Desde la casa de Taipei un testimonio del valor del estudio y la enseñanza en la misión.

Hay un proverbio Chino que dice: «huo dao lao xue dao lao (活到老學到老)». Se estudia hasta que se es anciano. La misma vida, y particularmente la misión, es por sí misma una escuela prolongada, porque es un continuo encuentro con los demás. La primera cuestión que debe afrontar quien va al extranjero es la lengua. Para nosotros en Taiwan, los primeros dos o tres años hacemos cursos intensivos de chino e inmersión total en la vida comunitaria, acompañados por los consejos de quienes están aquí desde hace más tiempo y nos pueden introducir en los usos y en la mentalidad locales. La experiencia de los hermanos que nos han precedido es preciosísima. Con un recién llegado, no podemos recitar las Horas totalmente en chino. Desde la primera semana, no obstante, incorporamos a la recitación del Breviario algunas partes fijas en chino: el Padre Nuestro, el Benedictus, el Magníficat o himnos, algunos de ellos gregorianos, traducidos en el pasado por misioneros jesuitas, otros escritos directamente en chino por monjes trapenses con melodías locales. Durante los años sucesivos, aun cuando no vayamos más a recibir lecciones, cada día debemos aprender palabras y expresiones nuevas, que surgen del diálogo con personas y que nos sirven en nuestra labor: las homilías dominicales, las catequesis, los cursos en la Universidad… La simple lectura de don Giussani en chino, durante la Escuela de Comunidad, nos requiere un notable esfuerzo de preparación y el estudio de la traducción. En estas ocasiones son preciosísimos los comentarios de nuestros amigos taiwaneses que nos explican lo que significa para ellos un cierto término: no siempre coincide con lo que nosotros tenemos en la cabeza.
Tras una palabra o un proverbio, hay milenios de historia y de tradición. Para que el encuentro sea real, debemos, en cuanto sea posible, conocer el substrato cultural de quien vive con nosotros, desde los clásicos a los autores modernos, de los grandes maestros religiosos a las supersticiones del vecino. En los últimos tiempos, en nuestra casa de Taipei hemos empezado a hacer un trabajo sistemático sobre la cultura china, con la ayuda de algunos profesores que vienen a hablarnos de Confucio, de Matteo Ricci, de la historia este País. Invitamos también a sacerdotes de otras órdenes religiosas para aprender de su experiencia. Vemos juntos películas chinas y taiwanesas, leemos libros sobre China o novelas de las que luego compartimos el contenido y el juicio con otros hermanos de la casa. Este trabajo confluye, también, en fichas que ponemos a disposición de todos.
Hace algunos días, un misionero italiano que está en Taiwán desde hace más de veinte años, durante una cena nos dijo: «Cuando llegué por primera vez a Taiwan, todo me parecía extraño pero pensé que había comprendido. Con el paso de los años, no obstante, te das cuenta que has comprendido muy poco y que el extraño eres tú». No le falta razón. Descubrir al otro no es sólo descubrir su peculiaridad, sino encontrar en él algo que pertenece también a nosotros. El punto en el que las culturas pueden cruzarse es el corazón de cada uno. Entonces, se puede descubrir una afinidad sorprendente entre una canción china de la fiesta de mitad de otoño, la luna representa a mi corazón y la napolitana Silencio cantautor. El estudiante que en casa se aburre porque su vida no tiene un desarrollo, que espera con ansia el momento de encontrarse, sin decirlo explícitamente expresa la pregunta central de todo hombre, el deseo de plenitud.
Precisamente el otro día, una estudiante que viene desde hace año y medio a nuestros encuentros en la universidad me ha dicho, con sus ojos húmedos por la conmoción, «me has salvado». «También yo he sido salvado», le he respondido, «pero sólo hay uno que salva, Jesucristo. Lo bonito es que sale al encuentro a través de personas concretas como tú y yo. Por tanto, continuemos caminando juntos para conocerlo».
La misión es una escuela porque en el encuentro verdadero con los otros descubrimos más lo que somos, qué hay en el fondo de nuestro corazón: también de un no cristiano podemos aprender a conocer al Dios que te ha creado y hecho a su imagen.

En la foto: vacaciones de la comunidad de Taiwan.

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