En el sacerdocio, la posibilidad de vivir la caridad de Jesús: un testimonio desde Asunción.

“Casa Giussani” es una de las cuatro casas para ancianos abandonados de la Fundación San Rafael de padre Aldo en Asunción. Yo celebro la misa aquí todos los domingos para un grupo de veinte ancianos. Hay de todos los colores: un ciego de nacimiento que toca la guitarra y canta en guaraní, y los otros que siguen los cantos entre sillas de ruedas, muletas y Parkinson; uno que grita de dolor desde su habitación y otro que me insulta porque no le dejo dormir (pero es el único que me besa la mano después de haber recibido la comunión).

Hace unos domingos, durante la misa, leía el Evangelio un poco distraído. Aquel día la liturgia proponía este trozo de Mateo: Porque yo tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me hospedasteis, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme (Mt 25, 35-36). Mientras leía, he levantado la mirada y he visto que un anciano me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Acabado el Evangelio, justo antes de empezar la homilía, aquel anciano me interrumpió y ha dicho tembloroso: “Pa’ (que significa “padre” en guaraní), significa que todos los que vienen aquí a verme y que me traen para vestirme y de comer, ¿lo hacen porque Jesús está dentro de mí?”.

Entre la fatiga y el calor de aquel día – que se sumaban a mi distracción – la pregunta de aquel anciano ha sido para mí un reclamo increíble. No he querido reducir la pregunta a pensamientos sobre el porqué las personas hacen caritativa. Más bien, he entendido que mi vida y el sacerdocio que me ha sido dado, en sí mismos son caridad. Lo que acontece, en efecto, a través del límite mío y del otro, es la ocasión para que se manifieste la Caridad en persona, aquí y ahora: es la experiencia del Evangelio encarnado. No me acuerdo qué le respondí a aquel anciano, pero desde aquel día ya no celebro la vida de la misma manera. Que yo esté con diez enfermos, ancianos, jóvenes o en la parroquia con doscientas personas, lo que importa es que se fije en mi memoria la conmoción siempre nueva por Su Presencia.

Hace poco he tenido ocasión de leer los apuntes de un diálogo del 1992 de don Giussani con los miembros de la Fraternidad San Carlo. «Vivir la caridad como “ser con el otro”, sólo porque el otro existe. La caridad como modalidad distinta de la mirada y del corazón. Una mirada que (educada por la caridad) nos ensimisma con el Evangelio». Es impresionante el tesoro que hemos recibido de la educación de don Giussani. La caritativa es la invención más preciosa y la heredad más importante que he recibido de él porque toca el punto más difícil a descubrir en la vida, o sea el revelarse de una Presencia capaz de transfigurar el rostro de un anciano y tocar así mi vida y mi vocación.

lea también

Todos los artículos