritana, o en aquella a los discípulos después de aplacar la tormenta. Pero justamente también la conversión de san Pablo: «Yo soy Aquel que tú persigues».
Lo que más amo de esta frase de Manzoni es este “sin embargo”: «Yo soy, sin embargo». Es como decir: no obstante todo tu negarme, tu ignorarme, tu blasfemarme no obstante tu pecado, no obstante su rechazo, tu olvido… «Yo soy, sin embargo». No puedes borrarme, no puedes negar lo que soy para ti, incluso si no me quieres, incluso si no me buscas, incluso si me traicionas mil veces.
La conversión nace de un hecho objetivo, que es Su Presencia inexorable. Inexorable, ya que se afirma en nuestras vidas, a pesar de toda nuestra maldad. La conversión nace de la objetividad de su estar ahí “sin embargo”, a pesar de todo. No sólo la conversión no nace de un esfuerzo mío, si no que llega a nacer por algo que se impone a mi vida “a pesar de” mí.
Después de todo, la respuesta que el Innominado escucha dentro de sí es idéntica a la que escucha Pablo en el camino de Damasco: Yo soy Aquel que tú persigues. Yo soy aunque tú me persigues. Y te vengo a buscar yo, aunque tú me persigues. Es más, te vengo a buscar y a coger justo mientras me persigues.
La cuarta característica de la Cuaresma es de ser ocasión para un conocimiento más profundo de quien es Cristo para mí. Y aquí empieza un camino, un camino de conocimiento para que la pregunta de Pablo « ¿Quién eres tú?» encuentre una respuesta en un rostro con rasgos cada vez más precisos.
Lo dice bien don Giussani: «la madurez de nuestra persona es la adhesión que damos al Jesucristo de la Cuaresma. Este es el tiempo en el que el Señor nos acoge, nos salva a través de su palabra hecha carne, convertida en uno de nosotros. El año litúrgico es la historia de la Palabra de Dios en nuestra vida; la Cuaresma es el tiempo de la palabra de Dios que camina dentro del mundo»6.
Me parece hermosísima esta intuición de Giussani: estamos llamados a adherirnos al « Jesucristo de la Cuaresma». Adherir, decir que sí, imitarle, conformarnos a Él.
Adherir a Cristo quiere decir conocerle, o sea “amasarme” con Él, hacer la misma experiencia humana que ha hecho Él. He aquí, pues, el sentido de lo que se nos pide durante la Cuaresma, del ayuno al Vía Crucis, de la Liturgia dominical a la del Triduo, hasta la confesión: todo tiene sentido dentro de este deseo que tenemos de conocerle, de participar de lo que vive Él. Y en este sentido no hay nada de triste o de deprimente, como en cambio solemos pensar de la Cuaresma. Al contrario, se convierte en una perspectiva exaltante.

