Un episodio en el aula se convierte en una oportunidad para llegar a cosas “imposibles”: es la novedad del perdón, un resultado inesperado de una propuesta cristiana hecha a los estudiantes.

“¿Perdonar a un compañero de clase que me hizo mal? No, no quiero. Y no, ni siquiera quisiera ser capaz de hacerlo”. Muchas veces, en los tres años que he enseñado en las escuelas de Turín, me he encontrado frente a reacciones como esta, mientras les contaba las historias del pecado del rey David, de la traición de Pedro, del Hijo pródigo… Para muchos estudiantes que he encontrado en la ESO y en el bachillerato, el cristianismo es un anuncio totalmente nuevo; también por esto es una gran oportunidad. Me he dado cuenta, por ejemplo, cuando una disputa banal entre chicos que se había trasformado en un caso que ha implicado a padres y profesores. “Los profesores me han dicho tan solo que estas cosas no deben afectar el clima de la clase”, me dice una de las chiquillas protagonistas de la disputa, acercándose durante el recreo. “En casa me dicen que es justo que yo decida excluir a aquellos que me han tratado mal. No sé qué hacer. En clase usted nos habló de otra cosa, que pero parece imposible. Habló de perdón…”.

Le contesto invitándola a hacer caso de la intuición que había percibido escuchando aquellas que llamaba historias. “Después hazme saber cómo va”, concluí. En clase había nacido en ella un deseo imposible: me puse a su disposición para acompañarla a intentar vivirlo. En los meses sucesivos he podido comprobar cuánto este episodio terminó determinando positivamente a toda la clase. El solo hecho de poder perdonar a los compañeros, no obstante fuese una necesidad que todos percibían, era algo que a nadie se le había ocurrido. Reaccionando al anuncio cristiano, un asunto ordinario como este se ha convertido en algo extraordinario.

Es lo bello de educar: proponer una perspectiva que pueda introducir a los chicos en una forma nueva de considerar todos los aspectos relacionados con su identidad y la realidad. ¡Es realmente gustoso estar en la escuela así! Y entonces, entre las excursiones del año, he pensado proponer un retiro de dos días para las tres clases donde enseñaba, simplemente con la forma que he aprendido en el movimiento. Rezar, jugar juntos, hacer encuentros sobre un tema, caminar, lavar, cocinar, tener un horario: cosas definidas “imposibles” por muchos profesores y padres que luego estaban entusiastas. Incluso en esta ocasión, he sido testigo de la fuerza que tiene una propuesta cristiana simple y clara. “Nunca había trabajado con los demás”, me dice el chico más rebelde del colegio. “La cosa más bella estos días ha sido poner y quitar las mesa con los demás. Al final te sientes contento”, comenta otro. “Sería bonito vivir así también en clase. Don, aquí ha sido suficiente seguir su propuesta”.

 

Foto Italo Greco – flickr.com

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