Testimonio de D. Paolo Sottopietra con ocasión del XXX° aniversario de la Fraternidad San Carlos. Fuenlabrada, 7 de noviembre de 2015.

¿Qué aporta la amistad a mi experiencia como hombre y como sacerdote? Me gustaría responder a esta pregunta planteando dos preguntas más: ¿Qué es lo que busco yo en un amigo? ¿Qué es lo que recibo de un amigo, de una amistad, que sea apreciable?
Para darles respuesta, subrayaré ante todo dos experiencias extraídas de mi vivencia personal. La primera experiencia gira en torno al impulso que, gracias a la amistad, recibo para ser la persona que debo ser, hasta alcanzar el esplendor de mi triunfo, de mi gloria ante Dios. Cuando fui ordenado sacerdote, mi amiga Carmen Giussani me escribió una carta con una cita de Ireneo de Lyon: «El vínculo de esta unidad es una auténtica Gloria». En esta carta, anotaba ella: « La posesión que Cristo hará de ti con el sacramento será la roca de tu vida. No habrá error que pueda moverla. Será tu Casa y tu perdón siempre. Quien habite esta casa será familiar tuyo». Por eso mismo os voy a contar en primer lugar mi experiencia de estos años que han pasado desde el momento de la ordenación.
La segunda experiencia que quiero ofreceros es la ayuda que recibo del testimonio de fidelidad a la propia vocación y a la propia dignidad que encuentro en los amigos.
Se trata de dos experiencias que están unidas: tienen que ver la una con la otra, una es condición de la otra. Terminaré con una consideración general de la que estoy plenamente convencido que podríamos formular – ya lo anticipo – del siguiente modo: a la amistad verdadera, Dios le une una fuerza santificadora en beneficio de quien la vive.

  1. El amigo es aquel que desea mi gloria ante Dios.

Quiero contar la experiencia que he tenido con mis amigos, sobre todo con los amigos que se han convertido para mí en padres y madres de mi vocación. Hablaré mucho de mi relación con don Massimo Camisasca, el fundador de la Fraternidad, que se inició con mi ingreso en el Seminario. Don Massimo me ofreció una amistad muy sencilla. Casi de inmediato me abrió su mundo, un mundo que por entonces giraba en torno a los primeros curas de la Fraternidad, a las situaciones que encontraba, a los problemas y cuestiones que aquellos le planteaban. En aquel tiempo, don Massimo comenzó a compartir conmigo, así como con otros seminaristas, todas sus preocupaciones. Lo hizo de una manera que podría parecer desproporcionada, porque yo era un chaval de veintitrés o veinticuatro años y él era la persona llamada a encabezar desde su fundación esa gran aventura que representa la Fraternidad.
Un poco más tarde, cuando yo regresé a Roma desde Alemania, donde había pasado los primeros dos años como misionero, don Massimo me puso al cargo de la casa de Fall River, nuestra primera casa en los Estados Unidos. En esta casa vivían dos personas muy importantes para mí.
La primera persona era un sacerdote que se llamaba Michael Carvill: era el primer misionero de la Fraternidad que yo había conocido, cuya influencia sobre mi vida resultaría decisiva. En su día, él me había ayudado a verificar mi vocación. Él tenía por aquel entonces unos cuarenta años y aquella misión entrañaba una gran responsabilidad.
La otra persona que vivía en aquel lugar era Vincent Nagle. Lo había conocido durante mi primer año de universidad en Milán y nos volvimos a encontrar en mi primer año de seminario poco antes de que él partiera hacia Nairobi. Coincidimos, por tanto, en la misma casa de Roma por espacio de un mes. Allí nació una amistad muy profunda.
