Hoy se nos pone muy difícil. Estamos caminando hace ya cuarenta minutos por el centro histórico de Boloña, y todavía Irene no ha dejado de llorar. Parece imposible de consolar. Irene es una muchacha, huésped de la Casa Mantovani, un centro en la ciudad de Boloña de la Cooperativa Nazareno que acoge a personas con problemas psiquiátricos. Es joven y estaba estudiando arte cuando de repente incurrió en un fuerte bajón que la obligó a congelar los estudios. Ahora está obsesionada por unos problemas que le llenan por completo la cabeza. No logra pensar en otras cosas. Por eso los educadores de la Casa Mantovani le han pedido que me acompañe a dar una vuelta por Boloña, para llevarme a ver frescos y obras de arte. Pero hoy ni siquiera pasear por la ciudad logra distraerla un poco.
Mientras caminamos por las galerías, me descubro en dificultad. Mis superiores me propusieron pasar algunas semanas de verano en la Casa Mantovani junto con tres seminaristas, y no imaginaba que me encontraría en una situación como esta. Una muchacha llorando y yo, paseándo por Boloña, solos. Intento hablarle, divagar, cambiar de tema, pero ella vuelve continuamente ahí. Sus pensamientos la atormentan y no logro penetrar su atención. Mientras tanto llevamos ya una hora caminando en la ciudad que arde en el sol de finales de julio.
Finalmente Irene se detiene delante de la entrada de una iglesia, la de los santos Vitale y Agrícola. Miro bien la fachada y me acuerdo haber visitado ya esta iglesia durante los años de la universidad. Entramos. Irene se mueve hacia la cripta. Noto que ha dejado un poco de llorar. Bajamos por la escalera y nos encontramos en un espacio pequeño, el cielo es muy bajo y es sostenido por un entramado de arcos y columnas sutiles. La atmósfera acogedora y el silencio de aquel lugar me dan ganas de rezar. Nos sentamos en una banquita mirando los restos de los dos protomártires de la ciudad colocados debajo del altar. ¡Cuántas cosas cambiaron desde la última vez que estuve acá! Ciertamente en aquellos tiempos no pensaba en el sacerdocio, y menos encontrarme acá con Irene.
Después de algunos minutos de silencio, Irene me pide que rezemos juntos. Entre estupor y alegría comienzo un Padre Nuestro y luego una Ave María. Luego seguimos guardando silencio. “Dios me escucha, ¿verdad?”, me pregunta después de algunos minutos. “Claro, Dios te escucha”. Luego nuevamente silencio. “Sabes, yo sufro mucho. ¿Puedo pedir a Dios aliviar un poco mi sufrimiento?”. “Claro, tú pídeselo. El dolor que te deje, ofrécelo por quien quieras”. Otra vez silencio.
En la luz discreta y sutil de la cripta, paulatinamente caigo en la cuenta de que a mi lado está aconteciendo algo sagrado. Irene está hablando con Dios y se me concede estar a su lado, servir este misterioso intercambio de miradas y de silencios. Hasta en un patología tan severa, Dios sigue deseando hablar con ella, sigue deseando ser amado por ella, Dios sigue reconociendo en ella una secreta belleza. Es el encantador prodigio del hombre: también cuando se vuelve imposible la relación con los demás y hasta con uno mismo, también en esos momentos queda la posibilidad de una relación con Dios. La belleza del sacerdocio es poder servir este diálogo.
Santa Catalina escribió que Dios está enamorado de las almas que ha creado. Cuando uno ama se vuelve muy sensible a los movimientos que atraviesan el corazón de la persona amada: lo sacuden a uno, lo conmueven, termina participando en ellos. Uno percibe como propio el dolor de una persona a la cual se siente ligado. Dios está apasionadamente enamorado de Irene. Por eso su corazón divino se conmueve hasta las lágrimas por el corazón de esta muchacha. Hoy un rayo de esta emoción está calentando mi corazón e intuyo que ya me encuentro vinculado por siempre al dolor de Irene.
“Dios no me abandona, ¿verdad?”, Irene interrumpe mis pensamientos. “No, Dios no puede abandonarte, está cerca tuyo, más cerca que yo, que estoy aquí sentado a tu lado”. Después de unos instantes de silencio, rezamos nuevamente juntos un Padre Nuestro y una Ave María, luego volvemos a subir y seguimos nuestro recorrido descubriendo la ciudad.

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