La compañía es el lugar del encuentro con Dios. Testimonio desde San Bernardo, Chile.

Llegué a diciembre del año pasado con un malestar en el corazón por el «éxito» que había tenido la catequesis que habíamos empezado en Santiago con los chicos que iban a hacer la confirmación. Al principio, empezaron muchos, pero al final, a pesar de las energías empleadas por mí y por otros catequistas, todos lo habían dejado. No entendía por qué: el esfuerzo empleado y el resultado negativo me habían dejado interiormente abatido. Pero al empezar el año, algunos de ellos volvieron y se retomó un camino juntos. Hace un mes, en la parroquia, me acerqué a uno de ellos para darle un aviso: «Diego, hemos puesto fecha para la confirmación, será el próximo 30 de noviembre». En ese momento, cambió de expresión, inclinó la cabeza y, triste, de un modo espontáneo, me respondió: «¡Pero yo no quiero irme de aquí! No vengo tanto por la confirmación, sino porque estoy bien, aquí soy feliz».
Diego ha sido la respuesta gratuita de Dios al deseo que desde hace tiempo llevaba en el corazón; el deseo de que en estos chicos se encendiese una chispa, que viesen algo, que se despertase en ellos el deseo de pertenecer a este lugar, la gracia de encontrar una casa y no querer dejarla nunca más.
Diego, junto con su hermana, vino a las vacaciones de invierno. Después, ambos se involucraron en la caritativa con los niños, un momento durante los domingos que está despertando la fe de muchos. Desde hace dos días, van a escuela de comunidad. Diego intervino diciendo que para él nuestra compañía es el «gran signo», porque aquí se ha encontrado a sí mismo y se siente feliz.
Solo Dios sabe lo que será de ellos y del camino que seguirán, pero puedo decir que, dentro de la sencillez de lo que ha pasado, he vuelto a experimentar de nuevo, en la carne, una verdad que ya me ha tocado otras veces en momentos cruciales de mi vida. Es una verdad que antes no conseguía llegar a identificar. Después, vi que se expresaba de un modo genial en un libro, Lo que infierno no es, donde Alessandro D’Avenia, hablando de Pino Puglisi, escribe: «Dios solo desvela su identidad al hombre desnudo y huérfano de ternura, reducido al soplo de su propia existencia temblorosa».

 

(Alessio Cottafava, 38 años, está de misión en San Bernardo, Chile. En la foto, después de su toma de posesión como párroco del Divino Maestro, en noviembre de 2019).

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