Don Davide Tonini, en misión en Ciudad de México, nos cuenta la historia de su vocación, predicha tantos años antes por el sueño de su abuela.

La abuela Nora lo había dicho, y estaba convencida. En un sueño, en los inicios de los años 80, el papa Pablo VI le reveló que tendría una nieta monja y un nieto sacerdote. Para ella que había sido amiga del papa Montini cuando era aún arzobispo de Milán, fue una auténtica profecía. Algunos años después, en 1985, mi prima Paola entró en el noviciado de las hermanas franciscanas de Egipto. Mi hermano Marco nueve años mayor que yo, era el único que recordaba el sueño de mi abuela: ¡Temía que le tocase a él terminar de sacerdote! Así, cuando en el 2009 les dije que iba a entrar en el seminario, me contó esa pequeña historia. ¡La “profecía” de Pablo VI parecía que iba a cumplirse!

En realidad no había pensado nunca en ser sacerdote y mi abuela no tuvo tiempo para meter esa idea en mi cabeza. Fui educado en la fe de mi familia, de la comunidad de mi parroquia, por el ejemplo de mis tíos y primos. Desde pequeño me gustaba rezar, sabía que Jesús y María me escuchaban y, por lo tanto, me dirigía a menudo a ellos. Los años de la adolescencia fueron los más turbulentos. Por las nuevas dificultades que encontré, mi fe se enfrió. En la escuela andaba bastante mal. En aquellos años, no obstante, la cercanía de mi hermana Laura y de algunos amigos verdaderos me ayudaron mantener vivo el deseo de una vida plena. Así, cuando inicié Ingeniería, el encuentro con un compañero de curso que pertenecía a Comunión y Liberación, fue la chispa que reavivó el fuego.

Con los nuevos amigos “chelinos” mi vida cambió profundamente. El estudio juntos, la escuela de comunidad, los cantos, las vacaciones, la caritativa y la implicación en el ambiente universitario proporcionaron muchos caminos que llevaban a un único centro: Jesucristo. Rápidamente, a la diplomatura, siguió la licenciatura. Con Marco, Simone y dos Juanes habíamos decidido ir a hacer un año de Erasmus. Soñábamos con Barcelona pero las circunstancias nos llevaron a Viena. Allí conocí la Fraternidad de san Carlos. Don Pepe Clavería, que entonces acompañaba a los universitarios del Movimiento, nos puso manos a la obra para que nuestra amistad estuviese al servicio de quien buscaba a Cristo. Fue un año de misión, además de ser de estudio. En Pepe encontré un amigo y un padre: de él me llamó la atención la certeza de la vocación, entregada a Dios y a la Iglesia sin compromiso.

Volviendo a Italia, con 22 años, tenía pocas ideas pero claras: quería ser misionero, vivir con mis amigos y para mis amigos, casarme. Al mismo tiempo, había aprendido una nueva disponibilidad con la vida. Preguntaba: ¿qué quieres de mí Señor? Él quiso darme rápidamente una nueva idea, aquel mismo verano en el Meeting de Rímini. Una tarde fuimos a visitar la exposición dedicada a la vida de Rolando Rivi, seminarista reggiano, mártir a manos de los partisanos comunistas. «Soy de Jesús»: esta frase de Rolando era la síntesis de su vida de muchacho simple y enamorado, que soñaba con llegar a ser sacerdote misionero. En aquel momento, por primera vez y con una cierta conmoción, entendí qué quería Dios de mí. Al año siguiente, en la peregrinación a Czestochowa, pedí a la Virgen Negra que me enseñara a decir “si”. En esta ocasión, conocí a don Matteo Invernizzi, que me acompañó con su amistad por el camino de la verificación de la vocación y en todos los años de la formación.

En el seminario conocí verdaderamente la Fraternidad de san Carlos, y he comprendido que he encontrado la perla preciosa que está enterrada en el campo. Pero, sobre todo, he comprendido que he sido salvado, buscado y convertido por Aquel que me ha creado. En la amistad con los nuevos hermanos y gracias a la paternidad de don Massimo, toda mi existencia ha retomado unidad, de modo que ahora puedo verdaderamente entregarla a Dios. La abuela Nora, que está en el cielo, estará verdaderamente feliz.

 

En la foto, Davide Tonini durante un encuentro con chicos de escuela primaria, en Ciudad de México, donde ha desarrollado un año de diaconado y donde continuará su misión.

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