Educar significa asumir la responsabilidad de la propia libertad ante quien nos ha sido confiado. Un testimonio desde Alemania.

El altar es la mejor panorámica que tengo de la comunidad de seminaristas del Collegium Albertinum, en Bonn. Obviamente, no utilizo la celebración de la liturgia para vigilarles. Más bien, es el momento en el que todos estamos centrados en el misterio de Cristo. Desde esta perspectiva –aún cuando a las 6:40 se perciba muchas veces la somnolencia– es muy evidente que, ante todo, son Suyos. Uno a uno, los seminaristas han sido queridos y llamados por Él. Su estatura se define ante todo por la relación con Él. La celebración de la Santa Misa me reclama, día tras día, a la ayuda que puedo ofrecer en la formación de su vocación: a acogerles, acompañarles, provocarles y corregirles en Su nombre, remitiéndoles a Él.

Al mismo tiempo, al celebrar la eucaristía, seguimos estando llenos de cotidianidad, de nuestras tareas y relaciones, de los deseos de nuestro corazón y de nuestros pecados. Todo esto también forma parte de la vocación (¡y tanto!). ¡Cuánta humanidad que florece, qué ímpetu de fe he podido encontrar en los rostros y en las vidas de los seminaristas! Pero también, cuántas heridas, debilidades y, a veces, mezquindad. En los últimos años he podido conocer en torno a cincuenta biografías: no exagero cuando digo que no tienen nada que envidiar a las de los personales de Lev Tolstoi o de Víctor Hugo. En algunos momentos, incluso me veo paralizado por la complejidad y el dramatismo que hay detrás de las personas que me han sido confiadas.

Es cierto que hay criterios de discernimiento y de método formativo, pero ninguna fórmula sustituye la responsabilidad de mi libertad ante ellos. El lugar donde se juega todo está marcado por el misterio. Tengo una clara conciencia de lo que significa esta responsabilidad. De hecho, soy yo quien debe decidir a quién admitir en el seminario, a quién proponer al arzobispo para las ordenaciones, o a quién echar definitivamente. Claramente, cada uno de estas decisiones debe hacer cuentas con el camino vocacional de la persona particular y con la voluntad de Dios (sí, ¡es necesario que la intuya!). Si pudiese quitarme esta responsabilidad todo sería más fácil, pero forma parte de mi tarea y debo asumirla. La verdad es que podría haber una vía de escape que, de hecho, se ha introducido sutilmente en muchos seminarios: vivir la convivencia y, por tanto, la relación educativa entre el rector y los seminaristas, de un modo formal. Así, el primero se conformaría con un comportamiento que no diese problemas y con exigir solo buenos resultados académicos; los otros, jugarían a hacer del seminarista ideal. Pero esta no fue la dinámica de Jesús con sus discípulos. Su mirada era de amor, de estima, de confianza. Los problemas, las heridas, que siempre están ahí, no eran inconvenientes, sino ocasiones para madurar. Por eso, en el seminario diocesano donde soy rector desde el 2015, deseo favorecer esta experiencia. No siempre lo consigo. Pero ya he visto milagros, grandes y en absoluto para dar por descontado. Los reconozco cuando los seminaristas se abren a los demás y a sí mismos. Cuando se mueven por un interés hacia el estudio y por una pasión por aquello que sucede en el mundo. Cuando ponen delante preguntas y son capaces de una sana ironía ¡incluso hacia el rector! En esta aventura nada se puede dar por hecho. Se trata de una relación que se pone en juego cada día, desde la liturgia hasta las palabras que se cruzan por los pasillos, desde el comentario sobre un artículo que acaba de salir hasta el tipo de música que me hace escuchar uno del primer año y que exige no poco de mi oído… Realmente, es irresistible descubrir la realidad dentro de la dinámica de una vocación que es abrazada: la del seminarista, que acaba de iniciarse, y la mía, que estoy llamado a ser para estos jóvenes discípulos un eco real, aunque imperfecto, del único maestro.

 

(Romano Christen es rector del Collegium Albertinum, seminario de la diócesis de Colonia, en Bonn [Alemania]. En la imagen, una calle de la ciudad – foto: Aleksandr Zykov/flickr.com).

 

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