Sor Patrizia de las Misioneras de San Carlos pronuncia los votos definitivos el 4 de Abril. He aquí la historia de su vocación.

Pronunciar los votos definitivos en el año de la Misericordia es para mí un gran don, porque la mía es una historia de misericordia. A los 22 años encontré el movimiento de Comunión y Liberación que me ha salvado literalmente la vida. Desde siempre he tenido muchas preguntas: sobre todo después de la separación de mis padres, me preguntaba muchísimo sobre la felicidad. Estas preguntas eran tan fuertes que me movían a buscar respuestas igualmente fuertes y radicales. He tenido muchas experiencias bonitas, yendo a fondo con todas mis pasiones: he trabajado de camarera, en un piano-bar, he trabajado en una empresa, he viajado por Italia y Europa, pero no conseguía ser feliz. Por lo encarnizadamente utilitarista que era, me decía que si Dios no servía para mi vida, podía pasar sin él. Por esto, después de la Confirmación no volví a frecuentar la Iglesia.

Recuerdo como si fuese ahora el día 14 de Septiembre de 2004: visto que me gustaba mucho viajar, le pedí a un sacerdote irme con él a Brasil. Don Luigi Valentini me miró y me dijo: “Patrizia, Dios te ha elegido para cosas grandes”. Fue el día más bonito de toda mi vida. Hablamos cerca de una hora, me confesé y por primera vez en mi vida entendí que había encontrado la felicidad que buscaba y que reconocí sólo cuando la encontré. Comencé a frecuentar el CLU: los estudios juntos, las excursiones por la montaña, los cantos… No podía creer que existiese una amistad así. Después (el) Brasil. Fui durante tres meses y me quedé fulgurada de cómo don Luigi trataba a la gente. Al mismo tiempo, estaba asustada de la idea de dar toda la vida a Dios. Mientras tanto, había iniciado un doctorado de investigación en Economía Empresarial, pasando un periodo de tiempo en los Estados Unidos. Es entonces cuando en mi camino se produjo un encuentro aún más fascinante, que desbarató todos mis planes: es el que tuve con Rachele, en el Meeting de Rímini del 2007. Ella logró desvelarme los deseos más profundos de mi corazón. Por esto decidí seguirla.

Entré en las Misioneras hace siete años, con gran entusiasmo. En los primeros dos años, la vida en el convento me resultó muy fatigosa por el cambio que requería: quería escapar. Un día, un amigo me dijo: “¿por qué quieres escapar del lugar en el que Dios quiere salvarte?” Tenía razón, en este lugar había encontrado finalmente a alguien que me decía la verdad sobre mí y por esto estoy agradecida a mis hermanas y a mis superioras. En el 2013 pronuncié mis votos temporales: al vestir el hábito he descubierto mi verdadero rostro. Temía el hábito pero cuando me lo puse me convertí más en mi misma, mi rostro ha recuperado finalmente su belleza, que es la de pertenecer a Alguien. Finalmente puedo decir al mundo: “¡Yo soy de Jesús!”.

En los años, “estando a remojo” en esta casa, rezando los salmos, a través de los sacramentos, los juicios comunes con las hermanas, encuentro en mí misma otro corazón, otra forma mentis. Cada día, cuando tomo el autobús para ir a hacer el apoyo al estudio en la Magliana y cruzo alguna mirada, intercambio alguna palabra, lo desconocido que encuentro se vuelve mío para siempre. Una mirada así es un don del esposo que quiere compartir siempre más su misión con la esposa. Mi corazón no desea otra cosa que esto

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