Boston, Denver y Washington son los puntos de presencia de la Fraternidad San Carlos en los Estados Unidos: realidades diferentes, atravesadas por la misma necesidad de conversión, hacía la verdadera libertad. Aquí está la primera parte de un reportaje.

La señora que corre al borde de la carretera tiene un abrigo demasiado pesado para un entreno matutino. Don Michael Carvill frena, las ruedas resbalan ligeramente sobre la nieve, baja la ventanilla: “¡Buenos días! ¿Quiere que le acompañe?”. “Gracias, padre” dice ella sonriendo, recuperando el aliento. Faltan pocos minutos para las siete y media, la carreteras de Broomfield están emblanquecidas por un estrato sutil de nieve que ha caído en la noche, pero en pocas horas todo se disolverá en la luz dorada de una gloriosa tarde otoñal.

¡América! ¡América!
La presencia de la Fraternidad San Carlo toma también la forma de un conductor que ve un amigo por la calle y le dice: “sube”. En la primera misa hay centenares de personas y muchas camisetas naranja de los Broncos, el equipo de football local.
El suburbio de Denver donde se encuentra la parroquia de la Nativity of Our Lady, una de las más grandes de la diócesis, es bajo y ancho, deja generosamente espacio al horizonte que aparece dividido en dos por la silueta dentada de las Montañas Rocosas. No es difícil entender porque la poetisa Katharine Lee Bates eligió la majestad de estas cumbres blancas que se tiñen de carmesí a la puesta de sol como una de las imágenes de America is beautiful, un himno patriótico muy popular. « ¡América! ¡América! / Dios ha desplegado su gracia sobre ti»: generaciones de americanos han cantado, alrededor de una hoguera, en el sofá delante de la Super Bowl, en el gimnasio del colegio o frente a un altar estos versos que muestran el intimo carácter mesiánico del proyecto americano, un puente lanzado hacia un destino sobrehumano pero construido enteramente por manos de hombres. Don Michael dice que América es “una propuesta casi religiosa”, es una actitud, una orientación implícita que viene antes de una pertenencia confesional. Recuerda que una vez vio en la academia de West Point una placa con la lista de los deberes de un buen cadete. El último rezaba más o menos así: «Servir la religión que cada uno ha elegido». Qué signifique ser misioneros aquí, en la autoproclamada “nación indispensable” donde una religiosidad de tipo civil es un dato natural, y cualquier otra pertenencia tiene valor en la medida en que es expresión de una opción subjetiva, es una pregunta recurrente desde que los primeros sacerdotes llegaron a los Estados Unidos, en 1994. En la periferia de Washington hay una casa de sacerdotes en la que todos se dedican a la enseñanza. En Boston la parroquia de St. Clement es la ocupación de don Stefano Colombo y don Paolo Cumin. Con ellos vive también Luca Brancolini, que trabaja principalmente en la escuela.

