¡Cuánto dolor me arde dentro por todo lo que queda sin terminar, no dicho (o dicho mal), no abrazado, no animado, no perdonado!  Y ¿qué pasa al final con quien se aleja, de las muchas, de las demasiadas relaciones que a lo largo del camino de la vida, por las razones más diversas, se desvanecen o se pierden? Basta tan sólo un encuentro fortuito en un tren para dejarme dentro una amargura pensando que aquel rostro ya no lo veré más, que no descubriré nunca la profundidad de su corazón…. No, ¡no puede terminar así!

En realidad, es suficiente esperar. Una espera trepidante y comprometida, que desea moldear su propia carnalidad para exponerla desde ahora al Juicio final de Dios, cierta que el Señor de la historia no dejará caer nada en la nada. ¡Y así florece la esperanza en el cumplimiento! Florecerá por gracia la amistad definitiva, la palabra verdadera será dicha y será comprendida, la acción buena podrá realizarse agradecida y sin artificios, las heridas sanarán – serán hermosas incluso las marcas que dejarán – y la confianza iluminará incluso las fibras de vida más escondidas ¡porqué serán alcanzadas por el abrazo de Cristo! El amén definitivo es del Paraíso.

Descubro sorprendido que la amargura por todo lo que aquí y ahora queda inconcluso es cada vez más transformada en alegría paciente y cierta; mientras la tentación terca de ser posesivo en todo se convierte en virginidad llena de paz.

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