En la experiencia de la enseñanza emergen las huellas que han dejado las ideologías del siglo pasado en las relaciones humanas y en la libertad de las personas. Un testimonio desde Praga.

Doy clase de matemáticas desde hace algunos años en un colegio de Praga. Para trabajar como profesor, realicé un curso de acceso a la enseñanza en el que tuve la suerte de conocer al profesor Hejný. Este hombre de más de ochenta años, pero con alma de niño, introdujo en los colegios checos un método para enseñar matemáticas conocido como «método Hejný», que busca hacer más activo el rol del alumno. Profesor de primaria hasta el 1989, fue nombrado profesor en la facultad de pedagogía de Praga tras la caída del comunismo.
En clase nos decía que bajo el régimen comunista la finalidad de las clases era inculcar en los alumnos la idea de que no se podía conocer si no se seguían las instrucciones del profesor, así como en la vida no se podía trabajar sin seguir las instrucciones del Estado. Aún hoy las consecuencias de este sistema se tocan con la mano: los jóvenes esperan pasivamente las indicaciones del profesor, sin esforzarse por entender el por qué, interesándose solo por el qué hacer.
Creo que es una suerte haber podido conocer a este hombre con pasión por la enseñanza, amante de la libertad humana y del uso de la razón, capaz de entusiasmarse por cualquier pregunta, objeción o sugerencia que tuviéramos. Empezó dando clase simplemente al ver cómo estudiaban sus hijos, sin la pretensión de cambiar el sistema escolar: a día de hoy, en buena parte de la escuela primaria usan sus libros.
Percibo que su ejemplo es cercano a nuestro planteamiento de la misión. El régimen comunista, de hecho, influyó tanto en la libertad de las personas como en las relaciones humanas, las cuales se volvieron frágiles debido a la sospecha y al individualismo: una persona aislada era más fácilmente manipulable. Como sucede en cualquier ideología, la caída del régimen dejó un ambiente de escepticismo y cinismo. No se nos pide borrar esta pesada herencia, sino comenzar algo nuevo y bello allí donde estemos; se nos pide llevar un método, el de Cristo: ven y verás.
Nuestra misión está hecha de cosas sencillas: el entusiasmo por entrar en clase y volver a ver a los alumnos, la conveniencia y la fascinación de una vida en la que se comparte todo, la razonabilidad de lo que decimos y hacemos, la seriedad con la que vivimos la amistad, el deseo de que otros puedan conocer lo que hace que nuestra vida sea grande e interesante. A nosotros se nos pide sembrar generosamente, conscientes de que quizás no veamos los frutos de nuestro trabajo, porque nuestra recompensa ya está en el hecho mismo de sembrar.
A partir de la fidelidad sencilla a nuestra vocación, nacen después muchos pequeños hechos: un chico descubre en el enamoramiento no correspondido la ocasión de un camino bueno; un alumno encuentra en nuestra casa una acogida que no recibe ni en su propia familia; una joven pareja descubre a través de nuestra amistad la posibilidad de perdonarse, de no pararse en aquello que no le gusta del otro; un amigo vive la muerte de su padre sin desesperación, con la certeza de un bien presente también en el dolor.
Vemos así realizarse, también entre nosotros, las palabras pronunciadas por Julián Carrón en los últimos ejercicios de CL: «No estoy definido por mi esfuerzo para cambiar sino por la conciencia de lo que ha sucedido en mi vida».Verdaderamente, el encuentro con Cristo permite descubrir el bien en cada circunstancia.

 

(Marco Basile, sacerdote desde el 2010, es rector de la iglesia de la Dolorosa en Praga, República Checa. En la foto, un momento de juegos durante las vacaciones de verano de la comunidad checa de CL).

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