En suma, se me encomendó una casa habitada por personas mas grandes que yo y muy importantes para mí. Yo iba allí como su superior y no tenía ni treinta años. Es un ejemplo más de la confianza de don Massimo hacia mí: una confianza que, ciertamente, podría parecer desproporcionada.
Don Massimo me introdujo en el trabajo que hacía, enseñándome muchísimas cosas a través de las responsabilidades que me fue dando desde muy temprana edad. Desde mi punto de vista, está claro que no se trataba solo de una cuestión de capacidad, de competencia; era cuestión también de aquello que define mi ser profundamente, de aquello que ha acontecido como consecuencia de esta amistad y que a través de ella ha crecido.
Don Massimo me corregía, a veces de manera muy severa, cuando veía que algo no marchaba bien en mi vida o por el modo en que me relacionaba con ciertas personas. Por esa vía, don Massimo entró en mi vida con mucha fuerza.
Por ejemplo, cuando yo empecé a trabajar con grupos de jóvenes, me decía: a pesar de ser amigos, ellos no deben olvidar que tú eres cura, que tú eres padre. También me alababa cuando en mi vida pasaba algo grande, como cuando en Milán surgió un grupito de músicos de los que me hice muy amigo. Don Massimo quiso involucrarse en esta amistad, la apreciaba mucho, invitaba a estos chicos a Roma, participaba en nuestros encuentros. Quería estar conmigo.
El amigo es, ante todo, el que desea de una manera gratuita, por puro amor, mi gloria ante Dios. Esta gloria coincide con la verdad de mi vida.
Todos necesitamos vernos a través de los ojos de un amigo. Un amigo ve en nosotros un potencial que ni siquiera vislumbramos desde nuestra perspectiva. De este modo, su mirada impide que quede escondido. Lo dicho no es válido únicamente en el terreno de nuestras capacidades y competencias sino que puede aplicarse también a un ámbito más profundo, más verdadero. Solo si somos amados, solo en la experiencia de una amistad, nos atrevemos a ser lo que somos, lo que nunca habríamos considerado posible.
Yo nací en un pueblecito de doscientos habitantes: nunca me habría podido imaginar vivir lo que estoy viviendo, conocer el mundo como lo estoy conociendo, sin haber encontrado personas como don Massimo, don Giussani y tantos amigos más que fueron padres, que me amaron de esta manera gratuita, que vieron en mí algo que yo no podía ver solo.
La amistad es una mirada que te aprecia, que te revaloriza, que te saca de dentro lo mejor que tienes, que te permite expresar aquello que tú mismo no conoces. La amistad se convierte entonces en un imperativo, en una exigencia: tenemos que llegar a ser lo que somos, en plenitud. Un imperativo siempre exigente, a veces dulce y otras veces duro, porque quien te ama entra de lleno en tu vida. La amistad exalta cada uno de los aspectos del drama de la vida y así te conduce hacia la gloria, hacia tu plenitud ante Dios.
En el afecto que el amigo tiene hacia nosotros y en su deseo de bien vemos realmente lo que podemos ser, se nos indica la dirección del camino, recibimos el valor necesario para emprenderlo, la fuerza para recorrerlo.
El amigo es alguien que piensa en mí de una manera más grande que yo mismo y su mirada me pone en marcha hacia mi cumplimiento.

