Los encuentros con el Papa santo en un arco de más de veinte años. El testimonio del padre Gerry.

He sido muy afortunado en mi vida porque he encontrado a varias personas a las cuales la Iglesia ha reconocido la santidad. En especial, el encuentro con el Papa Juan Pablo II ha sido fundamental en mi vida.

En el lejano 1979 vivía en Nueva York, yo estaba enseñando en una escuela secundaria. El recién elegido Papa vino de visita a Nueva York. Acompañé a mis estudiantes al encuentro con los jóvenes de Madison Square Garden. Era la primera vez que veía de cerca a aquel joven, valiente, carismático Papa. El efecto que tuvo sobre mí y sobre mis estudiantes fue darnos algo diferente, una grandeza de corazón. Él me infundió un deseo más grande de seguir a Cristo y de dar mi vida por su pueblo.

He percibido siempre una correspondencia con lo que Juan Pablo II decía. Y leyendo su primera encíclica, la Redemptor Hominis, he deseado que también en mí pudiera florecer una abertura de corazón y el don de la vocación al sacerdocio. Leer y estudiar sus palabras llevaron a mi corazón a desear mucho más. Quería encontrar un lugar donde lo que él decía aconteciera de verdad. Y Dios, en su infinita misericordia, ha preparado mi corazón y mi mente al encuentro con el movimiento de don Giussani en 1984. Sentí enseguida una gran correspondencia entre el pensamiento de don Giussani y la enseñanza del Papa. Había encontrado el lugar adecuado donde vivir lo que deseaba. Así fue que después entré también en la Fraternidad de San Carlos.

Después del primer año en el seminario, don Massimo un día me dio la posibilidad de servir en una misa celebrada por Su Santidad Juan Pablo II y de recibir de él la comunión. Fue un don grandísimo. Por fin hubiera visto cara a cara aquel gran hombre que había cambiado tanto mi vida. Fu una celebración conmovedora, bella, mi corazón latía con fuerza, mi mente corría. Sentía de estar enfrente de algo más grande que yo.

Acabada la misa, entramos en un cuarto donde quedamos con el Papa. Él se arrodilló y empezó a rezar. Su oración no era sólo silencio, sino una conversación con Dios. Llena de suspiros. Me tocó profundamente el corazón oírlo orar así. Me pareció entrar, conmovido, en una zona sagrada, en un momento místico donde se sentía verdaderamente la presencia de Dios en el corazón y en la vida de aquel gran hombre. Cuando hubo acabado de rezar, se levantó y vino a saludarnos, mirando a la cara cada uno de los presentes. Yo era el único rubio de ojos azules. Él se me acercó y me dijo: «Tú no eres italiano, ¿verdad?». «No, Santidad, soy irlandés» contesté.   «Y ¿qué haces aquí?». «Estoy en el seminario de la San Carlos». «Felicitaciones» me dijo «yo rezaré por ti». Más tarde, en alguna entrevista, afirmó que cada vez que conocía a alguien, empezaba enseguida a rezar por la persona que había conocido.

La certeza de ser acompañado por la oración del Papa me ha dado la fuerza de seguir adelante. No todo el tiempo en el seminario, de hecho, es fácil. Hay mucho que aprender, mucho que cambiar. Y a veces sentía también la lejanía de mi familia. En aquellos momentos pensaba en Juan Pablo II, que había perdido a toda su familia cuando aún era joven. Pensar en él me hacía sentir más fuerte para afrontar los pequeños sacrificios.

