¿Es posible amar verdaderamente? ¿Mi mal y mis límites no son acaso una objeción demasiado grande? La Iglesia nos ofrece un camino para aprender a amar con libertad.

«Esta casa me está enseñando a amar», dijo un seminarista hace unos días. Es una constatación sencilla y muy verdadera. Después de todo, nuestra vida se cumple en la posibilidad de amar verdaderamente, y la Iglesia nos quiere educar precisamente para una afectividad realizada.

Nos educa ante todo porque nos hace descubrir que somos amados. «El descubrimiento de ser amado -escribe Massimo Camisasca- es mucho más luminoso que la experiencia de amar». Es más luminoso porque nos libera de la gran duda sobre el valor de nosotros mismos y así nos permite darnos sin reservas.

Conocí a una mujer marcada por su propio mal. Después de años vividos en la violencia y en el placer perseguido por egoísmo, después de haberse herido a sí misma y a muchas otras personas, estaba ya abrumada por una profunda tristeza y por un disgusto por su propia vida. Me repetía, casi obsesivamente: «Mi corazón está sucio, ya no puedo amar a nadie». No puedes amar cuando estás disgustado contigo mismo. ¿Por qué entregarse a otro si el regalo no tiene valor para mí? Cuando sientes disgusto hacía ti mismo no se logra amar. ¿Por qué entregarse a otro, si lo que entrego no tiene ningún valor para mí?

El abrazo de la Iglesia, la gracia de los sacramentos, la experiencia de una casa que me acoge y de algunos amigos que comparten la vida conmigo, me revela que mi valor es mayor de lo que he hecho o pueda hacer. Nuestro valor infinito se ha revelado en la cruz, cuando Cristo murió por el hombre pecador. Me ha amado y Se ha dado a sí mismo por mí, dirá San Pablo lleno de agradecimiento. Sólo a la luz del amor de Cristo uno puede descubrir el sentido del amor cristiano.

La Iglesia, entonces, nos educa a amar porque nos invita a hacerlo, proponiendo siempre el camino de la caridad. La sabiduría educativa de don Giussani ha traducido esta invitación en el gesto de la caritativa y así ha desvelado a tantos chicos que la vida es vida cuando se ama, cuando se entrega a alguien.

La Iglesia nos educa a amar porque propone un amor incondicional, libre de egoísmos y retornos afectivos, y por esto tan fascinante. Teniendo en la mirada el gesto de Cristo, que ha amado al hombre sin retener nada para sí mismo, la Iglesia no puede más que proponer un amor igual de radical. En nuestra cultura individualista tienen valor sólo los sacrificios destinados a afirmarse a uno mismo (los sacrificios por el dinero, por la carrera, por la línea, por la autonomía,…) La Iglesia enseña a vivir el sacrificio como una manera para afirmar al otro, de entregarse a la persona amada y a los hijos, a los amigos y a los enemigos, a los que sufren, a los que están solos. Para cualquier hombre que Dios ponga en nuestro camino. Amantes de todos, pues somos amantes de Dios. Hasta la elección de la virginidad. Hasta el sacrificio extremo de la vida, como tantos mártires continúan testimoniando. Amar es entregarse hasta el final, como el gesto de Cristo. «Mientras el amor excluya la muerte – escribía un teólogo del siglo pasado – no es más que un juego, uno se entrega, pero luego se recupera».

Este es la fascinación paradójica de la caridad cristiana: me sacrifico a mí, para ti, y en esto mi vida se cumple.

 

Imagen ©Elio e Stefano Ciol – todos los derechos reservados.

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