A los misioneros y a los seminaristas les hablo mucho del cuidado recíproco entre hermanos en las casas de la Fraternidad. Cuidar a otro en la amistad significa desear su cumplimiento. Este deseo se convierte a veces en dolor por su pecado, pero también en la aceptación del límite del otro, de lo que le sobrepasa, de lo que va más allá de sus fuerzas y su voluntad de cambio. Tenemos que aprender esto en nuestras casas, en los matrimonios, entre amigos, para que las relaciones puedan continuar, puedan durar en el tiempo.
Cuidar a un amigo consiste, a veces, solo en escuchar – escuchar es algo difícil, no podemos darlo por descontado, también entre marido y mujer –; otras veces significa animarle, ayudarle para que aclare el juicio sobre sí mismo. Favorecer un juicio justo, adecuado, sobre uno mismo es una obra de misericordia. El amigo desea que puedas gustar a Dios en todo y ahí es donde se encuentra la verdadera alegría. El amigo disfruta y goza de tu belleza, de tu madurez, de tu grandeza, si te quiere de verdad.
Pienso en mi casa, en los compañeros con los que vivo en Roma, en las correcciones que recibo, en la ayuda que me ofrecen a la hora de enfrentarme con los problemas o resolver cuestiones diversas. Ellos me corroboran cuando tengo razón y me ayudan a afrontarlo sin arrogancia. Se ríen también de mí cuando no tengo razón y me ayudan a tener un juicio más claro sobre mi persona. No podría renunciar en la vida a un grupo de amigos que me acompañe de esta forma.
Los acontecimientos más profundos y las dinámicas más verdaderas generadas por una amistad encuentran su origen en la altura de los deseos que compartimos; ahí se mide la calidad de una amistad. De este deseo de cumplimiento del otro, cuando es recíproco y cuando las dos partes lo cultivan, brota en el tiempo una profunda comunión de sentimientos –esto es un milagro – y la unidad de afectos que vincula a los amigos que tienen la gracia de vivir esta experiencia.
La indiferencia, la separación, la soledad – causa de los mayores sufrimientos en las relaciones más importantes – se vencen y se arrancan, únicamente, si se vive con esta profundidad: la profundidad del deseo más profundo, del anhelo más verdadero de nuestro corazón; el deseo de que el otro alcance su plenitud ante a Dios.

