El día 4 de Noviembre se celebra el cuadragésimo aniversario de sacerdocio de don Massimo. El periodista y escritor (novelista/ensayista) Emilio Bonicelli recoge aquí su historia.

Emilio Bonicelli

La ocasión de nuestro diálogo es la fiesta por sus cuarenta años de vida sacerdotal, un momento lleno de gratitud. Massimo Camisasca nació en Milán el día 3 de Noviembre de 1946 y se ordenó sacerdote en el día 4 de Noviembre de 1975, día siguiente a su cumpleaños número veintinueve. Hoy es Obispo de la diócesis de Reggio Emilia – Guastalla. En la oficina del obispado donde nos encontramos, recorremos las etapas y el significado de su camino de fe.

Todo comienza siempre con un encuentro. ¿Cuál es el encuentro que hizo madurar su vocación sacerdotal?
Se trata de una pluralidad de encuentros, con sacerdotes que me han fascinado. Quiero recordar, entre otros, al Padre Piero Verrini, vicario parroquial en Leggiuno, el pequeño pueblo donde viví los años de mi infancia. Él me enseñó el cristianismo como misericordia y como capacidad de plegarse sobre la humanidad herida.
Aunque el encuentro decisivo fue sin duda con don Luigi Giussani, que me ha donado el significado pleno del cristianismo y de la existencia. Todo lo que viví sucesivamente en la Iglesia se lo debo a él. Don Giussani me educó a la vida como apertura, ofreciéndome la posibilidad de inaugurar siempre nuevos horizontes, en cada ámbito. Ésta es su característica que siento hoy viva y permanente en mí: su capacidad de abrirnos siempre al infinito, al universo, a los demás, a la vida como continuo descubrimiento, especialmente a la vida en la Iglesia.

Uno se prepara con dedicación al sacerdocio. Años de estudio. Luego llega la vida sacerdotal: ¿qué es lo que más le ha asombrado, lo que no se esperaba? ¿Hay algo que usted nunca se hubiera imaginado que pudiera ser parte de la vida sacerdotal?
Uno nunca puede verdaderamente imaginarse el futuro. Lo puede quizá presentir, desear, pero no puede imaginarlo. Ciertamente algunos aspectos de la vida sacerdotal ya había empezado a vivirlos como laico. Por ejemplo la palabra. Ya desde los primeros años de la universidad había tratado expresar a través de las palabras lo que llenaba la vida de belleza y de significado, y que podía ser interesante para los demás. La palabra ha marcado sucesivamente toda mi vida, no solamente en el sentido de la predicación (con miles de clases, charlas y homilías), sino que también como la palabra que he amado en las novelas, en los poemas, y que he meditado en las Escrituras, especialmente en los Salmos, en los Evangelios, en las cartas de Pablo.
Me imaginaba la vida sacerdotal como un tiempo en el cual el sacramento de la Iglesia y los Sacramentos habrían ocupado el lugar central. Y así fue, con la Eucaristía en el centro de mi existencia. No me refiero tanto a mi pobre conciencia o a mi paupérrima adoración. La Eucaristía ha quedado en el centro como necesidad de volver siempre a aquella presencia urgente, tanto poderosa como inerme, luminosa como escondida, silenciosa y sin embargo rica de palabras. Esto era lo que pensaba y preveía de la vida sacerdotal y que se ha realizado de manera sobreabundante.
Lo que no podía imaginar es la gran cantidad de encuentros que se han dado en mi vida, tal como no podía prever el nacimiento de la Fraternidad sacerdotal de los misioneros de san Carlos Borromeo: un don inmenso de Dios, inmerecido, aunque secretamente esperado. No podía imaginar que habría dedicado treinta años de mi vida a la educación de jóvenes hacia el sacerdocio. Ésta ha sido la tarea más continuativa, más exigente, más gratificante y capaz de infundir entusiasmo a mi existencia, porque me permitió conocer en profundidad, a través de una larga escucha, la vida de centenares de jóvenes, y de conducirlos, un paso tras otro, hacia la realización de lo que esperan, de lo que anhelan más profundamente.

Usted habló de una pluralidad de clases, de charlas, de homilías, discursos, a los que se añaden muchos libros que usted escribió a lo largo de estos cuarenta años. ¿Le viene alguna vez el temor de haber sembrado en vano?
Jamás me atravesó este pensamiento, ni siquiera un instante. Todo lo contrario. Si pienso en la parábola del sembrador, entiendo que Dios también siembra en los pedregales y entre las espinas, tal como nos dice el Evangelio. Parecería inútil, en cambio Dios sigue sembrando, también en esos terrenos. A los sacerdotes que se quejan de que los jóvenes se alejan de la parroquia después de haber recibido los sacramentos, yo siempre les digo: ninguna palabra que ustedes han sembrado en esos muchachos se perderá, sino que saldrá a flote de manera positiva según los tiempos y las modalidades de Dios. Si nuestra palabra intenta ser eco de la palabra de Cristo, siempre encontrará su misteriosa fecundidad.