Los años del seminario se sucedieron y me hice sacerdote. En 1998 ya llevaba un año como párroco en Roma, en la iglesia de Santa María del Rosario en la Magliana. Recibí una invitación para ir a comer en el Vaticano, para trabajar en la preparación de la visita pastoral del Papa a nuestra parroquia. Fue un momento de gran emoción, mezclada con una sensación de “pequeñez”. Me preguntaba: ¿quién soy yo para haber recibido este gran don? Estábamos en un cuarto, junto con mis hermanos don Peppino y don Claudio, el Santo Padre estaba llegando. La puerta se abrió y entró el Papa. Tenía el bastón, ya estaba enfermo de Parkinson. Se me acercó y me dijo «Hello, father Gerard, welcome!» en inglés. Estaba conmovido por esta gentileza suya hacía mí. Me cogió de la mano y me acompañó al comedor. Nunca podré olvidar su sentido del humor, su gran alegría de vivir. De repente, me miró y me dijo: «Sabes, me recuerdas al padre Brown de Chesterton…». Nos reímos juntos. Percibía sobre mí toda su atención. Me hizo sentar en frente suyo y vivimos un momento de conversación profunda, de implicación. Me hizo muchas preguntas sobre mi familia, la parroquia, el trabajo. En un momento dado, me preguntó cómo había empezado mi vocación. Le narré la historia de mi tío obispo en Corea, Mons. Thomas Quinlan. Había sufrido mucho en un campo de concentración. Cuando yo era pequeño, me preguntó qué hubiera querido hacer de mayor. Le había contestado que quería ser un sacerdote como él. Y Thomas replicó: «Será la voluntad de Dios. Pero tú debes hacer una cosa: rezar tres Ave María todas las noches a la Virgen. Pídele a ella que te haga encontrar el camino correcto para tu vocación». El Papa me preguntó: « ¿Lo has hecho?». «Sí, Santidad, todos los días, hasta convertirme en sacerdote». « ¿Aún rezas estas tres Ave María?». «No, Santidad, porque ya soy cura». «Sí, ya eres cura – añadió Wojtyla – pero ¡aún no eres obispo!». Y se puso a reírse nuevamente. En aquel encuentro hemos hablado de todo, hemos compartido todo. Sentía sobre mí sus ojos azules que me miraban con amor, me sentía protegido y amado por Dios. Y me sentía lleno de una energía nueva: ¿Quién soy yo para estar aquí en este momento? La comida siguió y al final me despidió con estas palabras «Querido Gerry, no eres padre Brown, ¡eres realmente Chesterton!». «Santidad, gracias, dicho por Usted ¡es un gran honor!».

Unos días más tarde, el 8 de Noviembre, visitó nuestra parroquia. El Parkinson ya estaba avanzado. Estaba muy fatigado pero logró con un gran esfuerzo subir las escaleras, acabar el recorrido, y verse con todas las personas. Yo estaba profundamente impresionado que recordase todo de nuestro anterior encuentro. Saludó a mis padres, recordando a mi madre -que ya estaba en el cielo- y diciendo que rezaba por ella, agradeciendo a mi padre por haber dado mi vida al buen Dios. Después que el Papa se hubiese marchado, mi padre me dijo: «Ves, hijo, tu sí al Señor ha llevado también tu pobre padre irlandés a Roma para encontrarse con el Papa del mundo, de la Iglesia. Ves, hijo, ¡cómo de importante es decir siempre que sí a las peticiones de Dios!».

Más tarde, tuve también otros encuentros con san Juan Pablo II. En particular, el día después del Miércoles de Ceniza, el Papa se reunió con los párrocos de Roma. Cuando llegaba, me saludaba: «Ah, ¡nuestro irlandés! ¿Cómo estás?». A esta pregunta, una vez, le respondí que tenía un cáncer maligno en la tiroides y que debía ser intervenido. Él me hizo la señal de la cruz en la frente y me dio una caricia en la mejilla. Me sentí protegido. Seguí adelante con serenidad en ofrecer todo con amor al buen Dios. Esto lo aprendí justamente del Papa Juan Pablo II. Él decía que el sufrimiento no es una debilidad del hombre, sino un signo del poder de Dios. Nos ha pedido siempre de ofrecer todo a Dios. Totus tuus: ofrecer todo con gran fe y aceptar todo con paciencia.

Ahora que yo también tengo Parkinson, entiendo lo que vi en esos días con él. Qué difícil a veces hacer las cosas simples, cuántas veces son las pequeñas cosas las que nos dan más problemas, como levantarse, caminar. Y recuerdo todas las veces que le he visto llevar la cruz de Cristo con gran amor. En los años de su enfermedad, repetía que la oración junto al sufrimiento son las fuerzas más poderosas de este mundo, y pueden cambiarlo.

En los años siguientes, siempre he seguido de cerca el Papa. No ha habido una sola vez en la que, acercándome al encuentro con él, no haya percibido este gran sentido de santidad que emanaba de él. Me sentía siempre delante de un santo, un hombre que vivía totalmente sumergido en la oración. El Señor ha hecho un gran don a su Iglesia con la presencia de Juan Pablo II, un hombre que me ha enseñado como la santidad consista en hacer todo con sencillez, para la gloria de Cristo.

 

Un momento de la visita de san Juan Pablo II a la parroquia de Santa María del Rosario en los Mártires Portuenses en 1998.

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