Enseñar significa ser instrumento de una presencia que ama: un testimonio desde Carpi (Módena)

“Cura”, “Don”, “prof”, “Nic”: así me llaman mis estudiantes. Cada uno me ha bautizado con el nombre que le resulta más familiar, no importa cuál sea. Yo no me formalizo, porque lo que me interesa es la relación con ellos. Alguien siente una cercanía que lo lleva hasta a abrazarme, otros se acercan a mí tímidamente, buscando una señal, una palabra. En clase, en el pasillo, en el comedor o en la sala multiusos donde jugamos al futbolín, yo intento estar presente. Un momento estoy sentado en la mesa, compartiendo la comida, el siguiente imparto clase y me paro con ellos en el laboratorio didáctico. Jugamos juntos, hablamos de actualidad, escuchamos música y discutimos de este o aquel rapero, de esta o de aquella canción.

El otro día entro a una clase. Un chico está abrazado al radiador. Le invito a volver a su sitio, después intento intimidarle con la amenaza de ponerle un parte. Pero él no se mueve. Al contrario, me invita a continuar: Dice: “Puede escribirlo, total ya me llevo tres partes al día”. Yo estallo en carcajadas: “¿¡Pero cómo!?”. Empiezo a mirar el registro y descubro que es verdad. Hasta que leo: «El alumno se levanta, abre la ventana y blasfemia hacia la calle». Me acerco y le doy una palmadita en la cara. Él me la devuelve. Vuelvo a la cátedra y continúo la clase. Al sonido de la campana que marca el intervalo, aquel chico empieza a discutir con un compañero mientras, del otro lado de la clase, oigo que lo hace de nuevo. Él se gira, busca mi mirada y, levantando los brazos, dice; “Don, perdón, ¡se me escapó! ¡De verdad!”. Le sonrío y pienso: ¡ha sido suficiente mi presencia para que se diera cuenta sólo de lo que había dicho! El parte en el registro en cambio – no porque fuese equivocado hacerlo – no había movido nada dentro de él. Lo que mueve el hombre a un cambio es justamente una presencia que te ama, uno que te mira y sonríe, uno que sabes que has herido; no una disposición, por justa que sea.

Esta semana hemos tratado el tema de la guerra. Nos hemos preparado para ir a visitar la exposición Huida de Siria, propuesta por la Caritas diocesana. Es una exposición interactiva: debes ponerte en la piel de un sirio que intenta refugiarse en campos de prófugos o alcanzar a otros familiares dispersos por el mundo. Recibes un pasaporte, un dinero y empiezas un viaje de un panel a otro, donde te debes enfrentar a decisiones vitales. Los estudiantes la han vivido como un juego de rol. Reían, bromeaban, se tomaban selfies.

Luego llegó el momento de emitir un juicio y empezó una discusión inesperada. Un joven comenzó a insultar a sus compañeros que se habían reído de la muerte de tanta gente. Una chica se puso a defenderlos diciendo: “Si no hubiésemos reído, no lo hubiera aguantado. ¡Me daban siempre ganas de llorar!”. El clima se volvió serio. Allí comprendí cuantos dolores llevan dentro, cuantas heridas intentan mantener comprimidas para que no vuelvan a sangrar. Allí he entendido que no es suficiente enseñarles matemáticas, italiano, historia y tantas otras cosas, aunque sean importantes. He entendido la necesidad que tienen de un rostro que, en la vida, los mire con una sonrisa, de una mano tendido, dispuesta a agarrar la suya.

La aventura de la escuela continúa.

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