Proponemos algunos extractos de la entrevista realizada por Marina Corradi, periodista de «Avvenire», a Mons. Massimo Camisasca el 10 de septiembre de 2016 en Milán, cerrando el trigésimo aniversario de la fundación de la Fraternidad San Carlos.

Una época brillante para el papado

No es fácil valorar el momento presente de la vida de la Iglesia. Algunos son entusiastas, otros experimentan cierta desorientación y les cuesta encontrar el hilo que une las palabras de los últimos Papas. ¿Cuál es tu lectura de este momento de la historia del cristianismo?

Es una pregunta comprometida. En lugar de arriesgarme a dar una respuesta completa, intentaré trazar algunas líneas de reflexión.

En primer lugar quiero destacar que los últimos siglos son probablemente el periodo más glorioso de la historia del papado. Ninguna época cristiana fue tan brillante como lo ha sido el ’900 y como continua siendo el 2000: Pio XII, Juan XXIII, Pablo VI, después la luz de Juan Pablo I, el larguísimo pontificado de Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Papa Francisco, sobre el que se centra la atención de todo el mundo. Cada Papa ha tenido su lugar y su papel.

Cierta desorientación puede surgir porque es difícil ver el movimiento de la Iglesia injertado en el movimiento del mundo. Esto es debido al hecho de que el movimiento del mundo es demasiado rápido. Venimos de una época de cambios que nos parecían rapidísimos, pero los de hoy en día son incluso vertiginosos. Además nuestro mundo está profundamente unificado bajo un prisma económico, pero profundamente dividido desde el punto de vista de las dinámicas políticas y culturales.

El miedo al presente puede nacer por la percepción de no saber hacia dónde estamos yendo. Hay momentos, de hecho, en los que todo aquello que nos sostenía parece quemado, mientras lo que nos debe sostener en el camino hacia adelante parece que aún no aparece – por esto es importante la vida de las comunidades, que pueden ser incluso pequeñas, como por ejemplo la Fraternidad San Carlos, pero en las que las personas tienen relaciones primarias y se sostienen mutuamente –.

Si es difícil leer los trastornos que acontecen en la historia del mundo, es más fácil orientarse en la historia de la Iglesia. La lectura de un pontificado, sin embargo, necesita tiempo. Delante de una figura como la del Papa Francisco, por ejemplo, todavía debemos esperar algunos años. Nos encontramos por primera vez frente a un Papa que no viene de Europa, y necesitamos mucho tiempo para entender su lenguaje, su personalidad y su sensibilidad.

Hemos tenido un Papa como Pablo VI, que ha sabido dirigir la Iglesia dentro de la tempestad del post-Concilio; hemos tenido un Papa como Juan Pablo II, que heredó una Iglesia dividida y supo devolver a la gente la alegría y el orgullo de ser cristianos: hemos tenido un Papa como Benedicto XVI, que ha dado a la Iglesia la conciencia de su misión humanista en la que fe y razón, fe y ciencia, fe y modernidad no se excluyen y no se combaten, si no que se pueden ayudar mutuamente. Ahora ha llegado Francisco, que nos indica un punto de trabajo muy importante. Él nos dice que nuestra fe, en Europa, necesita abrirse, porque se está replegando sobre sí misma. Necesita abrirse y plegarse sobre las heridas del hombre.

El proyecto de Papa Francisco es un proyecto de gran renovación, que podrá implementarse ante todo por medio del encuentro de la comunidad eclesial con los hombres heridos, abandonados y cansados, para llevarles la fuerza de la fe y la luz de la caridad.

En el siglo V, cuando los vándalos llegaron a Africa, la humanidad parecía derrumbarse. Todos tenían la percepción que el mundo estuviese acabando sin remedio sin que se vislumbrara el surgimiento de algo nuevo. Se intentaba entender de quien fuese la responsabilidad de la tragedia que se estaba consumando, y muchos acabaron por dar la culpa a los cristianos. En realidad el mundo no se estaba despeñando hacia su fin. Simplemente se estaba realizando una profunda renovación de la sociedad humana, y esta acontecía justamente gracias a la presencia nueva de la Iglesia y de los cristianos.

