Filiación, gratitud y acogimiento: sor Rachele, superiora de las Misioneras de San Carlos, habla de su relación con la Virgen.

Cuando éramos pequeños, con mis padres y mis hermanos parábamos todos los años en Loreto, para dividir el largo viaje de Legnano a Molise, hacia el pueblo de la abuela. A menudo eran paradas breves, una media hora dentro de la Santa Casa, una oración juntos y en silencio. A veces estábamos cansados, a veces enfadados, a veces más recogidos, pero me habitué a comparecer ante Ella tal como estaba, sintiendo que Ella entendía. Transcurrir los minutos en silencio en un lugar tan santo me acostumbraba a expresar, buscándolos en el corazón, los deseos más verdaderos, a ponerlos delante de Ella, segura de que me escuchaba. En la primaria también, nuestras maestras nos enseñaban los cantos y las oraciones dedicadas a Ella; han permanecido para siempre en mi memoria, entre las primeras cosas que he aprendido, destinadas a acompañarme y a resurgir del corazón en mi cotidianidad. Otro gesto que recuerdo fue la pequeña decisión que tomé tras haber estado con mi familia de visita en Brujas, en Bélgica, cuando estaba en secundaria. Me llamó la atención el rostro de la Virgen en una bellísima escultura de Miguel Ángel, hice una foto y la puse al lado de mi cama; desde aquel momento era la última imagen sobre la que ponía mi mirada, antes de apagar la luz y dormirme. También el rosario – no recuerdo quién me lo había enseñado – ha supuesto una oración importante en los años de instituto, cuando tomé la costumbre de llevarlo conmigo, en el bolsillo. Seguramente veía a mi madre que lo rezaba, que lo tenía en la mano antes de dormirse por la noche. A lo largo de los años de mi vida he tenido la gracia de sentir la cercanía de la Virgen como la de una madre. Desde el principio vivía esto de un modo espontáneo, sin pensar en ello. Sin embargo, desde los años que descubrí mi vocación, lo hago de un modo más consciente. Y esta conciencia se convierte cada vez más en gratitud.

Hoy vivo esta relación con Ella en primer lugar como entrega de mí misma. Por la mañana, en las decisiones del día. Por la tarde, al repasarlo. En los momentos en que experimento sentimientos fuertes, por los que deseo rezar o dar gracias. En los momentos en los que los pensamientos no son claros, pero tengo necesidad, no obstante, de entregarlos a alguien, tal como soy capaz, se los planteo a Ella como preguntas abiertas. Le confío a menudo las relaciones más queridas que tengo. Siempre tengo la percepción de que estas entregas no caen en el vacío, sino que son escuchadas.

Me ayudan mucho sus imágenes y ciertos lugares. En las relaciones siempre he tenido necesidad de presencia, concreción, fisicidad. Por esto tenemos ciertos iconos, que tenemos colgados en nuestra casa que me ayudan a mirarla y a hablarle o bien la bellísima estatua blanca que tenemos en el patio. Hemos decidido tener en casa sólo las imágenes delante de las cuales rezamos. Y hay ciertos lugares, como la Santa Casa en Loreto, a la cual estoy volviendo a menudo para descansar; o bien Czestochowa en Polonia, donde he tenido la gracia de pasar algunos días en dos ocasiones: una hace doce años, para suplicar por mi vocación, y la otra, hace tres años, para agradecer el haberme respondido con una historia tan grande. Entregarme a Ella es la primera manera para mí de vivir el ser hija suya. A menudo rezo el rosario sólo para decirle esto: soy tu hija, te pertenezco, custódiame tú, ocúpate de mí, tengo necesidad de ti.

La Virgen es madre para mí también porque me explica los misterios de la vida de Jesús. Cuando rezo el rosario con esta petición – ¡ayúdame a entrar un poco más en estos acontecimientos, a entender más, a conocerlo más! – me sucede frecuentemente que hago pequeños descubrimientos. A veces ciertos misterios se ligan directamente con ciertos momentos de mi vida, que adquieren una nueva claridad. Me hacen entrar, lentamente, en la vida su hijo, en lo que puede haber vivido. Aprendo mucho también a través de las antífonas marianas que acompañan nuestra liturgia de las horas, y que describen los sentimientos de la Virgen en diversos momentos de la vida de Jesús: ¡Regina caeli, laetare, quia quem meruisti portare resurrexit sicut dixit!

Me gusta mirarla, sobre todo en su silencio y en su caridad, en su preocupación, aprensión por los hombres, como dice Peguy. En su anticipar la venida de Cristo en los corazones: ¡Cuantas veces he visto, a hombres y mujeres sin fe, aceptar de buena gana un hilo de relación con Ella! Estoy impresionada de su haber intervenido en nuestra historia – ha dejado, en efecto, muchas veces, señales de su intervención en estos diez años de vida de las Misioneras, que busco conservar en mi memoria –, y en la historia del mundo, a través de las apariciones, los mensajes que ha dado, los votos que ha escuchado protegiendo ciudades y continentes de asedios y guerras. Esto me ha dado la certeza del hecho de que hace falta escucharla para leer los signos del tiempo que estamos viviendo.

Estoy agradecida de ser su hija. La relación que me ha permitido vivir con Ella me hace nacer espontáneamente el deseo de cantarla, como hacemos en casa muchas veces al día: de honrarla en sus fiestas y en sus memorias; de vivir eligiendo aquello que sé que le gusta. Volver a ponerme ante Ella ha hecho renacer tantas veces en mí el deseo de las cosas más grandes.

En la foto, peregrinación Macerata-Loreto organizada por Comunión y Liberación (Foto Giovanazzi).
Rachele Paiusco

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