  1. «Amaos cordialmente, con amor fraterno, estimando a los demás más que a uno mismo» (Rm 12,10).

El segundo don que recibo constantemente de la amistad es la ayuda que se me da através del testimonio de la fidelidad a las exigencias de la vocación. Me quedo sorprendido, sobre todo, con el testimonio de seriedad en la relación con Dios y en la dedicación a la tarea encomendada que me ofrecen los amigos que tengo.
En el libro Vida de Don Giussani de Alberto Savorana se describe muy bien la relación que unió al seminarista Giussani con otros dos chicos: Manfredini y De Ponti. El primero sería más tarde nombrado obispo y el segundo murió antes de llegar a la ordenación sacerdotal. Eran muy amigos, estaban muy unidos. Dice don Giussani: «éramos más amigos entre nosotros que con los demás porque teníamos un interés más profundo que el que tenían ellos, todos los demás».
Esta palabra, interés, es una palabra importante en la amistad. Los intereses más profundos, más nobles que vive el otro y que mueven sus actos cada día me atraen hacia él.
Yo tengo esta experiencia: si el otro desea algo alto, algo noble, su desear me atrae, me atrae hacia él y me empuja a ganarme su confianza porque coincide con lo que yo también deseo.

Mi primer día de Seminario conocí a otra persona que hoy es uno de mis mejores amigos: Antonio López. Lo que nos unió, lo que lo hizo cercano y me indujo a buscar su confianza fue el testimonio que daba de su pasión por el Movimiento, por la Fraternidad, por lo que estudiaba, el deseo de ir hasta el fondo en comprender lo que don Massimo nos enseñaba por aquel entonces. Los deseos del otro me atraen hacia él. La amistad nace a menudo de esta valoración de los deseos del otro, de la gratitud por la presencia del otro; porque si hay alguien que alberga grandes deseos, ya no soy el único que desea de esta forma. Si no estoy solo entre personas que se conforman, si hay alguien que no vive así, esto me ayuda a no conformarme. No puedo dejar de sentir gratitud hacia el amigo que me anima a vivir a la altura de lo que yo mismo deseo.
En la Universidad Católica de Milán conocí a otro amigo, Gianluca Attanasio, actual sacerdote de la Fraternidad, quien empezó la carrera un año después que yo. Participábamos a unos encuentros en los que don Giussani nos ayudaba a clarificar nuestra vocación. En esos encuentros nos proponían, entre otras cosas, rezar los Laudes todas las mañanas y hacer una media hora de silencio. No es algo fácil para un chico de veinte años: sin embargo, la amistad con Gianluca creció a partir del compromiso que adquirimos entre nosotros de encontrarnos cada día en la capilla, antes de entrar en la Universidad, para rezar los Laudes, concediéndonos un poco de tiempo para hacer silencio. La fidelidad a este sencillo gesto, día tras día, nos hizo amigos. El testimonio de su seriedad y el deseo de compartir un compromiso firme con las cosas que nos eran propuestas fue, por tanto, para nosotros el origen de nuestra amistad. Hoy en día esto se vuelve a dar en mi casa incluso con los más jóvenes, por el entusiasmo con el que viven su sacerdocio, su vocación. Son personas que recibieron la ordenación sacerdotal hace poco. Su seriedad y entusiasmo me ayudan mucho, me recuerdan el gozo que constituye mi sacerdocio; y a menudo me hacen redescubrir algo que, quizás, había empezado a olvidar.
Hablando de las casas de la Fraternidad, puedo decir que no es una gracia cualquiera el hecho de haber recibido compañeros con los que poder hablar libremente de lo elevado y de lo sagrado sin miedo a ser marginados o incomprendidos. No es una gracia cualquiera el hecho de que exista un lugar, una casa, donde sea posible y hasta sencillo superar esa falsa vergüenza de compartir los anhelos más hondos de nuestro corazón y de nuestra vida. Algo parecido pasa dentro de una familia, en la relación con una mujer o con un hombre. Estamos juntos por eso.
A la casa central de la Fraternidad en Roma llegan noticias de todas partes, de todas las casas. Es un lugar privilegiado desde muchos puntos de vista. Un superior, por la posición que ocupa, conoce los milagros que ocurren en las distintas casas, al calor de la relación con el pueblo que Dios nos confía, como las conversiones que en su entorno acontecen. También conoce el mal que a veces germina en las parroquias y en las mismas casas. Conoce también algunos de los pecados de sus hermanos, porque tiene que ayudarles e implorarle a Dios la gracia de que se vuelva a dar el milagro de la conversión.
Cuando pienso en la Fraternidad y la miro desde arriba – la casa en la que vive el Superior es como una montaña, te permite ver la Fraternidad en su conjunto – la imagen que se configura es la de una hermosa constelación, compuesta por estrellas que palpitan; estrellas que son las casas, las misiones que tenemos. Es verdaderamente una bella constelación, que uno puede contemplar. ¿Cuáles son los puntos, las estrellas que más brillan? No las casas donde habitan los más capaces, aquellos que acreditan éxitos pastorales evidentes. Siempre son las casas donde se vive la comunión. La comunión alienta una luz interior, una luz que brilla y atrae. Son casas en las que se construye la Iglesia de Dios.
Nuestra tarea es sencilla y por eso visitamos las casas, tenemos un contacto muy frecuente con los sacerdotes e intentamos cuidarlos. Nuestra tarea consiste en permitir que esa luz resplandezca.
Decía antes que no es una gracia cualquiera la de tener una casa, un lugar donde se me ama y donde puedo ser libre. Quiero añadir que una gracia aún mayor es la de tener alrededor personas a las que mirar, personas que me demuestran una madurez y una constancia en el bien que es más grande que la mía aun siendo yo el Superior. A estas personas puedo mirar.
Giussani, hace muchos años, hablaba de “personas o momentos de personas” que nos hacen decir: «Tú eres más grande que yo y, gracias a Dios, estás». Por esto San Pablo podía decir: «Amaos cordialmente, con amor fraterno, estimando a los demás más que a uno mismo». Dios concede momentos de verdadera admiración recíproca entre los amigos, como pasa cuando uno vive un momento de admiración hacia su mujer, hacia su marido. Estos son momentos que nos convencen aún más de la conveniencia del valor del testimonio que el amigo me da.
Es un gozo poder decir serenamente, con sinceridad, que el amigo es mejor que yo, que tú eres mejor que yo. Por eso necesito volver a acercarme a ti, de nuevo cada vez, porque recibo de ti algo muy deseable y muy deseado por mí. Y al recibirlo de ti, a través de ti, la unidad entre nosotros se fortalece todavía más.