Pienso por tanto que el momento actual de la historia de la Iglesia debe mirarse con los ojos que tenía San Agustín cuando escribió el De Civitate Dei – La ciudad de Dios, o sea con la conciencia que las épocas en las que parece que algo se acaba son también las épocas en las que empieza algo nuevo.

 

Inclinarse sobre la humanidad herida

En las homilías del Papa Francisco aparecen a menudo las palabras misericordia y caridad. ¿Cómo es vivida, en la Fraternidad San Carlos, la exhortación del papa a inclinarse sobre la humanidad herida?

Cuando me interrogo sobre el significado de la Fraternidad San Carlos, me respondo siempre que ésta es la caridad de Dios que se dobla sobre mi humanidad enferma para traerme el beneficio de su curación. Pienso que esto es verdad no sólo para mí, sino para todos mis hermanos. En cierto sentido debería ser verdad para cualquier cristiano, porque la Iglesia es la humanidad de Jesús que se dobla sobre la enfermedad del hombre. Lo dijo Él mismo: No necesitan el médico los que están fuertes, sino los que están mal (cf. Mt 9,12).

Un aspecto de la figura de Jesús en el que quizás en estos últimos siglos no nos hemos fijado suficientemente es justamente su deseo de curar las personas. En la humanidad de Jesús, que se nos manifiesta a través de la presencia de los hermanos, Dios revela su deseo de curar no sólo nuestras enfermedades físicas, sino sobre todo nuestros corazones.

Si nos damos cuenta del hecho de que Él constantemente toma cuidado de nosotros, si crece en nosotros el conocimiento de su amor paterno, entonces surge en nosotros el deseo de doblarnos sobre los demás, de encontrarlos, de descubrirlos, de irlos a buscar. Es un deseo instintivo, que con el tiempo se vuelve consciente. Quizás sea esta la “Iglesia en salida” de la que habla Papa Francisco: para comprendernos a nosotros mismos necesitamos ir a buscar a los demás; para entender nuestra persona debemos doblarnos sobre los demás, sobre sus preguntas, sus expectativas, su necesidad de Dios. Creo que la invitación del Papa a la salida y a la misericordia recoge el corazón de nuestra experiencia.

Me parece importante insistir en que no podemos abrirnos a ninguna experiencia de misericordia hacia los demás si no vivimos nosotros en primera persona la experiencia de una misericordia recibida: en la alianza de Dios con el hombre no es posible escindir la fe de la caridad, su venir hacia nosotros y su interpelar nuestra libertad para que nosotros mismos vayamos hacia los demás, cuidando sus heridas.

Otra observación: el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, que tropieza con los bandidos y le dejan moribundo al borde del camino es todo hombre de la historia, pero, al mismo tiempo, es también Jesús (cf. Lc 10, 25-37). El buen samaritano socorre la persona de Jesús. Hace pocos días fue canonizada Madre Teresa de Calcuta. De ella aprendemos que toda acción verdadera de caridad nace en el momento en el que el otro es mirado no sólo como un icono de Jesús, sino como la realidad misma de Cristo para nosotros. No debemos simplemente ver a Jesús en los pobres, sino considerar que los pobres son la humanidad de Jesús que nos alcanza.

 

El todo donado por Dios

Entrevistando a algunos sacerdotes de la Fraternidad San Carlos para el libro Ante todo hombres, me llamó la atención el hecho de que en varios de ellos exista la pretensión, a veces expresada explícitamente, de querer todo. Dicen no conformarse con una carrera, con afectos o con perspectivas de ganancia, sino querer todo. ¿Ud. piensa que es un deseo realista o sólo un sueño adolescente?

Ambas cosas. A mis setenta años, puedo decir que se trata de un deseo realista, porque la vida que he vivido ha sido realmente un todo. Ha sido el todo del encuentro con Cristo, que me ha alcanzado a través de la inmensa abertura en mi vida provocada por el encuentro con don Giussani. Este todo pero puede convertirse en un sueño si no aceptamos que este se realiza en formas diferentes a las establecidas por nosotros. La totalidad de la toma de Cristo sobre nuestra vida ocurre a través de etapas sucesivas, que nosotros no podemos imaginar ni presuponer.

