De Moscú a Novosibirsk, la obra tenaz de las Misioneras de la caridad tiene su fulcro en la presencia constante de Cristo en la misa cotidiana.

Todos conocen a Madre Teresa de Calcuta, pero no todos conocen a sus hermanas. Yo me encontré con ellas la primera vez en Rusia. Primero en Moscú y luego en Novosibirsk, en nuestras misiones hacemos caritativa con las hermanas. Estando con ellas en Moscú para ayudarlas en un centro dedicado a los chicos con discapacidad; o en Novosibirsk, donde vamos a cantar a una instalación que alberga a personas recogidas por la calle, siempre he tenido la impresión de que iban con prisas: pocas palabras, justo lo necesario, y corriendo fuera. Con el tiempo, he entendido que esta prisa suya nace del amor: están siempre corriendo porque toda su vida la gastan para las personas que cuidan.
El año pasado acompañé al obispo Pezzi a bendecir la casa para los sin techo que las hermanas dirigen en Moscú. Después de la misa, dimos una vuelta por las distintas salas para distribuir incienso, y he descubierto que las hermanas duermen en un único dormitorio. Les pregunté: «Pero, ¿cómo lo hacéis? ¿Lográis descansar?». Y la respuesta fue: «Llegamos a la noche tan cansadas que en cuanto nos acostamos nos dormimos».
Después de mi ordenación he llegado a Moscú y he tenido la gracia de sustituir por un mes al sacerdote que decía misa los domingos en su casa. Los fieles reunidos en una gran capilla eran unos treinta hombres de aspecto poco recomendable, dóciles como corderitos delante de esas monjas jovencísimas. Después de la primera misa, una monja india me regañó porque no había hecho el sermón. Para ellas, que no tienen tiempo para leer y estudiar – me dijo – la homilía era una ayuda a vivir la jornada: ¡tenía que considerar bien la dignidad de mi nueva tarea! He podido ver con mis ojos los milagros que la divina providencia otorga a quien se confía a ella. Como cuando la despensa está vacía y en el momento adecuado un benefactor desconocido llama a la puerta y trae comida. En Rusia se escucha a sacerdotes y monjas que se quejan de no lograr desarrollar con serenidad su tarea misionera por la burocracia y la corrupción, que llegan a provocar el cierre de algunas obras de caridad. Al contrario, siempre me ha impactado que las monjas de Madre Teresa lograsen cumplir lo que pide su carisma poniendo al obispo una sola condición: la garantía de la misa diaria. Una tenacidad que viene de su fundadora. Durante la época comunista, Madre Teresa hizo voto de abrir quince casas en la Unión Soviética, una por cada misterio del rosario. Y lo ha logrado: empezó después del terremoto en Armenia aún en 1988, después continuó, sin aceptar compromisos, con la confianza en la providencia. Una lección que me da coraje cuando pienso en el futuro de nuestra misión en estas tierras, llenas de sufrimiento pero también de santidad.

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