  1. A la amistad verdadera se le otorga una energía de santificación recíproca

A la amistad verdadera se le otorga una energía de santificación mutua de la que se benefician enormemente los amigos que creen en ella y le conceden espacio. De hecho, la amistad verdadera está habitada por el Espíritu Santo. Cuando Jesús dice en el Evangelio «cuando dos o más de vosotros están reunidos, yo estaré en medio de vosotros» (Mt 18,20), lo hace posible por medio de su Espíritu. La amistad, la comunión cristiana está habitada por el Espíritu Santo.
En nuestras casas tratamos de educarnos en esta verdad viviendo nuestra vida personal bajo la mirada del otro, abiertos a la posibilidad de ser vistos por quien nos ama y, a través de él, por el mismo Dios. Es algo que repito muy a menudo a los seminaristas: tenemos que vivir abiertamente, tenemos que vivir expuestos. No podemos escondernos frente a quienes forman parte de nuestra compañía vocacional, como un marido no puede vivir escondido frente a su mujer. Hay que aprender a vivir expuestos a la mirada de los que te aman, a la mirada de la casa en la que vives.
Cuando Julián de la Morena llegó a esta parroquia de Fuenlabrada colgó en la pared de la sacristía un versículo de Stabat Mater: Fac ut ardeat cor meum in amando Christum Deum, ut sibi complaceam. «Haz que arda mi corazón amando a Cristo para que le pueda complacer»: el que preside la misa en esta parroquia reza con esta frase cada día, antes de celebrar.
Para que le pueda complacer: la amistad con Cristo coincide con el deseo de ser como a Él le gusta, el deseo de que nos encuentre siempre como a Él le gusta. Esto se realiza por medio de la mirada, del juicio del otro, de la compañía atenta del hermano o de otra persona que vive con nosotros. Esto se realiza de forma más bella a través de la relación con el amigo.
Vivir bajo la mirada del otro permite, en el tiempo, que el otro empiece a vivir en mí. Esta es una determinada gracia que se da en algunas relaciones. Es una experiencia no muy común, pero posible si se la pedimos a Dios con verdadero deseo. El amigo se convierte en una presencia interior en nosotros, en un reclamo invisible y en un aliento secreto. El amigo se convierte, de alguna forma, en una dimensión de mi espíritu que dialoga consigo mismo y con Dios, a través de la memoria del amigo.
Si amo profundamente a un amigo estoy siempre con él, incluso cuando no está cerca de mí. Yo busco su aprobación, temo su reproche, sé cómo reaccionaría frente a las situaciones que encuentro. Pensar en él me hace reflexionar sobre la manera de ver las cosas. El recuerdo de él y su ironía me ayuda a desdramatizar. De hecho vivo bajo su mirada y esto me pone ante Uno que es más grande que el amigo mismo. El rostro del amigo, escribe Giussani, «es el reflejo humano de Él [Cristo]. Si ese rostro está lejos, su nostalgia […] es el reclamo más potente a nuestra energía, para que cumplamos nuestro deber, de modo que nos volvamos más dignos de quien amamos».
Leer las cartas de San Francisco Javier nos hace percibir la profundidad a la que puede llegar este diálogo interior con los amigos: en su caso con Ignacio, que vivía en Roma y con los demás jesuitas de los primeros tiempos que desarrollaban su misión en otros lugares. Esas cartas tardaban años en llegar a Roma y años tardaban también las respuestas en llegar de vuelta. Está claro, pues, que se trataba de un diálogo interior: San Francisco tenía dentro a los amigos y este diálogo continuo con los amigos se mezclaba, se hacía una misma cosa con el diálogo con Dios. Muy humildemente, nosotros intentamos educar a los curas, a quienes habitan en las casas de la Fraternidad, en estas experiencias. Por lo menos, pedimos que pueda acontecer. San Pablo dice «no soy yo, eres Tú quien vives en mí» (Gal 2,20) porque ha hecho experiencia en su vida – una experiencia mucho más rica y profunda de la que nosotros solemos tener – de la presencia interior de una persona, de una voz, de alguien que te escucha y dialoga contigo. Aprender a vivir la relación con Dios de esta manera tan viva, tan concreta, pasa por educar en la amistad y por la gracia de la amistad.
Hay una fuerza de santificación que va unida a la amistad. La amistad nos empuja para que seamos más dignos de lo que amamos, cada vez más dignos de lo que amamos.
Se trata de algo muy concreto. La correspondencia que vivimos en la relación con un amigo hace que nos sea más fácil aceptar un juicio emitido de su parte sobre nosotros. De hecho, nos damos cuenta de que, cuando un amigo nos dice la verdad, es Dios mismo que nos dice la verdad sobre nosotros. Es Dios el que nos reclama através del amigo para que cambiemos, para que crezcamos. Así que el deseo de gustar a un amigo, y a Dios que habla a través de él, hace que para mí sea deseable su juicio y que sea menos arduo el trabajo de adaptarme a la verdad de mí mismo. Estoy acompañado, no estoy solo. El juicio me alcanza de una manera muy humana, muy dulce aún en su severidad.
Provocar sufrimiento a quien se ama es más duro que sufrir en primera persona. Es algo muy común en la amistad y en el amor. Por eso en la amistad encuentro un motivo válido para evitar la decadencia que provoca mi mal y mi pecado. Deseo ser digno del amigo, también en aquellos aspectos de mi vida que mi amigo no ve. Tratar de ser digno de la amistad que me une al amigo que tengo al lado me anima a ser digno de Dios y de lo que me ha confiado: mi vocación y mi misma vida.
Al mismo tiempo el deseo permanente de aprender testimoniado por el amigo alimenta mi estima hacia él. Me refiero no tanto al deseo del amigo de aprender de mí, sino a su deseo de aprender junto a mi la verdad de Dios mismo. La disponibilidad del amigo para crecer, para cambiar y convertirse permite que yo también me ponga en marcha, me convierta y cambie.
Cuando este universo de experiencias se integra de manera estable en la amistad y se hace objeto de un pacto, tácito o explicito entre amigos, la relación se hace sólida y bella, aunque si siguen habiendo momentos difíciles y dolorosos. Es una relación que abre a Dios. Por esto no hay que tener sospechas acerca de la amistad. Si es verdadera y se vive de verdad, no puede alejar de Dios.
La amistad es un camino que me acerca a mí mismo, que me permite conocerme a mí mismo, que me revela a mí mismo. Al mismo tiempo la amistad es un camino hacia Dios, que me acerca a Él. Por eso la comunión cristiana que podemos vivir en una casa de la Fraternidad San Carlos, en una familia, en una parroquia, en una comunidad y en un grupo de Fraternidad del movimiento, es el centro de nuestra preocupación educativa y aquella del Movimiento de Comunión y Liberación al que pertenecemos y del cual pudimos aprender, agradecidos, esta experiencia.

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