Conocí a don Giussani en el primer año de estudios en la Universidad Católica de Milán. Enseñaba Introducción a la Teología los martes y los miércoles, en un Aula Magna llena de estudiantes. Asistiendo a sus lecciones, tenía a menudo la sensación de estar ante uno de los grandes santos de los que había oído hablar a mis padres. Me pasaba por ejemplo de pensar en don Bosco. Giussani hacía carne las palabras cristianas en las que me había criado y les devolvía vida. Su enseñanza me volvía a ligar al origen, a Cristo, lo hacía presente. Así tomaba conciencia intuitivamente de la realidad viva de la tradición de la Iglesia: un pasarse palabra de boca en boca que desde el acontecimiento inicial del encuentro de los discípulos con Jesús llegaba hasta nuestra generación y cuestionaba nuestras jóvenes vidas.
El encuentro con don Giussani fue el hecho central de mi vida. La educación que de él he recibido ha recogido todo lo que hasta entonces se me había dado y lo ha abierto a un nuevo desarrollo. Ha hecho posible que las semillas echadas por mis padres y por los educadores que me habían acompañado hasta entonces quedasen como fermentos vivos en mi historia. Ha corregido lo que era ambiguo o limitado y me ha relanzado hacía una nueva profundidad. En suma, ha unificado mi vida haciendo que la fe se convirtiese en su verdadero centro.
Cuando publicaron el manifiesto de Comunión y Liberación para la Pascua de 1988, yo estaba en mi segundo año de filosofía. Bajo la imagen del Cristo de la Capilla Sixtina fue reportado un fragmento de “El dialogo del Anticristo” de Vladimir Solov’ev. En aquella escena, el Emperador que ya ha reunido a todo el mundo bajo su poder pide a los pocos cristianos que han quedado qué es lo que los mantiene vinculados a sus creencias. «Decidme pues vosotros mismos, o cristianos, abandonados por la mayoría de vuestros hermanos y jefes; ¿qué es para vosotros lo más querido del cristianismo?». El texto prosigue con la respuesta del starez Juan: «Lo que nosotros tenemos por más querido en el cristianismo es Cristo mismo. Él mismo y todo lo que viene de Él, porque nosotros sabemos que en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad».
En ese momento me di cuenta de que podía repetir con todo mi ser la respuesta del starez. Sus palabras tenían para mí la realidad y la concreción de una experiencia cotidiana. Gracias al encuentro con don Giussani, decir que lo que tenía de más querido era Cristo significaba para mí decir que amaba sobre toda las cosas la compañía de chicos con quienes compartía la experiencia del movimiento de CL, en el cual se hacía cercana la gran realidad de la Iglesia. Don Giussani nos invitaba en aquellos años a afirmar esta vertiginosa coincidencia entre la frágil materialidad de los rostros que conformaban nuestra amistad y Cristo mismo. Ese fue el descubrimiento que me comunicó luz y certeza, abriendo de par en par mi fe al mundo y a la historia.
Don Giussani ha tocado y orientado hacía el bien la vida de miles de personas de forma similar, anunciando un Cristo vivo, mostrando el poder unificador del Espíritu, haciéndonos enamorar de la belleza de la Iglesia, enseñándonos a orar, abriendo nuestras oídos al grito que surge desde el corazón de cada hombre, impulsándonos a dar testimonio de nuestra fe a cualquiera.

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