El dolor es inexplicable, sobre todo el de los niños inocentes. Sin embargo, nuestra certeza es que no es querido por Dios, sino más bien a través de Cristo recibe su sentido misterioso y fundamenta nuestra esperanza.

Cuántas veces he escuchado frases del tipo: “Aquella es una familia probada por Dios”, o bien “El Señor me ha dado esta cruz que soportar”… y siempre siento un cierto malestar ante la idea de que Dios pueda poner a prueba el hombre o se pueda complacer de cargarlo con pesos que le hacen sufrir. Y siempre me pregunto: “¿Puede Dios, que es bueno, ser la causa de nuestro mal?” Yo estoy convencido que no: el mal, la muerte, entran en el mundo a causa del pecado y no por voluntad de Dios. De otro modo, deberíamos aceptar la idea de un Dios caprichoso, envidioso del hombre y de su felicidad.

He aquí porqué la famosa pregunta retorica de Job, después de todo, conlleva un terrible malentendido: “Si aceptamos de Dios el bien, ¿por qué no deberíamos aceptar el mal?”. Es una pregunta a la que se debería responder: no aceptamos el mal de Dios, porque el origen del mal no está en Él. Y la historia de Job está justamente allí para mostrárnoslo: todo, en efecto, nace de la envidia de Satanás que es quien quiere el mal del hombre y lo provoca hasta hacerle dudar del amor del Creador por él. Pero Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes (Sb 1, 13), y se lo repite Él mismo a Job cuando, desafiado por este, se muestra por lo que es, el creador de todo lo bello y grande que existe en el mundo.

Pero entonces, ¿qué sentido tienen mi dolor y el de las personas que amo? Y sobre todo, ¿qué sentido tiene el dolor del inocente, de aquel que no tiene culpas que expiar, el dolor de los niños de los que se hace paladín Iván, el mayor de los hermanos Karamazov?

Estuve hace algunos días visitando al padre Aldo Trento en su clínica en Asunción, en Paraguay. Aldo nos llevó a conocer Luz, María, Miriam; jóvenes chicas obligadas a guardar cama por enfermedades congénitas o improvisas, niñas que el mundo considera condenadas a vivir una existencia inútil, que a duras penas se podría llamar vida. Aldo nos dijo de mirar la hoja que colgaba de su cama: “María ofrece su enfermedad por la casa de la fraternidad de Moscú”, “Luz ofrece su enfermedad por la casa de Fuenlabrada”… Lo mismo se puede leer sobre la cama de todos los 48 enfermos de la clínica: cada uno de ellos ofrece su vida para una de nuestras casas.

Mirándoles a ellos, se me ha hecho más claro no solo el sentido de la vida de estos pequeños, sino también el sentido de la mía. Aceptar que la existencia de un hombre o de una mujer pueda ser vivida por años en el dolor, o abrazar la idea que la vida de un niño pueda durar sólo algunos días, o incluso sólo pocas horas, me invita a mirar cada instante de mi vida con la perspectiva de lo eterno. Me enseña a ofrecer incluso el instante más insignificante, incluso la acción más banal, o el sacrificio más pequeño, como parte del único ofrecimiento de sí mismo que Cristo realiza todos los días a través de nuestra humanidad, empezando justamente por la de estos pequeños sufrientes.

No es Dios la causa de nuestro dolor, sino es Cristo que le da un sentido: el de participar, de forma misteriosa, en nuestra propia salvación, el de dar razón de nuestra esperanza.

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