Yo, por ejemplo, estaba seguro de que hubiera acabado mi vida en Roma, como superior de la Fraternidad San Carlos o en cualquier caso en la Fraternidad. A la edad de sesenta y seis años he tenido que cambiar casa y ciudad para ir a Reggio Emilia, una de las pocas ciudades de Italia donde no había estado nunca. He tenido que cambiar de vida, porque ejercitar el ministerio episcopal es muy distinto que hacer el superior de una fraternidad sacerdotal.

He aprendido que el todo que Jesús pide y que Jesús da necesita del todo de nuestra disponibilidad. Sin una disponibilidad siempre renovada, nuestro corazón se encoge e inevitablemente termina pensando que Dios pide demasiado.

No podemos dudar nunca de la imprevisibilidad de Dios. Lo que Él nos pide hoy es diferente de lo que nos pedirá mañana. La imprevisibilidad es el rostro del todo. El Misterios pide siempre nuevos caminos y por tanto, inevitablemente, nueva sangre y nuevos sacrificios.

En más de treinta años de vida, la totalidad con la que he visto vivir a los seminaristas y luego a los curas de la Fraternidad San Carlos es algo que corresponde profundamente al deseo de vida que está en el hombre. Todos los hombres y las mujeres desean algo total, pero muchos se encuentran desilusionados, desengañados y desanimados porque identifican la totalidad con una respuesta parcial. La posibilidad de una respuesta total existe, pero esta reside sólo y únicamente en Dios. No existe otro “tu” que pueda satisfacer el deseo del hombre, sólo Dios está a la altura de nuestros mejores deseos. Él, por su bondad, se nos manifiesta por medio de “tus” humanos e incluso por medio de los arboles, las piedras, los cuadros, las sinfonías musicales… pero los “tus” individuales, por sí mismos, no llenan plenamente nuestra necesidad. Ellos más bien remiten a otra Presencia, a la realidad que está en ellos y más allá de ellos, al Misterio que solo puede realizar nuestra humanidad necesitada. Cada presencia que encontramos remite a un cumplimiento, que debe siempre renovarse.

 

Las Misioneras, un don inesperado

Se habla a menudo de los misioneros de la San Carlos, pero menos de las Misioneras…

Las Misioneras de San Carlos son un bello regalo que Dios nos ha hecho, inesperado, como siempre son los dones de Dios. Personalmente nunca pensé que pudiera nacer una realidad de monjas junto a nuestros sacerdotes. Ciertamente, no ha nacido gracias a mí. Ni siquiera nació a través de mí, más bien a través de Don Paolo Sottopietra y la hermana Rachele Paiusco.

La comunidad de las Misioneras está jugando un papel cada vez más importante, también porque son muchas – ya han llegado a treinta – las personas que han pedido de entrar y que están madurando en este camino. Algunas ya han hecho la profesión simple, otras ya se han convertido en profesas.

El crecimiento numérico de las Misioneras es también el índice de una espera que existía en el Movimiento, en Italia y en otras partes del mundo – muchas monjas son de América Latina o de los Estados Unidos -, es decir la espera de una comunidad religiosa dedicada a la educación de las personas y al servicio de la Iglesia.

Creo que Dios, a través del nacimiento de esta nueva comunidad, quiere educar a los curas de la Fraternidad a la belleza de la vida femenina, a la belleza y al don que es la mujer para la vida del mundo, en particular para la vida de la Iglesia.

En seguida, desde el mismo momento en que nacieron, les dije a las hermanas: “Vosotras aportáis dentro de nuestra historia algo que nos constituye como cristianos, pero que vosotras mujeres podéis traer dentro de nosotros como sensibilidad nueva”. Me refería en particular a la sensibilidad para la adoración y para la acogida que es típica del genio femenino.

En estos años la presencia de las Misioneras me ha hecho reflexionar mucho sobre la figura de María en la vida de la Iglesia y sobre el significado de la línea femenina. Es importante reconocer que en la cumbre de la Iglesia está el “sí” de María, sin el cual ni siquiera se puede entender la llamada de los apóstoles.