Extremo occidente
Denver es la avanzadilla de la Fraternidad en el extremo occidental. En el mapamundi de la San Carlo, procediendo hacia occidente, la primera casa que se encuentra es la de Taipéi. La periferia de Broomfield se ajusta al imaginario de la América suburbana bien estante e inquieta representada en ciertas películas de Terrence Malick, con su sentido de la saciedad y los cul-de-sac que son el símbolo del aislamiento y la autosuficiencia, trasposiciones urbanas de la soberanía absoluta del yo. La metrópolis alrededor, ubicada al pié de las montañas, es un hervidero de vida. Ninguna de las grandes ciudades americanas crece como Denver, una imán para los millennials atraídos por una economía explosiva, por la belleza de las montañas, de las start up, de las drogas ligeras que han sido legalizadas en el estado de Colorado en 2014.
Cuando don Michael dice que respecto a la primera parroquia confiada a la Fraternidad, en Fall River en Massachusetts, esto parece El Show de Truman, bromea solo en parte. La parroquia está perfectamente insertada en el contexto social. “Cuando llegamos aquí hace siete años no hacía falta hacer nada. Las actividades seguían adelante gracias a empleados muy competentes, las cuentas estaban en regla, los curas se encargaban de los sacramentos y nada más. Hubiéramos podido tranquilamente continuar gestionando lo que ya existía, no había una situación que necesitara salvación”, dice don Michael, explicando que en un ambiente así es fácil hacer sermones. “Lo que es difícil es generar una vida que nazca del carisma de Giussani. Muchos feligreses nos estiman y nos siguen, pero en el fondo lo que decimos sigue siendo una opinión entre muchas, a lo mejor más autorizada, pero a menudo les cuesta introducir un cambio radical en la forma de concebirse a sí mismos y al mundo”. Define la actitud extendida, especialmente en el ámbito de la educación de los jóvenes, con la fórmula “entusiasmo voluntarista”, un enfoque que tiende a crear ambientes confortables y situaciones sonrientes, no hombres convertidos. Ha habido un momento en el cual, para proponerse, los sacerdotes han tenido que oponerse a una mentalidad autorreferencial y eficientista difundida también en los ambientes católicos. Con el tiempo, varios empleados de la parroquia se han ido, asustados por la entrada de los sacerdotes en una comfort zone inviolable. La suya era una propuesta intrusiva, incómoda, en conflicto con el culto americano de lo privado. Con los que se quedaron, sin embargo, ha empezado una vida nueva que se respira en cada ámbito y evento, desde la aridez de los encuentros administrativos de la parroquia hasta los chicos de las escuelas secundarias que van por las casas del barrio a cantar las canciones de Navidad para dar el anuncio del nacimiento de Jesús, angelitos postmodernos con zapatillas deportivas. “Comenzamos también los momentos operativos con una reflexión y un juicio, una especie de diaconía, y es revolucionaria la idea que no existe una separación entre la comunión cristiana y el negocio”, dice don Michael.

La comunión y la espada
Son variaciones de la relación dramática entre la comunión y la espada. Lo describe así don Gabriele Azzalin, sentado en una mesa repleta de tareas de clase de religión para corregir. “La primera propuesta que hacemos es la comunión, aquella que Giussani llamaba ‘unidad sensible’, pero después está la aparente contradicción de Cristo que dice haber venido a traer la espada. Se trata de vivir y comunicar un desafío que en este contexto está particularmente alejado de la sensibilidad dominante: si no me amáis, dice Jesús, no podéis tampoco amar a los hermanos y las hermanas, a los compañeros de clase o al equipo de football”.
Don Accursio Ciaccio, que incluso en el boletín de la parroquia se presenta como Fray Accu, ve este desafío a través de los ojos de los chicos de las escuelas secundarias y superiores que está acompañando en el camino de la fe. En el mismo trabajo educativo está comprometido desde hace varios años también don Roberto Amoruso, de la casa de Washington.
Cuando habla a los jóvenes “caballeros”, los Venturers of the Star, a don Accu se le enciende en los ojos un no sé qué. “Algunos chicos empiezan a darse cuenta de que la amistad que viven aquí es distinta de la que tienen fuera” dice. El año pasado hicieron la “Promesa”, el primer paso hacía una adhesión más profunda a la amistad encontrada aquí, y don Accursio ha quedado “conmovido por la seriedad con la que han hecho este gesto”. Hay quien ha adherido porque ha experimentado de manera potente Su presencia en una velada de cantos alrededor del fuego, un gesto sencillísimo. Pero incluso quienes no se han sentido preparados para hacer la Promesa han querido poner por escrito las razones: “Son cartas bellísimas que hablan de la frescura, de la viveza del deseo que estos chicos tienen de vivir por un ideal grande”. La vida de los sacerdotes se mezcla con la de los feligreses, sin ahorrar ni censurar siquiera los momentos más dramáticos.
Don Accu había llegado hace poco a Denver cuando lo llamaron para ir a una casa donde un chico de 20 años acababa de morir por una meningitis fulminante. Había llegado en bicicleta, porque aún no disponía de un coche. Acogiéndole en la puerta de la casa estaba el grito negro de la madre: “Ha sido tu Dios que lo ha matado”. Don Accursio se limitó a permanecer, y viene a la mente justamente este verbo, “permanecer”, repetido con fuerza en el capítulo quince de Evangelio de Juan. De aquel grito misteriosamente nació un abrazo y hoy aquella madre, Mari Welch, llora de gratitud mientras relata la historia de su amistad con los curas: “Estoy profundamente agradecida a Dios porque ha puesto en nuestro camino personas que nos dicen: no estáis solos”.

Foto de Sheila Sund

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