Don Stefano, colaborador de Mons. Camisasca, ha acompañado al obispo en una reciente visita pastoral a las misiones diocesanas de la India. Nos relata su encuentro en Calcuta con las hermanas de madre Teresa.

A mi llegada a Calcuta tuve enseguida un fuerte impacto de caos, desorden y malestar. Personas por doquier. El aire es irrespirable. Una extraña niebla envuelve los edificios. Pregunto al taxista: es contaminación. Oleadas de olores de alcantarilla se alternan con olores a quemado. Calcuta es un conglomerado urbano de millones de personas. En medio de este enjambre de luces, ruidos y coches, la vida humana parece accidental.

Después de una hora de coche, llegamos donde las hermanas del PIME, donde nos alojaremos. En cuanto el taxi sale de la calle principal, todo es destartalado y mortífero. El convento está atrancado con candados por todas partes. Parece como si se tuviesen que defender de ataques de todo tipo.

 

La Madre

Ahora está oscuro. Salimos con un taxi para ir a la casa madre, lugar donde vivió y murió madre Teresa. No son carreteras, sino espacios estrechos y confusos dejados entre construcciones, escombros y montones de basura. Es un continuo chirrido de bocinas. Parece un desorden infernal.

Entre los rostros pobres y desesperados que se amontonan en las calles, encuentro el dulce y maternal de una hermana. En las manos sostiene un rosario que estaba rezando mientras esperaba. En seguida nos lleva a una pequeña capilla en la planta baja. Una habitación desnuda. Solo hay crucifijo con una inscripción: Tengo sed. Y allí, frente al tabernáculo, la tumba de madre Teresa. Don Massimo se arrodilla y yo lo sigo. Me invade un sentimiento de indignidad, conmoción y perdón. La figura de esa pequeña y simple monja me parece inmensa. La tumba es un gran paralelepípedo de piedra sin ninguna decoración. Hay algo más que le da gloria a la Madre. Subimos al primer piso para la Adoración antes de la misa. Esta capilla es más grande. Es una sencilla habitación rectangular. En el centro del lado largo ya está expuesto el Santísimo. Delante y a la izquierda del altar unas cien monjas están arrodilladas en adoración. En la India todos se quitan los zapatos antes de entrar en una casa o en una iglesia. Es la primera vez que tengo que desatarlos. Estoy accediendo a algo sencillo y al mismo tiempo sagrado. El suelo está cubierto con tapetes. Las monjas descalzas rezan a contacto con la tierra, hasta ensimismarse con ella en postración. Están extasiadas. Los saris que visten son ropa de pobres. Sin embargo tienen una elegancia discreta. De las ventanas abiertas por el calor entra un ruido violento de tráfico y griterío. No es concebible que en este estruendo continuo pueda existir un corazón de silencio. “¿Cómo se puede vivir en un lugar así?” me preguntaba mientras nos dirigíamos aquí. Solo si se está atravesado por la gracia de la santidad. Madre Teresa ha traído el paraíso dentro del infierno; el silencio y la oración en la dispersión; el cuidado y la atención en el caos y la devastación.

 

Una dulzura poderosa

El corazón de ese silencio es la Eucaristía. Las monjas arrodilladas envueltas en sus saris delante del altar parecen un pesebre de ángeles en adoración. Esa oración silenciosa es una costumbre adquirida a lo largo del tiempo, día tras día. Mientras tanto, desde la puerta a la derecha empiezan a llegar los voluntarios. Todos jovencísimos y extranjeros, en su mayoría chicas. Entran en silencio, atraídos por el Santísimo y por las monjas en adoración, por el rostro y el cuerpo de Cristo. Ver ese espectáculo hace que sea deseable caer en adoración. La capilla se llena de vida, de ojos luminosos. Este espectáculo no se impone a la confusión del mundo que continúa infiltrándose desafiante por las ventanas, sino que la vence con una poderosa dulzura que solo puede brotar del corazón de una madre. Así, entiendo que ella está allí. La vida transformada por Cristo ya no tiene los límites del tiempo y el espacio.

En este silencio solo hay una palabra: Tengo sed. Está escrito en la pared detrás del crucifijo. “Tengo sed de tu amor, tengo sed de estas almas que no me conocen”, le dijo Jesús a la Madre Teresa al comienzo de su misión. Donde yo veía solo miseria repugnante, madre Teresa vio almas deseadas por Cristo, almas de las que Dios sentía falta. En este lugar donde no hay semblante de belleza, ella ha sabido fundar también una rama de monjas contemplativas. Se lanzó a ese mundo para dar a conocer la sed de Dios. Se dejó sumergir en un amor sin límites y se hizo tan cercana a las personas que se hizo más india que los indios. Fundó una Orden que, gracias a los cantos, la vestimenta, el respeto y la capacidad de acogida, ha sido capaz de valorizar aspectos naturalmente inscritos en las mujeres indias. Existe una forma de conocimiento que es infinitamente más profunda que cualquier ciencia humana: la caridad. Las monjas entonan el Te Deum. Si en el corazón de esta santa Madre hay un lugar acogedor para todas estas personas, entonces también hay un lugar para mí.

