La misericordia de Dios es su reclamo, a través de la gratuidad de su acción salvífica, de la conversión de nuestro juicio, hacia la unidad con Él

La misericordia de Dios es un viaje hacia zonas lejanas, hacia las zonas oscuras del mal y del sufrimiento que de él deriva. Es un viaje que se muestra inmotivado, porque quien cumple el mal por su elección no merecería de ser socorrido, sino de ser castigado. Viene por tanto abordado yendo más allá de la justicia: es un gesto absolutamente gratuito y totalmente encaminado a un encuentro. Hemos sido reconciliados con Dios, es la reflexión de San Pablo, cuando éramos enemigos, cuando éramos aún pecadores. Reconciliación. He aquí el deseo profundo que guía la salida de Dios hacia el hombre que comete el mal. Dios quiere reencontrarse con el hombre, desea que se restablezca una relación de amistad donde reinan oposición e enemistad.
¿Cómo acontece esta reconciliación? Dios desea ante todo que el hombre renuncie a justificar el propio mal. El encuentro deseado comienza de hecho con una recuperada unidad de juicio. Acoger a Aquel que lo alcanza significa, para el hombre, mirar a sí mismo del mismo modo en que lo mira Dios. La conversión de juicio sobre sí mismo es el primer gran paso que contiene a todos los demás.
Quizás el ejemplo más bello de la profundidad con la que Dios desea encontrar a hombre es el caso de Zaqueo, narrada en el evangelio de Lucas. Zaqueo sabía que aquello que hacía no era según Dios. Pero sólo el estupor de encontrar en su casa al Maestro, venido de muy lejos a buscarle propiamente a él, le da la libertad de reconocerlo y de declararlo públicamente: Devolveré todo aquello que haya robado, por el cuádruplo. Y Jesús lo anima a tener fe en sus nuevas decisiones, diciendo: Hoy ha entrado la salvación en esta casa. La salvación es este mismo encuentro. Una comunión hallada que se documenta por sí misma en el cambio de la vida.
La Iglesia cree con tal fuerza en este cambio del corazón, que promete el recate de toda la existencia hasta a quien lo experimenta en el momento de la muerte. Pero ¿cómo es posible que una vida dominada por el egoísmo, la violencia o el engaño pueda ser perdonada por la simple admisión de todo aquello que está mal? ¿Basta realmente con decir: “He pecado, perdóname” para que todo sea cancelado? Algo se rebela en nosotros, no parece justo.
Se trata de una objeción profunda, que proyecta una sombra sobre el comportamiento de Dios y deja en nosotros una sospecha de que aquello que hacemos sea en el fondo indiferente. La misericordia aparece entonces como un hecho arbitrario: tal es el escándalo que experimentamos por la gratuidad de Dios.
Una magnífica página del profeta Ezequiel contiene la respuesta que hace suya la Iglesia. “reflexionad bien, vosotros que me acusáis” dice Yavhé en aquel texto. ¿Es acaso injusto mi proceder o no es más bien injusto el vuestro? ¿Por qué quien se aleja del mal obtiene perdón y vida? Porque ha reflexionado, es decir ha cambiado su modo de pensar y se ha alejado de todas las culpas cometidas, es decir, ha elegido conformar sus acciones al juicio nuevo. Éste ciertamente vivirá y no morirá. Aunque fuese junto a su último respiro, si tiene un deseo sincero de vivir según aquello que ha reconocido como verdadero, esto basta. La verdadera reconciliación ha sobrevenido.
La fiesta del banquete en casa de Zaqueo, el publicano de Jericó, se convierte así para Jesús en símbolo del cielo, donde la mayor alegría es la acogida de un pecador convertido.

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