Lección dictada a la Fraternidad san Carlo, 8 de Junio de 2015.

I.

La fe cristiana, por su propia naturaleza, vive, se expresa y se comunica dentro de una cultura. He dicho “por su propia naturaleza” porqué esta es la naturaleza, la lógica del acontecimiento de la Encarnación. Dios ha elegido hacerse hombre en un tiempo, en un lugar, en un pueblo, en una cultura, en una lengua e indicó, de esta manera, una ley permanente de la relación con Él. Esto no significa que Jesús haya asumido, en todo y por todo, en sus pensamientos y en sus acciones, la cultura del pueblo en el que nació y creció. A lo largo de toda su vida vemos estos dos movimientos: por un lado él entra en profundidad en la lengua, las costumbres, las leyes del pueblo al que pertenecía, incluso en esas leyes, en esas costumbres que él en parte criticará o que decaerán justo a causa de su enseñanza. Al mismo tiempo él tiene la libertad de tomar distancia, incluso decididamente, de algunas de aquellas costumbres, a menudo muy arraigadas en su pueblo, percibidas por él en contradicción con la misión que el Padre le ha confiado.
Esta lógica de la asunción crítica continua siendo como un eje permanente de la fe cristiana y de la historia de la Iglesia.

II.

Aún durante su vida Jesús no solo se ha encontrado y enfrentado a su pueblo, que además estaba dividido en varias corrientes y no formaba por tanto una cultura unitaria, si no que entró en contacto también con otros pueblos, con otras tradiciones. Por ejemplo con los samaritanos, que representan una agrupación herética dentro de la misma tradición judaica, e incluso con muchos paganos. Hacía el final de su vida se encontrará con algunos judíos de origen griego-pagano interesados directamente en su persona, la inauguración de aquella “Iglesia de los gentiles” que, junto con la Iglesia que viene de la sinagoga, entrará como una doble corriente a formar el único río de la Iglesia cristiana.
Nunca hubo, por tanto, una unidad cultural monolítica en la que se encarnó la fe, si no que ya en la vida misma de Jesús ha habido un movimiento de asunción de la cultura de su pueblo y de abertura hacia culturas nuevas. El mismo Jesús que va a la sinagoga el sábado, que se deja bautizar en el Jordán, que reza junto con su pueblo y dice que ni siquiera una iota de la antigua ley será pasada por alto, junto a una postura crítica hacía fariseos y samaritanos, a causa de nuevos encuentros se abre a nuevas expresiones de su misión. Él, que antes pensaba haber sido enviado tan sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, revela gradualmente una visión universal de su mandato.
Si no se entiende esto, se puede caer en el error de considerar a san Pablo como el fundador del cristianismo, aquel que desde cero ha inventado una religión de Cristo con las categorías del lenguaje y del pensamiento del helenismo.
Debajo de la cruz de Jesús un importante representante del ejército romano se convierte a la fe de Cristo. En los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de Pablo vemos en acción, ya en el primer siglo de la nueva era – diez, veinte, treinta años después de la resurrección de Cristo – un proceso per el cual la nueva fe intenta expresarse no simplemente utilizando las palabras en arameo de Jesús, ni siquiera aquellas hebreas de la liturgia de su tiempo, si no a través de las palabras griegas de Lucas y Pablo. De esta forma entran en la nueva fe ríos que vienen de la filosofía y de la historia griega. Palabras que son acogidas, a veces rechazadas, otras cambiadas de significado.

III.