Cristo es el que da sentido
¿Cómo la Cuaresma nos ayuda a conocer más acerca de Cristo? Ante todo la liturgia nos pone frente al misterio de Jesús que transcurre cuarenta días en el desierto. Ayuna, reza, guarda silencio. El desierto se desvela como el lugar de la tentación. La pregunta que siempre me surgía es: ¿Por qué Jesús, que es Dios, debe hacerse tentar? ¿En qué consiste la experiencia de la tentación?
El desierto, en las Escrituras, es un término ambivalente. Puede tener un significado positivo, como lugar de la Presencia de Dios, o bien uno negativo, como lugar de la tentación. Aquí tiene el significado de un lugar sin sentido: el desierto es el “no-lugar”.
¿Por qué Jesús decide ir al desierto? Para llenar de sentido también el lugar que no tiene ninguno. No es, en este sentido, muy diferente de la razón por la que Jesús desciende a los infiernos el Sábado Santo.
Cristo llena todo el espacio posible, lo llena del significado que es su Persona. Lo llena para que nada de lo que es humano Le sea ajeno. Es estupenda la frase de Terencio: «Homo sum, nihil humani a me alienum puto» – soy hombre y nada de lo que es humano me es ajeno-. Pero se convierte en sublime si la leemos ligada a Cristo. En el fondo Terencio describe exactamente lo que Jesús es: un hombre más hombre de mí mismo, hasta el punto de que nada de lo que vivimos Le es ajeno. Él es el Hombre, Él es el Hijo del Hombre.
Es por eso que se somete a lo más bajo que podemos pensar: la tentación. Yo recuerdo que una de las cosas que más me hacían enfadar era cuando, conociendo mi temperamento iracundo, alguien hacía de todo para verme perder los estribos, casi se divertía desatando mi ira. Lo que encontraba más mezquino era la voluntad de provocarme. El otro, en efecto, me veía por el límite que yo era, por lo iracundo que era. Así como las imágenes que provocan nuestros instintos más bajos: nos deprimen porque son una provocación que te hace sentir mezquino y dice quien eres tú a los ojos de quien te tienta. Este es el poder de la tentación: hacerte llegar a perder la estima de ti mismo. Jesús en el desierto se somete a todo esto. Él que es Dios acepta la más baja de las humillaciones – o sea la experiencia de ser tentado – para poder decir: “La he atravesado yo también la humillación que estás viviendo tú. La he atravesado y la he vencido”. Ante al hecho que también Cristo la ha vivido, ninguna humillación podrá ser ya más un obstáculo o una objeción. Al contrario, incluso la tentación se convierte en un modo que se nos da para participar en la vida de Jesús. Dice Barsotti: «En nosotros ya está presente el Misterio de Dios. Las tentaciones del Maligno y las hostilidades del mundo no hacen más que poner de manifiesto en nosotros la presencia de Cristo»7.
Cristo llena de significado incluso el desierto, incluso el “no-lugar”. Esto significa que nada de nuestra vida está vacío de un significado positivo. Es como si Él entrara en nuestra vida, en nuestra vida vacía de significado y le devolviera el valor que ella ha tenido siempre a los ojos de Dios.
Así que ésta es la primera gran ganancia de la Cuaresma: reconocemos a Cristo como el que da sentido. La Cuaresma nos enseña que nada de lo que estamos llamados a vivir, ni siquiera nuestras tentaciones y debilidades, queda fuera de la relación con Él.

Cristo es el que pertenece
El profundo conocimiento de la humanidad de Cristo que este tiempo litúrgico nos ofrece continúa si intentamos mirar al episodio de las tentaciones en el desierto como a un hecho en el que se contraponen dos maneras diferentes de concebir la propia libertad: Satanás es una libertad que niega su dependencia, mientras Jesús la afirma como definición de sí mismo.
Dice Barsotti: «El hombre no puede sustraerse a esta alternativa: o es hijo de Dios o es hijo del diablo»8. O pertenecemos o bien afirmamos nuestra autonomía. Lo apoya también Giussani: « ¿Qué es lo que se opone a la Palabra de Dios […]? Todo aquello que en nosotros tiende a no dejarse convertir, o no ser de Cristo, a ser autónomo. Esta ilusoria autonomía puede venir del orgullo o de la infidelidad, no de la fe, del sentido del misterio de Cristo»9. Cristo al contrario está totalmente definido por la relación con el Padre. De hecho, en la experiencia de la tentación Él responde al ataque del demonio con la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, como dice San Pablo (Ef. 6, 17) y como recuerda Giussani10.