Cuarenta años de sacerdocio vividos en la pertenencia al movimiento eclesial de Comunión y Liberación. ¿Cuál es la contribución específica, la riqueza que ha traído a la Iglesia de hoy el movimiento suscitado por el carisma de don Luigi Giussani?
La contribución de don Giussani a la Iglesia ha sido puesta en evidencia por Juan Pablo II, Benedicto XVI y por el Papa Francisco todas las veces que han hablado de él; se trata de algo que sin embargo queda en gran parte por estudiar y por sacar a la luz. De todas maneras puedo decir que la contribución ofrecida a la Iglesia por don Giussani es el descubrimiento y el redescubrimiento del cristianismo como acontecimiento y por ende como encuentro entre nuestra persona y la persona de Jesús, en el cual se manifiesta el amor del Padre por el mundo. El carácter de acontecimiento elimina del corazón del cristianismo todo tipo de intelectualismo y de legalismo. Este acontecimiento sí tiene que ver con la persona, pero permite a cada uno de nosotros descubrirse junto a otros. El cristianismo posee entonces una necesaria característica comunitaria. De esta manera don Giussani ha arrojado una luz no solamente sobre que es el cristianismo, sino que a la vez sobre como vivirlo.
En segundo lugar, don Giussani ha indicado la estatura histórica del cristiano en el mundo, ya sea poniendo de relieve con decisión el Bautismo y las características del hombre nuevo, ya sea por el coraje con el cual ha vivido su testimonio de fe. Creo que tenemos que volver a descubrir a don Giussani todos los días, en el medio de circunstancias y situaciones que cambian muy rápidamente y que sin embargo ayudan a comprender toda la actualidad de su enseñanza.

Al comienzo de su experiencia sacerdotal, usted fue encargado de las relaciones de Cl con el Vaticano. Desempeñando esta tarea pudo conocer de cerca a San Juan Pablo II y al, en aquel entonces, Cardenal Ratzinger, que luego se volvió Benedicto XVI. ¿Cómo incidió en su experiencia el encuentro con estas dos grandes personalidades cristianas?
En Juan Pablo II vi el coraje y la alegría de la fe. Todos sabemos lo inteligente y culto que era, y que también era hombre de oración y un gran deportista y humorista. Lo que en él me llamaba la atención era su gran serenidad, su paz, hasta en los momentos más graves, su capacidad de mirar con ojo positivo a los hombres, a sus colaboradores, sin perder tiempo en habladurías. Poseía una gran conciencia de la misión que Dios le había entregado. Cuando pienso en él, pienso en un hombre verdadera y completamente entregado en los brazos de Dios y de su Madre, la Virgen María. Del, en aquel entonces, Cardenal Ratzinger, luego Benedicto XVI, me llamaba la atención su mansedumbre y la capacidad de mirar los asuntos de la fe siempre a partir de la historia de la Iglesia y de la evolución del pensamiento humano. Sabía individualizar con claridad las fuerzas en juego en la historia presente, buscando valorizar las fuerzas positivas que habrían y abren al futuro de la Iglesia, y miraba con humildad a su propia grandeza.

En el actual contexto social y eclesial, ¿cuál es la razón de la fuerte baja en las vocaciones al sacerdocio y qué camino educativo ha propuesto usted a sus seminaristas para ayudarlos a que vuelvan a descubrir el atractivo de ser sacerdotes?
Son muchas las razones de la baja en las vocaciones. Ciertamente no debemos pensar que hoy Dios esté llamando menos que hace un tiempo. Dios llama siempre, somos nosotros que no lo escuchamos. Hoy hay menos jóvenes, son más numerosas las familias con un solo hijo, y esto determina en los padres una mirada muy posesiva. Vivimos en un contexto social donde la experiencia sacerdotal ya no es tan apreciada como hace un tiempo. Incluso la vida del sacerdote resulta menos fascinante porque sitiada por numerosas tareas y muchos problemas. Si queremos romper la cadena de esta disminución de las vocaciones, debemos mostrar vidas sacerdotales fascinantes. Se trata de una tarea hoy más difícil por la carencia de sacerdotes: los pocos que quedan cargan con muchas tareas y compromisos. Necesitamos entonces ayudar a los sacerdotes a discernir entre los compromisos esenciales y las cosas que se pueden dejar atrás.
En el camino educativo al sacerdocio es fundamental mostrar las razones fascinantes de esta vocación; mostrar que el camino del sacerdocio es un camino de realización plena de lo humano; mostrar que esa realización plena de lo humano no se alcanza reduciendo la radicalidad de la vida sacerdotal, sino aceptándola completamente. Aceptando el hecho de que vivir quiere decir obedecer, y la obediencia más verdadera acontece en el marco de la amistad; aceptando que el desapego de los bienes nos ayuda a vivir más libres; que la virginidad nos ayuda a mostrar a todos el significado verdadero de toda relación afectiva. Además en la Fraternidad San Carlos se eligió la vida común entre los sacerdotes porque es una gran escuela, una verdadera universidad para que uno se pueda comprender a sí mismo, para que pueda vivir un cambio de su temperamento, para que uno pueda ofrecer sus dones a los demás y para mostrar a todo hombre, y en particular a todas las familias, que la fidelidad es posible y que vivir juntos no debe constituir una razón de miedo, sino de esperanza, con el favor de Dios.

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