“¿Veías las calles? / Había miles, ¿cómo lo hacen ustedes para elegir una? /¿…para elegir una mujer, /una casa, una tierra que sea vuestra, un paisaje para mirar, una forma de morir?”. “Novecento”, el pianista protagonista del homónimo monólogo teatral de Baricco, decide no bajar las escaleras que le hubieran permitido abandonar el barco en el cual nació, y da marcha atrás, aterrorizado por la necesidad de tener que elegir “un camino, una mujer, una tierra”… Con su trágica decisión se resiste a elegir un particular para poder, a través de ese, amar todo.
La suya, en el fondo, es la resistencia al método que Dios desde siempre ha elegido, el método de la Encarnación. El Ángel Gabriel fue mandado por Dios a una ciudad llamada Nazaret, a una virgen prometida esposa de un hombre de la casa de David, de nombre José. La virgen se llamaba María. Desde el inicio Dios eligió un tiempo, un lugar, una mujer para entrar dentro de la vida de los hombres de todos los tiempos. Y no puede ser casual que haya querido hacerlo dentro de una casa, una familia. Hay una relación muy estrecha entre la acción de Dios en la historia y la realidad de la familia.
Dios crea al hombre, varón y mujer, les da la tarea de generar y educar a los hijos que nacerán de su unión, participando en la obra de la creación. No sólo los crea, quiere colmar la distancia que en ellos se produce cuando se resisten a no depender de Él. Toda la historia de la salvación es como un largo cortejo, bien descrito por las metáforas usadas por los profetas y por el Cantar de los Cantares. Con la Encarnación, la Cruz y la Resurrección, Cristo, rescatándolos del pecado, les vuelve a donar al hombre y a la mujer su dignidad y les restituye su original y exaltante tarea que la dureza de sus corazones había vuelto algo difícil para sus fuerzas: ahora el matrimonio asume la fuerza nueva y santificante del sacramento. Así es posible más que nunca amar al mundo amando a la propia mujer, al propio marido, a los hijos. Gracias a Cristo el amor humano es abrazado, exaltado, elevado hasta restituirle la vocación de los inicios, liberándolo de los lazos que lo habían vaciado de ese anhelo de totalidad y eternidad que lo caracteriza. La familia así es nuevamente llamada a construir el Reino de Dios.
¿Quién desearía volver atrás? ¿Quién quisiera hacer como “Novecento” que da la espalda a lo que el mundo, la realidad, su corazón lo llaman, porque no se siente a la altura de una vocación tan alta? Y en cambio hoy, se busca reducir el significado mismo de la familia, poniendo en ella la misma duda que los discípulos le plantearon a Jesús (“Con esas condiciones es mejor no casarse…”); se justifica la propia dificultad para ser fieles y se pretende que la misericordia no implique también la propia conversión y reparación del propio pecado; incluso se llega a confundir la familia con lo que ni siquiera es una pálida apariencia. La tarea de las familias cristianas hoy en día es por eso, anunciar y testimoniar con más fuerza que antes, que aquel proyecto originario de Dios es posible y que el deseo de los esposos de donarse recíprocamente el uno al otro, teniendo como horizonte la construcción del Reino de Dios, es una experiencia real y que puede ser propuesta a todos. Y que esta es la única experiencia verdadera y profundamente respetuosa de su dignidad.
La familia cristiana es realmente un punto de esperanza para el mundo entero. Gracias al encuentro con tantas familias he aprendido qué quiere decir donarse y perdonarse recíprocamente, he comprendido en modo más profundo qué quiere decir educar y ser misionero. Toda familia está llamada a estar en primera línea y a redescubrir todos los días la propia responsabilidad frente al mundo, compartiendo el ímpetu misionero de toda la Iglesia. Decía don Giussani: “La familia misionera es la que mira al horizonte: mira todo el horizonte abierto por Cristo y con deseo lo recorre todo, mientras con paciencia cotidiana e inteligente construye la Iglesia en ella y a su alrededor”.

(Foto Vincent Albanese.)

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