El hombre nuevo es el que pertenece
Se perfila por tanto en el Jesús del desierto la tipología de hombre nuevo, aquella a la que estamos llamados nosotros como resultado de la conversión, como resultado pedido, implorado, de nuestra conformación a Cristo. El hombre nuevo, tal como aparece en el Jesús del desierto, se caracteriza sobre todo por su pertenencia reconocida al Padre. «El Cristo cuaresmal es el Cristo que pertenece al Padre y, justamente en virtud de esta pertenencia, obra y transforma»11.
Lo que permite a Jesús vencer la tentación es el ser definido por una relación más fuerte que cualquier intento de desarraigarlo. Sólo esta puede hacernos seguros y capaces de afrontar la vida incluso en sus contradicciones. Sólo afirmando pertenecer podemos realmente adherirnos, conformarnos al Jesús de la Cuaresma. He aquí porqué la Cuaresma se configura como el tiempo de la pertenencia. Si lo reflexionamos es realmente así. ¿Por qué deberíamos, de otro modo, hacer incluso el más pequeño sacrificio? Si no fuera porque afirmamos alguien a quien pertenecemos, la Iglesia, la Fraternidad, la casa, la familia… ¿de qué valdría incluso el más pequeño sacrificio? «El sacrificio de sí mismo es pertenecer. El único sacrificio de la vida es pertenecer, es no pertenecer ya a uno mismo. El verdadero sacrificio es que la vida ya no es nuestra, es que la lógica de la vida ya no es nuestra»12.
¿Qué ocurre cuándo te das cuenta de pertenecer? Se desea entender cómo esto cambia nuestra acción, qué es lo que nos pide realizar en nuestra vida. He aquí porque la segunda pregunta de Pablo se refiere a sí mismo. La primera fue «¿Quién eres tú?», la segunda es «¿Qué debo hacer?». La conversión nace del encuentro con una humanidad diferente, con la humanidad de Cristo que transmite su divinidad. Éste conocimiento provoca una pregunta sobre sí mismo. Como bien dice un canto de Adriana Mascagni: «Sólo cuando me doy cuenta que tú eres, como un eco vuelvo a escuchar mi voz y renazco como el tiempo del recuerdo»13. Y volviendo a nacer, he aquí que surge la pregunta: «¿Qué debo hacer?». La pregunta sobre la tarea es al mismo tiempo pregunta sobre la propia identidad nueva. Lo que Dios elige para mí, aquello a lo que Él me llama, identifica mi nuevo rostro, mi nuevo nombre.

La tarea
La conversión es siempre el momento en el que se recibe una tarea dentro de la realidad. Para el Innominado significa reparar las injusticias cometidas empezando por el perjuicio causado contra Lucia. Para Pablo se convierte en el anuncio del Evangelio a los paganos. Lo que más me llama la atención es que Jesús no ha dicho a Pablo: « ¡Ves a anunciar el Evangelio! ¡Te hago el apóstol de las gentiles!». Le dice en cambio: «Ve a Damasco a por un hombre llamado Ananías».
A Pablo no se le confía ante todo un ministerio, algo que hacer. Al contrario, se le confía a un lugar y, en particular, a una persona: Ananías. Éste al comienzo parece algo asustado; le hace notar a Dios que Saulo de Tarso no es precisamente una persona que ame a la Iglesia. Sin embargo, frente a las palabras tranquilizadoras del Señor, Ananías acepta. Comenta Lepori: «En Ananías hay una cualidad fundamental, que vence todos sus defectos y sus debilidades: tiene una relación terriblemente familiar con Jesús. Se hablan como amigos. Le responde: “¡Aquí estoy, Señor!”. Para él, Jesús es una presencia familiar, una presencia que frecuenta, que habita sus jornadas, su vida de cada día. Ananías no se sorprende absolutamente de que Cristo se le aparezca, que le hable. A un hombre tan modesto -que no se convertirá en uno de los grandes apóstoles, misioneros o mártires- Cristo confía la conversión y los primeros pasos de Pablo, de uno de los más grandes, los más fecundos, los más ilustrados, los más intrépidos de los apóstoles. (…) Esto nos ayuda a entender que la familiaridad con Cristo es la raíz y la esencia de toda fecundidad del testimonio. Pablo será grande, dará la vuelta al mundo, anunciará a Cristo hasta los extremos confines del mundo conocido, pero es como si nunca olvidara el catecismo existencial de su primer maestro, o mejor dicho padre, aquel que le bautizó en la comunidad de Damasco. Vivirá toda su gran misión cultivando la familiaridad con Cristo, porque es Cristo quien, en primer lugar, la cultivaba con él»14.
Esta intuición de Lepori sugiere que la conversión de cada uno de nosotros no puede realizarse sin un lugar al que se le confía. Sin la Iglesia, sin Ananías, sin una compañía al que ser confiados, no habría San Pablo, no habría el Innominado, no habría ocurrido la conversión de ninguno de los grandes santos que han cambiado la historia. Sin la Iglesia no se daría la conversión de ninguno de nosotros.

