Proponemos la segunda parte del reportaje sobre nuestra misión en Estados Unidos, a cargo de Mattia Ferraresi, corresponsal de Il Foglio desde EE. UU.: enseñanza y educación son el corazón de la misión en Washington D.C.

El retorno a la vocación

“La misión significa ante todo aceptar volver a nacer en otro lugar”. La síntesis de Antonio López, que guía la misión de la Fraternidad San Carlos en los Estados Unidos y es decano del Pontificio Instituto Juan Pablo II de Washington, deja entrever las razones profundas de la insistencia en el conocimiento del idioma, en la inmersión en el contexto cultural. No es una cuestión de estilo o una estrategia para aumentar las capacidades de penetración, para usar el lenguaje de la televisión. Significa “aceptar vivir la relación con Cristo allá donde estamos con las personas que nos han sido dadas”, dice don Antonio, que, retomando una expresión de Giussani, habla de “epifanía de la identidad”. “Cuando me pregunto qué le podemos aportar a este pueblo la respuesta es una sola: vivir la vocación que se nos ha dado”. El retorno a la vocación es el centro de una experiencia que resuena en todos los ámbitos donde los sacerdotes se mueven, de la investigación teológica, como aquella que acometen López y don Paolo Prosperi, profesor del Instituto, a la enseñanza de los chicos, en el caso de don Michele Benetti y don Roberto, al cuidado de los seminaristas y de los adultos, del que se ocupan don Pietro Rossotti y don Ettore Ferrario. Don José Medina es el responsable del movimiento en los Estados Unidos: “Una persona es criada por uno de nosotros, es educada por otro, formada por un tercero y casada por otro. Esto en cierto sentido da forma a la idea de la formación de adultos en la fe”, dice don Antonio.

Libres porque dependientes

Para tener una visión de lo que el filósofo Herbert Croly llamaba con entusiasmo «la promesa de la vida americana», hay que hablar con don José, que en los años pasados aquí ha absorbido y nos devuelve toda la fascinación de una cultura basada en la idea de la posibilidad, sobre la capacidad de acción y de transformar la realidad, una postura llena de dinamismo que tiene la mirada siempre puesta en el futuro: “Un lugar que te permite realizar todas las ideas que se te ocurren es muy lindo – dice don José – y desde que estoy aquí no he pensado nunca que el origen de la incertidumbre existencial que experimentamos esté en la posibilidad, en el exceso de alternativas. El problema, y esto se aplica para los chicos y para los adultos, es que no se sabe lo que se desea. Yo encuentro a Giussani cada vez más fascinante porque dice que la relación con la realidad te permite entender, en el tiempo, que el disolverse en Cristo es la exaltación del yo. El cristianismo se afirma como una fascinación, y esto es inmediatamente fácil de entender, porque la fascinación se experimenta, pero para durar requiere un juicio: la verdadera libertad se da dentro de una dependencia. Este es el punto que nos cuesta más, pero también el más interesante sobre el que dialogar, ya que contiene toda la radicalidad del encuentro”.

Todos los sacerdotes improvisan creativamente sobre este guión. Para don Pietro, que sigue a los chicos del Clu, significa por ejemplo volver a proponer un trabajo sobre el sentido religioso, porque “es una mentira que a los chicos ya no les interese nada, el problema es que no se les propone nada y faltan los criterios para juzgar”. En un mundo dominado por el instinto, líquido e inestable, el corazón es lo primero que se marchita. “El deseo de encontrar una certeza y la ausencia de un punto firme es la gran tensión que viven los chicos” explica don Pietro. Don Michele, al contrario, desafía a los alumnos de la clase de física a entender el porqué de aquellas leyes que los otros profesores presentarían de manera bidimensional y funcionalista, simples fórmulas para memorizar. Algunos estudiantes con buen humor se burlan del profesor obsesionado con el “por qué”, pero en el tiempo algunos han quedado cautivados y ha empezado una escuela de comunidad. El reto, dice don Michele, es “devolver la vida a un centro donde todo converge” y esto en las horas de religión puede significar también crear un improbable puente de diálogo con personajes bíblicos y los raperos que los chicos tienen constantemente en los auriculares del iphone. No se trata de aguar algo para hacer más accesible su contenido, sino de hallar en cada esquina de la realidad un punto que reenvía a algo diferente.

En la foto, Roberto Amoruso con los chicos del grupo «Knights of St. Clement» en Washington D.C. 

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