No puedo aquí continuar a recorrer el itinerario que ha marcado toda la historia de la Iglesia. Quisiera ahora, en referencia al momento presente, ver cuáles son los mayores riesgos que pueden oponerse a esta dinámica de la Encarnación y luego sugerir algunas líneas que pueden ayudarnos a vivir hoy esta dinámica.
El primer enemigo de la Encarnación y de una expresión cultural autentica de la fe es el espiritualismo. ¿Qué entiendo por espiritualismo? La reducción del cristianismo a una relación personal con Dios en la que lo que cuenta es el vínculo que se instaura entre el alma del creyente y la persona invisible pero presente del creador y salvador. Con esto no quiero negar que el corazón del cristianismo es justamente la relación del creyente con su Señor, pero no poder desterrar a la historia de esta relación.
En una visión así la historia, presente y pasada, está muy lejos, a veces percibida como enemiga, como algo de lo que tenemos que huir para refugiarnos en la relación con Dios. Si bien es cierto que Dios es un refugio y una ayuda para el hombre creyente en los momentos de dificultad y de angustia, es verdad también que este refugio, en el cristianismo, no representa nunca un exilio del mundo.
Incluso en las formas más agudas en las que se ha expresado en la historia cristiana el así llamado contemptus mundi, el desprecio del mundo o la huida del mundo, siempre ha habido la conciencia de que éste es vivido para el bien de toda la Iglesia y por tanto como un signo que purifica e indica el destino futuro de aquel intento de encarnación que acontece en el tiempo. Justamente en la relación entre eterno y tiempo se juega toda la expresividad cultural de la fe. La Jerusalén celestial, de hecho, no es simplemente una Jerusalén futura, si no una ciudad ya empezada en la historia presente: la Iglesia es ya la semilla del Reino que se cumplirá más allá del tiempo.
A lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia se han alternado dos visiones contrapuestas: aquella que, en nombre de los dramas de la historia, veía Jerusalén tan sólo en el cielo – es la tentación protestante – y aquella que reducía el cristianismo a un mesianismo histórico con el riesgo de identificarlo con una teoría política revolucionaria.
Incluso hoy en día hay mucha confusión sobre este tema. Pienso que no debemos nunca olvidar lo que dice el Concilio Vaticano II, es decir que la Iglesia es signo e instrumento de unidad de todo el género humano. En la Iglesia realmente empieza el Reino definitivo, como una semilla plantada en la tierra, que pero ya está floreciendo. Como la levadura puesta en la harina, que ya la está fermentando. Ya aparecen en el tiempo los signos visibles de esta transformación de la historia. No hay, entonces, discontinuidad entre la Jerusalén que empieza en el tiempo y aquella más allá del tiempo, sino sólo un cumplimiento que no podemos prever en su extensión y en su profundidad.
El espiritualismo es peligroso porque introduce en la vida una forma radical de dualismo. Si la fe nos indica tan solo una esperanza en el más allá, las razones profundas de lo que aquí, al final, se encuentran en las ideologías, sobre todo en las ganadoras. Pienso en cómo han sido aclaratorias para nosotros algunas palabras de don Giussani, por ejemplo las que pronunció en un encuentro de 1997 (ver Luigi Giussani, El hombre y su destino. En camino, p. 133 y siguientes) donde ha hablado de la imposibilidad de separar a Dios de Cristo y a Cristo de la Iglesia.
Incluso Joseph Ratzinger – Benedicto XVI – en su prefacio del libro Jesús de Nazaret – tiene unas páginas muy interesantes en las que critica esta división entre Iglesia y Reino.
El espiritualismo es la tentación del presente porque es muy cómodo a los poderes del mundo, deja al cristiano su espacio privado de devoción a su Dios, pero exige de él, de hecho, una obediencia a las lógicas del mundo. El cristianismo pierde de esta forma toda su fuerza regeneradora y de oposición a la deriva antihumana que vemos en acto en la historia de los hombres.
La otra tentación del momento presente está representada por el tradicionalismo. Al contrario del espiritualismo, los tradicionalistas tienen un fuerte sentido de la Encarnación, saben que nunca se puede dar una experiencia de la fe si no es dentro del tiempo, pero identifican la realidad de la fe con la expresión particular que esta ha tenido en un momento determinado de la historia.
Todo esto es paradójico: si se mira atentamente, se ve que también el tradicionalismo nace de un miedo de la historia, así como el espiritualismo; se identifica la fe con una historia pasada porque se tiene miedo de la historia presente. La fobia a la historia representa por tanto una de las tendencias más peligrosas para quien quiere vivir la vida cristiana.
Nosotros también podemos correr el riesgo del tradicionalismo, cuando pensamos simplemente en repetir lo que nos ha sido entregado en lugar de revivirlo en los nuevos contextos en los que nos encontramos realizando nuestra misión. Para revivirlo es necesario reconocer lo que es transitorio en aquello que se nos ha consignado y lo que en cambio es permanente, constitutivo de ello. Este es un trabajo que no puede absolutamente hacer la persona sola, sino que tiene que hacerse en unidad con toda la comunidad, guiada por la autoridad, y con toda la Iglesia.

IV.

