La Pascua es el momento de la historia en el que el miedo a la muerte es vencido. La luz de la resurrección de Cristo abraza para siempre nuestra vida.

Principios de los años 60: en el aula de una universidad milanesa, un estudiante de medicina, que culmina con éxito y con la mejor nota el examen de anatomía, pregunta a su examinador: «Profesor, ¿puedo hacerle una pregunta? ¿para qué sirve la medicina?». Este, a su vez, le mira estupefacto y un poco incómodo, responde: «Para intentar vencer a la muerte, supongo…». «Entonces –replica el estudiante– ya hemos perdido…Yo pensaba que la medicina servía para acompañar al hombre en el dolor y en la enfermedad. Si no es así, todos somos unos fracasados y la medicina no sirve para nada, porque nosotros nunca podremos vencer a la muerte».
Vencer a la muerte, el miedo más grande que determina la existencia, es la obsesión que el hombre ha buscado, desde siempre, en la medicina, en la ciencia, e, incluso, en la magia. Quizá esta es una de las razones del éxito de Yuval Harari, el nuevo gurú del pensamiento postmoderno, profeta del postliberalismo, el cual, en los primeros capítulos de su best-seller Homo Deus, prevé que la humanidad, en un futuro no muy lejano y gracias al progreso de la biotecnología, llegará al estadio tan deseado de la inmortalidad.
Pero no hace falta ser un visionario utópico para preguntarse sobre la necesidad del hombre, el cual ha decidido que Dios no era necesario al buscar un camino laico que ayudase a vencer el terror de quien se siente irremediablemente arrojado hacia un final cierto e ineludible. Basta con ser honesto con uno mismo, como el periodista Antonio Polito, para reconocer que también un no creyente, en el fondo de su alma, «no está dispuesto a aceptar, sin luchar, la idea de que todo termine en polvo, de que la existencia especial, única y excepcional que ha traído consigo todos los sentimientos, las emociones que uno ha vivido, se disuelvan en la nada, sin que quede de ellos ni una huella en el universo». También él, en su último libro, se encuentra con el deber de «creer en la posibilidad de un hecho salvífico que sea equiparable a un segundo nacimiento, a un nuevo inicio».
El problema del hombre es, entonces, el que se plantea con obsesión Raskolnikov, en Crimen y castigo, cuando pregunta insistentemente a Sonia: «¿crees en la resurrección? Por ejemplo, en la resurrección de Lázaro, ¿crees en ella? ». Esta es, en el fondo, la pregunta de cualquier hombre: ¿Es posible la resurrección? ¿Existe algo o alguien más grande que la muerte?
Hace un par de años, un niño entraba en una habitación de hospital donde se estaba recuperando su joven padre, gravemente enfermo. Observando el crucifijo que había en la pared, el niño se volvía a su madre diciéndole: «Mamá, ¡ aquí también está Jesús! Entonces, ¿de qué tenemos miedo?». El hombre nuevo nació el día en que los discípulos se encontraban encerrados en una casa, petrificados por el terror, porque parecía que la muerte había vencido de nuevo. Cuando, de repente, las mujeres que habían ido al sepulcro les llevaron el anuncio: la tumba está vacía. Pedro y Juan no esperaron un instante e inmediatamente corrieron, abandonando todo temor, recorriendo el camino, iniciando una carrera para ver quien llegaba el primero a ver lo signos de la resurrección, para poder creer que la muerte había sido vencida.
Aquella carrera también es la descripción de nuestra vida, de aquellos que hemos recibido el anuncio de la resurrección: únicamente la certeza de que Cristo ha resucitado nos permite abrazar la muerte como parte de la vida. Solo el corazón lleno de deseo de ver cada día los signos de aquella resurrección permite al hombre ser capaz de ofrecer con alegría los sacrificios más dolorosos. Y solo si reconocemos en aquel hombre crucificado a aquel que ha resucitado, podemos decir junto con ese niño: «Mamá, ¿de qué tenemos miedo?».
El nacimiento del hombre nuevo tiene su origen aquí, como se recita también en Crimen y castigo: «Aquí arranca otra historia, la historia de la gradual renovación del hombre, la historia de su regeneración gradual, de su gradual transición de un mundo a otro, de su iniciación en una realidad totalmente desconocida hasta entonces». Mientras el miedo inmoviliza, la esperanza nos mueve, nos vuelve creativos, capaces de construir. ¿Qué distingue al cristiano, a esta criatura nueva? La energía, llena de esperanza que tiene el hombre conquistado por la noticia de la resurrección de Jesús, invade toda la realidad de esta certeza, la única que hace posible una creatividad y un afecto hacia el otro sin reservas. Como decía don Giussani: «La gloria de Cristo resucitado es la luz, el colorido, la energía, la forma de nuestra existencia». Es en este punto donde empieza la Iglesia, donde empieza la misión.

 

En la foto, una excursión a la montaña durante las vacaciones de verano de la Fraternidad San Carlos (Corvara, 2015).

 

lele emmanuele silanos

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