En caritativa con el tupper, en el 16th Street Mall, para descubrir que el corazón es igual para todos.

En Colorado, Juventud Estudiantil (GS) empezó hace cuatro años. Después de un par de años, he sentido la exigencia de proponer a los chicos un gesto de caritativa. Los americanos son un pueblo muy generoso, y hacer voluntariado pertenece a su cultura. Por esta razón, normalmente en los colegios se pide a los chicos que añadan a su currículo didáctico también algunas horas dedicadas a actividades donde poder devolver el bien recibido (el giving back): la idea es que la sociedad nos da tanto y de alguna manera debemos contribuir.

Por esta razón ha sido difícil entender cuál podía ser el gesto más adecuado para los jóvenes, algo que nos les ayudara simplemente a crecer en una virtud cívica, si no a amar gratuitamente como Giussani nos enseñó.

Mirando a nuestro alrededor y viendo como está cambiando la sociedad en Colorado desde que ha sido legalizada la marihuana, que está atrayendo a muchas personas y entre ellas a algunas sin techo, hemos pensado que hubiera valido la pena conocerlos.

Con algo de ingenuidad y entusiasmo, nos hemos aventurado por la calles de Denver a la búsqueda de nuevos amigos.

La propuesta es sencilla. Un sábado al mes nos damos cita en un supermercado con cinco dólares en la mano. Paseamos por los pasillos y compramos lo necesario para organizar una comida de tupper. En la cocina de la parroquia preparamos unos burritos, tortillas de harina rellenas de huevo, salchicha, verduras y queso. Los ponemos en unas bolsas con fruta, patatas fritas, galletas y agua y nos dirigimos hacia el 16th Street Mall. Se trata de una calle peatonal de un par de kilómetros en el centro de Denver, un lugar de encuentro para la ciudad, con restaurantes y locales, bancos, mesas para jugar al ajedrez y un amplio espacio para pasear. Es también el lugar donde artistas de la calle y mendigos se dan cita: aquí se encuentra de todo, del estudiante al emprendedor con los auriculares que da instrucciones a distancia a su secretaria, el músico o el borracho que chilla contra un enemigo invisible, de las personas que protestan a las parejitas que pasean, y nuestras amigos: los sin techo.

Una multitud multicolor en la que nos lanzamos en grupitos de tres o cuatro. “Hola, ¿te apetece una comida de fiambrera? Yo soy fray Accu. Tú ¿cómo te llamas?” A algunos de ellos les cuesta fiarse. No quieren siquiera decirte su nombre, que a menudo es la última cosa que les ha quedado. Pero con algunos de ellos empieza un diálogo verdadero, a menudo intenso, profundo.

Las personas que hemos encontrado son de lo más variopinto. Está el joven Mark, dieciséis años y abandonado por la familia, que espera tan solo poder sobrevivir otro invierno para poder luego enrolarse en el ejército. O la extraña pareja formada por Louise, un hombre que se siente mujer, y su mujer Susan. Han crecido en familias que pertenecían a los Testigos de Jehová, muy rígidas y opresoras. Por la calle, aunque en medio de muchas dificultades, se sienten libres. Y llegan hasta a decir que quieren hacerse católicos, porque dicen haber descubierto que son siempre católicos practicantes los que los tratan con amor y libertad. Está Cristopher, un amigo que se hace llamar Papa Noel: esperaba el juicio por una acusación de la que se declaraba inocente, pero después del juicio ya no lo hemos vuelto a ver. Y está Víctor, nuestro amigo ateo que va a hablar con todos para convencerles de que Dios no existe. Hemos descubierto que cuando era joven tuvo algunas desavenencias con la Iglesia que lo han llevado a estar enfadado con Dios. Él nos mira y dice: “Vosotros en cambio sois buenos”.

En esta caritativa muy sencilla, y al mismo tiempo muy dramática, mis chicos aprenden ante todo dos cosas. La primera la ha sintetizado una vez Steve: “Al comienzo tenía miedo, pero ahora he descubierto que nuestro corazón es el mismo para todos. Los sin techo, no teniendo nada que defender, me hacen descubrir más quién soy yo”. La segunda cosa la dijo Robert: “¿Qué puedo hacer yo frente a sus necesidades y a sus historias? No puedo arreglar nada, pero puedo empezar a amar de una manera más verdadera”.

 

Accursio Ciaccio es vicario de Nativity of Our Lord en Broomfiled, EEUU. En la imagen, con algunos feligreses.

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