La entrega a un lugar: la casa.
La conversión de San Pablo es para la conversión del mundo entero. Mi conversión es para la conversión del mundo entero. Para que sea fecunda tiene que ser entregada a un lugar. Hay una bella frase atribuída a Tescellino, el padre de San Bernardo, dicha en el día de su vigésimo quinto aniversario de matrimonio a Aletta, su mujer: «Llegamos a la conclusión de que había una manera de cambiar el mundo entero, y era cambiarnos a nosotros mismos. Establecimos un principio básico y es que el alma de toda reforma es la reforma de cada alma. Convinimos que Dios nos había puesto en este minúsculo punto del universo, que se llama Fontaine, con la única finalidad de hacer este puntito bello a su mirada infinita»15.
La reforma, la conversión del mundo comienza con mi conversión. Y el cambio de mi alma ha sido confiado a una morada. He aquí el sentido de la casa para nosotros: es el lugar en el que alguien cuida de nosotros, como Ananías ha hecho con Pablo.
Es interesante señalar que la llamada de San Pablo ocurre mientras él está yendo a Damasco para destruir la comunidad local de cristianos. Y Jesús ¿dónde le envía? ¡A la comunidad de Damasco! Al lugar que él quería destruir. El lugar que él en aquel momento odiaba más. Y Dios le dice: “Ves allí. Es justamente a través de este lugar que tú odias tanto que yo te quiero salvar”. Si pensamos en nosotros, en como a veces nuestras comunidades, los lugares donde somos enviados, incluso las casas donde vivimos nos resultan pesadas, indigestas, y aún odiosas. En cambio es justamente a través de esos lugares y esos rostros cómo Cristo quiere salvarnos, quiere cuidar de nosotros como lo hizo Ananías. A lo mejor es gente menos dotada que nosotros, menos inteligente, sin embargo es el instrumento elegido por Dios para cuidarse de nosotros, salvarnos, darnos un rostro y una tarea nuevos.
Lo opuesto a esta posición es descrito de forma magistral por San Bernardo cuando habla del quinto grado de la soberbia, que es la singularidad.
«Sería bochornoso, para los que presumen ser superiores a los demás, no sobresalir en algo por encima de los demás y no llamar la atención por su superioridad sobre los demás. Entonces ya no les basta la regla común del monasterio ni los ejemplos de los mayores. Ni tampoco se esfuerzan en ser mejores, sino en parecerlo. No desean vivir mejor, sino aparentar el triunfo para poder decir: No soy como los demás hombres (cf. Lc 18, 11). Se lisonjea más de ayunar un solo día en que los demás comen que si hubiese ayunado siete días con toda la comunidad. Le parece más provechosa una breve oración particular que toda la salmodia de una noche. (…) Es resuelto y dispuesto en todo aquello que nace de su iniciativa, pero indolente en los asuntos comunes. Vela en la cama, duerme en el coro. (…) Y luego, mientras los demás descansan en el claustro después del coro, él se queda solo en el oratorio: desde su esquina escupe, tose, aturde con sus gemidos y suspiros a los que están sentados fuera»16.
Este juicio es implacable, pero nos dice cómo debemos vivir la Cuaresma: afirmando la comunión con quien nos guía y con quien está con nosotros. Porque la única alternativa es la afirmación de nosotros mismos.

