La vida de una casa de la San Carlos se alimenta de la caridad. Testimonio del padre Gerry.

La casa de la Fraternidad San Carlos en la que vivo desde hace 22 años está en Roma (la Magliana). Conmigo, ahora mismo, están Nicoló, el responsable de la casa, Paolo, el párroco, y Dino y Michele, los vicarios. También mr. Parkinson, que forma parte de la casa en todos los sentidos. Por último, estoy yo, el párroco emérito. En este último año la casa se ha convertido en el signo real de la acogida y del amor de Cristo, en persona. Cuando me despierto por la mañana y estoy bloqueado es difícil empezar el día. Después salgo de la habitación y hay un hermano que me pone los calcetines, otro, los zapatos. Si yo no puedo, uno me prepara el desayuno, otro me pone el babero para que no me manche, otro me acompaña a bajar las escaleras. Tres veces a la semana tengo que ir al fisioterapia e ir a hacerme otras curas. Mis hermanos se turnan para que siempre haya uno que me pueda ayudar. Si esto no es un lugar en el que soy amado, si esto no es un milagro, realmente no sabría decir lo que es un milagro.

Para mí la casa se ha convertido en el lugar de la libertad porque la enfermedad me pone en una condición límite en la que no puedo guiar ni hacer otras tantas cosas. Pero esto no es un problema porque quien me abre a la eternidad, quien me dona la capacidad de vivir, son mis hermanos y hermanas. Con ellos, decidimos que no llevase una vida monástica, encerrándome en una habitación y rezando por todos porque, ¡me habría vuelto loco en una semana! Quien vive conmigo se pregunta cómo poder ayudar a un hermano, a un hijo. «Los martes tú te dedicas a la misión», me dijeron. «¡Haz lo que quieras!». Pensé en hacer «Un café en compañía», siguiendo la idea de don Giussani de hace muchos años. Quedamos a las 10:30h en la parroquia de Madonna di Pompei, cerca de nuestra casa. Van en torno a cuarenta personas. Ellos llevan dulces, nosotros ponemos el café. Estamos juntos hasta las 12h y hablamos de todo. Pregunto: «¿Cuál es el milagro de esta semana?». Leemos una parte del Evangelio, sin preocuparnos por dar una forma al diálogo. Siempre he visto que el Espíritu Santo desciende y las conversaciones se vuelven preciosas cuando Dios se hace presente. Después, se van todos y las hermanas –los encuentros se realizan en la casa de nuestras misioneras– me llevan a una habitación para echarme la siesta. Más tarde, me despiertan para comer, me ayudan a ponerme el babero, me cortan la carne del plato. Cada cosa para mí es el lugar de un milagro. A las 16h recibo a cualquiera que venga a verme. Gracias a Dios me visita mucha gente a la que puedo escuchar y ayudar. Una vez, recibí a una chica que me dijo: «¡Me estoy muriendo! ¿Cómo puedo vivir?». Le conté lo que significaba el cielo para mí. Me escribió una carta que leí en su funeral: «No sé si creo. Pero tú me has dicho cómo es Jesús, cómo es el paraíso y yo me fío de ti».

Tenemos que dejar que las cosas nos hablen, porque Dios nos habla cada día, pero a veces nosotros no escuchamos, no miramos. Un día un hombre entró en la iglesia. Estaba triste, lloraba. Después de misa, me acerqué y le cogí la mano. «¿Qué te pasa?». «Padre, no puedes entenderme. Me han dicho que tengo una enfermedad tremenda…». Pensé: «Tiene Parkinson». Y él: «Tengo Parkinson». Le dije: «¿Ves cuánto te ama Cristo? Tú no eres de esta parroquia, ¿verdad?». «No». «Nunca vas a la iglesia, ¿verdad?». «No». «Pero hoy has entrado en una iglesia donde Jesús te esperaba bajo la forma de un hombre, de un sacerdote que tiene Parkinson. No tengas miedo, Dios está contigo. ¡Fíate!».

Podría contar muchas cosas que suceden cada día de la semana, podría describir la fiesta de los ancianos, donde bailamos, hablamos y jugamos. Pero quiero decir que es en casa donde recibo la fuerza para no llevar una vida limitada. La enfermedad me quiere limitar, la vida me quiere limitar, pero la casa no. Los hermanos me quieren dar una libertad más grande.

 

(Gerry McCarthy es vicario de la parroquia Santa Maria del Rosario en los Mártires portuenses, en Roma. Foto: un momento de fiesta).

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