Las apariciones de Fátima, de las que este año se cumple el centenario, son una poderosa llamada a la conversión que la Virgen dirige al hombre de hoy. Una meditación de don Paolo Sottopietra.

He ido como peregrino a Fátima varias veces y esos lugares me despiertan siempre dos reflexiones.

Por un lado, un sentido de belleza y de inocencia, evocados por muchos factores: el silencio de la capelinha, construida en 1917 en el lugar de la primera aparición, el candor de la piedra que ahora recubre la cova de Iria, la gran cuenca donde María apareció a los tres pastorcillos, la generosidad con la que aquellos niños respondieron a su llamada y se sacrificaron para los pecadores.

Al mismo tiempo, la sensación clara de la gravedad del combate que tiene lugar entre Dios y las fuerzas del mal. Lo evidencian no sólo las visiones concedidas a los tres niños, sino la violencia material y moral con la que las apariciones fueron en seguida contrastadas por las autoridades civiles de entonces.

Fátima es quizás el ejemplo más poderoso de la llamada a la conversión que la Virgen, a través de sus apariciones, dirige al hombre en el drama de nuestro tiempo.

Sumergido en un mundo marcado por el mal, el hombre de hoy tiene la tentación de ensuciar todo, hasta llenar de barro las cosas más sagradas. Es como la ilusión de un atajo: “Si todo está sucio – puede decirse a sí mismo – puedo estar sucio yo también, y seguir siendo como soy”. Pero no puede borrar del todo la nostalgia de un lugar luminoso y limpio. Secretamente desea que exista, y que demuestre de estar más allá del alcance del mal. De lo contrario, no quedaría más que desesperación.

La Virgen es ese punto de luz. Quien la encuentra, lo reconoce. El asombro por el esplendor de su figura es un sentimiento que acompaña los relatos de todos los que la han visto, pero incluso la experiencia de las personas que, detrás de estos testigos, aceptan su llamada a caminar hacia Cristo.

A los hombres que sufren por la lejanía de Dios, María les recuerda su necesidad de salvación. Interviene en su vida y los llama a realizar un acto de humildad que puede volver a llenar sus corazones de dulzura. Su pureza actúa en sus ánimos cansados y los convence para tomar el camino de regreso. Por esto millones de personas continúan yendo a los lugares donde se apareció, para saborear la dulzura de su abrazo maternal y exigente.

Mirar a la Virgen suscita el deseo de una renovada inocencia y de la paz que da. El deseo se convierte a su vez en disposición a vivir el sacrificio requerido y súplica por su ayuda. Su belleza no desalienta, no indica una meta inalcanzable, sino que da la energía necesaria para retomar cada vez el camino, atravesando incluso nuevas caídas y momentos de debilidad. María es madre de misericordia, porque de la misericordia es el fruto más hermoso.

 

En la imagen, la procesión de las velas en Fátima, frente a la capilla de las apariciones.

paolo sottopietra

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