 

El miedo y la verdadera acogida

Hoy en Occidente está muy difundido un sentimiento de miedo, porque estamos asustados por el peligro de los atentados y tenemos miedo de ser invadidos. Como cristianos, ¿Cómo podemos afrontar este miedo?

En mi opinión el creciente temor en nuestros países europeos se debe principalmente a la debilidad de la propuesta política. Por miedo a perder votos, no hay ningún político que tenga el coraje de hablar de derechos y de deberes de aquellos que acogemos. Pero si queremos ser realmente honestos frente a los que vienen a buscar en nuestra tierra aquello que lamentablemente ya no encuentran en su patria, debemos tener el coraje de abrirles las puertas y también el coraje de decirles con claridad cuáles son, en nuestros países, sus derechos y sus deberes. De otra forma no es una verdadera acogida.

Los que llegan del extranjero deben aceptar la fatiga de entrar en nuestro idioma y deben conocer las raíces fundamentales de nuestra cultura y de nuestra experiencia, de otro modo la convivencia será dificilísima, quizás imposible; por nuestra parte, al mismo tiempo, existe la obligación de no ceder a una lógica de explotación – pienso por ejemplo al caso de muchas cuidadoras –. Por desgracia, hoy en día nadie habla de derechos y de deberes y se tiene la sensación de una invasión sin reglas.

En segundo lugar, el miedo se ve aumentado por los egoísmos. Como a menudo repite el Cardenal Scola, no podemos rechazar lo que ya está aconteciendo, debemos más bien intervenir para regularlo. Estamos frente a una mutación que afectará muchas décadas por venir.

Los procesos migratorios actuales son determinados también por la sed de poder y de dinero de nosotros occidentales. Pensemos por ejemplo al comercio de armas: la falta de voluntad de acabar con tantos conflictos en Africa y Oriente Medio se debe precisamente al hecho que las guerras alimentan el comercio de armas. Sin embargo, aún sin disminuir nuestras responsabilidades, no debemos perder la conciencia de la grandeza de nuestra historia.

En este momento del camino de la humanidad debemos tener unidas las razones de la acogida y los deberes de los que acogemos, la necesidad de abrir nuestras puertas y también las características de nuestra identidad y de nuestra historia. No es fácil, sobre todo por la ausencia, o la debilidad, de una guía política en Europa, pero este es la tarea que tenemos por delante.

 

Lo precioso de lo que hemos recibido

¿Cómo has reaccionado frente a la muerte de padre Jacques, el sacerdote asesinado en Rouen mientras celebraba la Santa Misa?

Aquel día estaba en Cracovia para la Jornada Mundial de la Juventud y la noticia me llegó con cierta dificultad. He quedado impresionado, pero no sorprendido. El martirio, de hecho, es una realidad siempre presente en la Iglesia. No debemos desearlo a nadie, en ninguna época de la historia, pero es una realidad que acompaña constantemente la vida de la Iglesia.

Don Giussani hacía referencia a menudo a un famoso dialogo entre San Pedro y Jesús. El apóstol pregunta: Maestro, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. ¿Qué recibiremos? Y Jesús responde: Recibiréis cien veces más (cf. Mt 19, 27-30). Cuando citaba esta frase, Giussani olvidaba siempre el final y no decía que Jesús añadía también: Junto a persecuciones. Giussani omitía deliberadamente estas palabras, porque había entendido que la segunda parte de la frase nos hubiera hecho evacuar o anular la primera. Él, justamente, prefería fijar nuestra atención sobre la promesa, que para un joven es fundamental. Jesús, sin embargo, nunca escondió que toda la historia de la Iglesia hubiera sido marcada por persecuciones.

Tal vez, a través de la dureza de los tiempos que estamos viviendo, podemos redescubrir la preciosidad de lo que hemos recibido. Hemos sido comprados a caro precio, al precio de la sangre de Jesús (cf. 1Cor 6, 20). El redescubrimiento de esta verdad hace que nuestra vida no esté dominada por el miedo, sino por la certeza de una Presencia que nos acompaña.

A través de la tribulación de un parto, el Señor está haciendo nacer un momento nuevo para su pueblo y para todos los pueblos del mundo.

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