En una carta de Alfonso Poppi, escrita poco después el fallecimiento de padre Pietro Tiboni, misionero comboniano, el testimonio de una larga amistad.

Kahawa Sukari, 1 de Julio de 2017

Muchas gracias Paolo,

Por las líneas que me escribiste con motivo del funeral de padre Pietro Tiboni. El lunes el obispo celebró una hermosa misa funeral en la abarrotada catedral de Gulu, donde fui ordenado diácono en el día del Sagrado Corazón de 1979. Había gente venida de todos los rincones de Uganda: de Tororo a Kasese, de Kampala a Mityana, de Masaka a Arua. Además de mí, que venía con Ivone de Kenia, estaban Liberata y otra persona del movimiento de CL del Ruanda y mucha gente incluso desde Italia. El día siguiente, en Kitgum, el arzobispo Odama quiso honrar una vez más a este gran misionero antes del sepelio, celebrando una misa solemne en la plaza donde fui ordenado sacerdote el día de la Asunción, en 1980. Mis hermanos del seminario de Kitgum estaban allí, ha sido una gran fiesta. Puedes imaginarte qué clase de emociones y de recuerdos he vivido en estos momentos, en una tierra y entre la gente que nunca he dejado de amar y a quienes me había entregado sinceramente y sin reservas, de por vida.

En Gulu me pidieron que hablara: estaba tan seguro de su presencia victoriosa que ni siquiera me he conmovido. Luego el Arzobispo retomó algunos puntos que mencioné: dijo haber entendido, a través de los varios testimonios, que “Tibo” nos había dejado una herencia y que nosotros, sus hijos espirituales, debíamos retomarla y revivirla. Invitó a todos a escribir su propio testimonio de vida y de encuentro con él y de hacerla llegar al Provincial de los Combonianos en Uganda o al Canciller de la Archidiócesis de Gulu, Fr. Martin Agwee. Fue uno de los niños huérfanos de Palabek, se convirtió en un muy buen sacerdote y ahora vive con el obispo. Una vez más, en Kitgum me pidieron que hablara. Frente a la gran multitud de los presentes, a los muchos rostros que todavía reconocía, no pude evitar mencionar algunas palabras en acioli, la lengua hablada en el norte de Uganda. En particular, he recordado ese hermoso proverbio que dice: “Aboko kot mupwoda!”, que literalmente significa “¡Os cuento la lluvia que me empapó!”. Esta es la expresión que en acioli se refiere a una experiencia vivida, que desborda, justamente “empapa”. Explotó un rugido: estaba realmente comunicando con esa gente. En ese momento, por la excesiva emoción, tuve que limitar mi discurso un poco.

Les expliqué que “la lluvia que me empapó” había sido la gracia del encuentro con Tiboni, justo en aquella parroquia y en aquel edificio, porque la lluvia – como dice don Gius y como continua repitiéndonos Carrón – es una historia particular con nombre y apellido, con un rostro y un carnet de identidad, con una hora y un lugar en el que el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros. Es la misma persona que hace 2000 años que re-acontece para mí y para cada uno de los innombrables espacios y tiempos de la historia, según un diseño misterioso y providencial que ya no logramos eliminar de nuestra memoria. ¡Ha sucedido! Pero ¿cómo ha sucedió? Nuevamente usé un proverbio acioli que dice “¡Opota ma tugo!”. Esta expresión está ligada a las palmas tropicales de la familia de los Borassi, que se hacen altísimas y tienen un tronco tan liso que incluso a los africanos les cuesta treparlas. Los frutos maduros son anaranjados, dulzones y filamentosos, muy queridos por la gente e incluso los animales del lugar, especialmente los elefantes que los tragan enteros. Cerca de Gulu se ha formado una gran selva de palmas tugu. Sus frutos, llamados tugu, no se recogen: caen solos cuando están maduros. Si cuando pasas por allí cae uno, ¡es tuyo! Has sido afortunado. No había mejor manera de describir mi encuentro con Tiboni. La gracia de la vocación sacerdotal y misionera, entonces, se puede decir que “cayó como un tugu” justo el primer día que llegué a Kitgum, cuando me pillé una buena lavada de lluvia tropical y de gracia en el encuentro con Tiboni.

Tan pronto como me enteré de su muerte, busqué a don Massimo para comunicarle personalmente la noticia.

Ya estaba en Uganda. Recuerdo perfectamente que en 1994, cuando vine a Roma para hacer mi promesa a la Fraternidad, don Massimo celebró la misa en la que reiteró con gran precisión que conmigo entraba en la Fraternidad toda la historia misionera africana nacida del encuentro de padre Tiboni con CL y con don Giussani. E insistió sobre este punto, sobre el hecho que la Fraternidad, con mi incorporación, se enriquecía de una vida que había nacido en otro lugar y que se unía al cauce de nuestra historia. Por las palabras de don Massimo, se percibía que el mismo Tiboni, de alguna manera, entraba a formar parte de la Fraternidad y la cambiaba.

De aquí a unos días cumpliré 70 años: una ocasión para pararse a contemplar en silencio lo que Otro ha hecho en mi vida – pasando a través de Tiboni antes, luego la Fraternidad, don Massimo y en los últimos años, tu, Paolo y Mimmo -, para su misión en África y en el mundo.

 

En la foto, Alfonso Poppi, párroco de San Joseph a Kahawa Sukari, Nairobi (Kenia), con dos feligresas.

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