 

Cristo en los pobres

A la mañana siguiente, volvemos a la casa madre. Esta vez tratamos de llegar a pie. Estoy asustado y excitado. Hay cerdos hurgando en la basura. Perros tirados por el suelo. Nos cruzamos con pequeños terneros. Para ser animales sagrados, están en bastante mal estado. A medida que las calles se espesan, aumentan los puestos y las tiendas. Esta especie de túneles son unos inmensos mercados. Los olores son invadentes: pescado, carne sacrificada al aire libre, especias, comida cocinada, alcantarillas al aire libre. De vez en cuando hay fuentes que traen agua que se difunde y se estanca. Aquí, los hombres se lavan y las mujeres lavan la ropa.

Nos perdemos. Las calles son indistinguibles. Todo está acampado en desorden, inacabado, desmoronado. Aquí también los coches corren como flechas tocando las bocinas. Si me distraigo para mirar alrededor, me arriesgo a ser atropellado por un vehículo.

Al final llegamos. Las monjas nos reciben. Entro de nuevo en la capilla donde está la tumba de la Madre. Podría quedarme en este lugar durante horas. Visitamos un pequeño museo: manuscritos, objetos usados para tratar su enfermedad, fotografías de su infancia. Estoy en el centro de un acontecimiento que ha cambiado la historia del mundo.

Inicio un diálogo con una de las superiores de la Orden. Mirada intensa, profunda y acogedora. Entiendo que detrás de esos ojos se oculta una familiaridad con otro mundo. Vivió con la Madre allí durante 13 años. Ya percibían su santidad, pero continuamente están descubriendo cosas nuevas. Le pregunto sobre la “oscuridad” de la Madre Teresa. Me responde que nunca habló de eso con nadie, solo con los directores espirituales. Ella estaba llena de alegría, era abrumadora. Es esa oscuridad la que la ha llevado a buscar a Cristo en los pobres. Después de años de relación mística con Cristo, había en ella una ausencia que no podía encontrar paz. Una nostalgia por la familiaridad que Cristo le había dado y luego le había quitado. Ya no podía vivir sin él. Así buscó otros caminos. De este misterioso diálogo de ausencia y de silencio brotó su inmensa obra.

Le pregunto a la hermana sobre los hábitos de oración de la Madre Teresa. Ella oraba solo el tiempo indicado por la regla. Tenía tantas cosas que hacer. Fue una mística, pero no una contemplativa. El servicio a las personas fue su oración. Escribía cartas hasta altas horas de la noche. Su habitación era extremamente simple: una cama, un escritorio, una mesa para el Capítulo General. Está ubicada encima de la cocina, en un lugar muy caliente, para compartir la vida de los pobres, incluso mientras se encontraba en su habitación.

Sobre todas las paredes están escritos los aforismos de la Madre: sencillos, profundos, poéticos, concretos. En la pobreza tan sobria y luminosa de estas monjas hay un atractivo. Es la pobreza que las hace tan libres y sonrientes, que transforma la miseria que las rodea. En ellas es evidente la diferencia entre la pobreza y la miseria. Sobre todo en la liturgia, donde todo está muy cuidado, limpio, preciso. Está la sensación de la presencia de Cristo.

 

Madres para siempre

Una monja me regala un rosario bendecido sobre la tumba de la Madre: “Si es un sacerdote santo, el espacio y las personas a su alrededor se vuelven santos”. Es una invitación maternal, delicada y decidida para que yo cuide la santidad de mi ministerio.

Un voluntario nos acompaña a una casa para niños abandonados y discapacitados. Nos recibe una hermana explosiva de Madrid. No fuimos anunciados, sin embargo nos sentimos esperados. Todas las obras de la Orden son sostenidas por la providencia. Esta palabra sale de la boca de las monjas como si fuera una persona. La estructura que visitamos nace para lograr que toda mujer pueda llevar a término su embarazo. El corazón de madre Teresa no podía soportar la atrocidad del aborto. Una monja da de comer a un niño discapacitado con una ternura y un amor que la hará su madre para siempre.

Por la tarde visitamos la primera casa donde Madre Teresa comenzó su misión. Todos son hombres enfermos, muchos de ellos con la carne marcada por llagas profundas. Alguien se acerca, nos toca los pies y nos pide una bendición. Don Massimo celebra misa en la pequeña capilla. Una docena de monjas interrumpen sus tareas y vienen a asistir para cantar. Algunas partes fijas están en gregoriano, así que cantamos juntos.

Al lado de esta casa, hay un templo hindú. Una cola interminable de personas espera para entrar y recibir los buenos auspicios para el año que acaba de comenzar. Al lado de ese templo lleno de imágenes extravagantes, coloridas y grotescas, se desvela la realidad que esas deidades introducen y esconden. Una cruz domina el exterior del edificio de la Madre. La quiso ella. Y en todo ese estruendo emerge una palabra: Tengo sed.

Stefano Tenti, sacerdote desde 2016, trabaja con el obispo de Reggio Emilia-Guastalla. En la imagen, un momento del viaje a la India.

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