Conclusión
La Cuaresma es toda nuestra vida, un camino para alcanzar una liberación ya acontecida. Hay una frase de San Pablo que describe bien este camino de conversión: Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús (Fil 3, 12).
Alcanzar a Cristo que ya nos ha alcanzado, ya nos ha hecho suyos, ya nos ha salvado; irlo a buscar, sorprenderlo en la vida de cada día, dejarle sitio, dejar que su Presencia sea más visible; abandonar los pesos que nos obstaculizan, que no sirven, dejar detrás las cosas superfluas para que lo esencial emerja. Donde lo esencial es la relación con Él. Esta es la finalidad de la Cuaresma: una carrera exaltante para alcanzarlo. Pero entonces la vida entera se convierte en una urgencia y el sentimiento que la invade es la alegría, como decía don Massimo Camisasca: «No hay nada tan opuesto a la conversión como el descontento de sí mismo. (…) El cristianismo es, al contrario, sobre todo alegría»17.
Concluyo con un último pensamiento de don Giussani: «No nos pongamos tristes ni siquiera por nuestro mal, porque la alegría del Señor es nuestra fuerza, la victoria de Cristo resucitado, expiación y perdón, es nuestra fuerza. Es la alegría del Señor que debe aparecer en nuestros rostros, es la alegría del Señor que debemos traer a este mundo. “El pueblo cristiano, consciente de su ser pecador, no es un pueblo triste – recordaba Bernanós – es un pueblo lleno de alegría”: la alegría del Señor, la alegría de Cristo, no de mí mismo. La alegría de Cristo que me embiste y, embistiéndome, echa fuera de mí el remordimiento, el recuerdo, la cola amarga de mi pecado»18.

Notas al pie
1 «Liberados del yugo del mal» en “El libro de las Horas”, himno de vísperas del tiempo de Adviento, p. 30.
2 L. Giussani, “Para vivir la liturgia: un testimonio”, Ediciones Encuentro, Madrid 2007, p. 57 (de la edición italiana).
3 Ibíd., p. 49 (de la edición italiana).
4 Ver M. Lepori, “Has roto mis cadenas”, Carta del Abad General para la Navidad 2013.
5 A. Manzoni, Los novios prometidos, ed. italiana Mondadori, Milano 2002, p. 381.
6 L. Giussani, “Para vivir la liturgia: un testimonio”, op. cit., p. 58.
7 D. Barsotti, El misterio cristiano en el año liturgico, Ed. Sígueme Salamanca 1965.
8 Ibid. p. 121 (de la edición italiana).
9 L. Giussani, “Para vivir la liturgia: un testimonio”, op. cit., p. 67 (de la edición italiana).
10 Ver Ibid., pp. 49-70 (de la edición italiana).
11 L. Negri, “El Misterio se hace presencia. Meditaciones sobre los tiempos litúrgicos”, Ancora, Milano 2000, p. 86 (de la edición italiana).
12 Ibid, p. 93 (de la edición italiana).
13 A. Mascagni, «Mi rostro» («Il mio volto», en Canti, Nuovo Mondo, Milano 2014, p. 196).
14 M. Lepori, “Has roto mis cadenas”, op. cit.
15 M. Raymond, La familia que alcanzó a Cristo. La saga de Citeaux, Herder 2009 p. 36. (de la edición italiana).
16 Bernardo de Claraval, Los grados de la humildad y del orgullo, [42].
17 M. Camisasca, “El tiempo que no muere”, “Il tempo che non muore” Ed. San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2001, p. 47.
16 L. Giussani, Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación 1991, p. 46.

En la foto, mosaico del ábside de la Basílica de San Clemente en Roma (particular)

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