En esta última parte de mi intervención quisiera intentar expresar algunos elementos fundamentales de nuestra vida cristiana, llamados continuamente a expresarse de nuevo dentro del tiempo que se renueva.

A. El cristianismo nace como acontecimiento de libertad, es la interpelación que Dios dirige, a través de su hijo Jesucristo en el Espíritu, a cada hombre que viene a este mundo. No podemos borrar nunca este momento original del acontecimiento cristiano. Todo lo que nosotros proponemos, a los jóvenes así como a los adultos, a través de nuestra liturgia como a través de nuestras clases, de nuestra convivencia, debe ser siempre un acontecimiento de libertad, un llamado a la libertad de la persona. Debe mostrar la fascinación del acontecimiento cristiano, su correspondencia con las preguntas y exigencias más profundas del corazón del hombre, que justo en el encuentro con Cristo emergen con fuerza, y la respuesta que el Espíritu mismo genera en el hombre a través del progresivo cambio en su vida en el seguimiento de Jesús.
En este sentido el cristianismo es siempre un acontecimiento de la persona. Nace de su “sí”, provocado por el Espíritu, y madura renovándose continuamente y profundamente en las diversas etapas de la vida.

B. El cristianismo es un acontecimiento comunitario. La persona que adhiere con su “sí” a la voz de Cristo entra a formar parte de este pueblo, adhiriéndose a una pequeña o grande comunidad eucarística que constituye la proximidad del cuerpo de Cristo a su vida.
En esta comunidad, reunida en torno a la autoridad, a la Palabra de Dios y a la Eucaristía, la persona lleva dentro todo su ser, sus expectativas, sus preguntas, su trabajo, su cultura, su vida afectiva, sus alegrías y esperanzas, sus dolores y sus fatigas.
De esta manera, a través de historias personales, las culturas de estas personas, es decir su forma de ver la vida, sus experiencias, su modalidad de relación con las cosas y con los demás, entran en la vida de la comunidad para ser asumidas y juzgadas por la persona de Cristo.
Se forma así un pueblo con un lenguaje suyo, con sus cantos, sus formas de vida, con sus esperanzas y sus expectativas, siempre animado por una pregunta: “¿Es Cristo mi punto de referencia? ¿Es a Él a quien estoy refiriendo mi vida y a quien se refieren las vidas de mis hermanos? ¿Es de Él que yo hablo? ¿Es Él que yo irradio con mi vida?”.

C. En el acontecimiento comunitario acontece la creación de una nueva cultura. Incluso si no es macroscópicamente visible, en realidad estas pequeñas comunidades son ya una respuesta a los grandes temas de la paz y de la guerra, de la vida y de la muerte, del presente y del futuro, del dinero y de su uso, de la enfermedad y de su significado. Sin que se pueda prever cuando estas comunidades serán capaces de determinar también el cambio de las macro estructuras sociales (si acaso esto será posible y de todos modos siempre con carácter provisional), la vida de estas comunidades ya representa una experiencia concreta de transformación del mundo por la esperanza traída por Jesús.
Hoy nosotros vivimos seguramente un recodo muy importante de la historia, un cambio muy rápido, en el que una deconstrucción de lo humano parece darnos realmente la impresión del fin de la historia. En realidad no es así. Incluso en otros momentos esto ha acontecido; lo que hoy nos turba es no poder ver ni saber cuál será el próximo paso. En realidad debemos pedir a Dios los ojos para poder ver los signos de lo nuevo que ya comienza y se expresa.
Todos estos intentos realizados en el mundo, suscitados por el Espíritu de Cristo, representan una red, cuyas doce puertas son las puertas de Jerusalén, así como las describe el Apocalipsis. Tan sólo la fe nos puede dar ojos para ve resto. Tan sólo la caridad nos permite reconocer, abrazar y valorar todas las experiencias en las que la humanidad de Cristo renueva el mundo. Tan sólo la esperanza hace posible aquel trabajo que recoge las experiencias diferentes en un esbozo de mundo nuevo.
Todas las grandes voces que en el siglo XX y XXI han marcado la historia del papado, los grandes testimonios de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y papa Francisco nos dicen que la Iglesia está atravesando una gran prueba, pero no un periodo de disolución. La esperanza del mundo dependerá mucho de nuestra esperanza. Alimentar la esperanza de nuestros hermanos dependerá de nuestra fe.

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