Homilía para la Vigilia pascual. Roma (Capilla de la casa de formación)

La liturgia del Triduo nos ha acompañado para hacer memoria del sacrificio de Cristo que nos ha redimido. Hemos sido espectadores de los acontecimientos de la última semana de la vida de Cristo y hemos sido también co-actores, porque la liturgia nos inserta en el espacio espiritual de la memoria haciéndonos entrar en un espacio físico. Los acontecimientos más altos de los Evangelios se nos han narrado nuevamente y los hemos revivido: la última cena en la que Jesús se inclinó sobre los pies cansados de los apóstoles para lavarlos, la captura y los procesos, la flagelación, la condena, el vía crucis, la ejecución por parte de los militares romanos y después la deposición y el entierro, la vigilia de los apóstoles y de las mujeres durante el sábado santo. Hemos sido también co-actores de estos acontecimientos. Hemos desnudado nuestros pies para que Cristo los lavara, hemos caminado detrás de su cruz, hemos elevado nuestra mirada a Jesús levantado sobre la misma, nos hemos arrodillado delante de su sepulcro.
Es bello reencontrarnos alegres, en esta noche, después de haber recorrido este camino de pasión. Es también extraño, es decir paradójico. ¿Cómo puede la memoria de una historia de injusticia, de condena y de muerte provocar en nosotros alegría? ¿De qué está hecha la alegría cristiana? Quiero subrayar dos aspectos que conforman este sentimiento básico que pertenece a la experiencia de la Iglesia: la conciencia de la seriedad de nuestro mal y el apego a lo que es santo. En realidad estos dos aspectos juntos forman un todo.

Del sentimiento de alegría que la liturgia alimenta en nosotros forma parte ante todo la conciencia de la seriedad de nuestro mal.
En 2005, en el último Vía Crucis predicado por Juan Pablo II, una semana antes de su muerte, Ratzinger decía que la pasión de Jesús «nos advierte del peligro en el que nosotros mismos estamos. Nos muestra la seriedad del pecado y la seriedad del juicio». El riesgo del que habla Ratzinger es el de una superficialidad que lo aplana todo. «A pesar de todas nuestras expresiones de consternación frente al mal y al sufrimiento de los inocentes, ¿no estamos acaso demasiado dispuestos a trivializar el misterio del mal? De la imagen de Dios y de Jesús, al final, ¿no admitimos acaso sólo la dulzura y el amor, mientras hemos tranquilamente cancelado el aspecto del juicio? ¿Cómo podría Dios hacer un drama de nuestra debilidad? – pensamos. Al fin y al cabo ¡somos tan solo unos hombres! Pero mirando los sufrimientos del Hijo vemos toda la seriedad del pecado, vemos como deba ser expiado hasta el fondo para poder ser superado. Ya no podemos continuar a trivializar el mal frente a la imagen del Señor que sufre» (Josep Ratzinger,Meditaciones y oraciones en el Vía Crucis en el Coliseo (octava estación), viernes santo 25 Marzo 2005).
Aquí está el punto al que debemos prestar atención: frente a Cristo que sufre toda la gravedad de nuestro mal se convierte para nosotros en algo real. De hecho, es sólo cuando nos ponemos delante del amado que sufre por nuestra causa que tomamos conciencia de nuestra traición. Como Pedro que llora sólo cuando se encuentra con la mirada de Cristo y se acuerda de quien es Cristo para él. Sólo quien ama al otro, sufre de los sufrimientos de los que es causa por él. Junto con Pedro quizás también nosotros en estos días hemos redescubierto que le amamos, que amamos a Cristo. La conciencia de nuestro mal brota en efecto de nuestro amor por Cristo, es una dimensión suya. En realidad, sin embargo, este nuestro amor por él es suscitado en nosotros justamente por Cristo, que nos amó primero y que se entregó a sí mismo por nosotros hasta la muerte en la cruz. Nuestro amor se nos presenta entonces como una respuesta a su iniciativa de amor que nos precede.
Esto es entonces lo que ha ocurrido en la liturgia de estos días: la contemplación del sacrificio de Cristo nos ha vuelto a poner delante el hecho más fundamental de todos, tan simple y tan indispensable, el hecho de que somos amados. La conciencia de la seriedad de nuestro mal es al mismo tiempo y ante todo conciencia de la seriedad del amor de Cristo por nosotros. Aquí está el porqué nos encontramos alegres. Porque hemos sido amados. Y ¡hasta qué punto! Una cosa inexplicable para el mundo: que de la memoria del sufrimiento pueda nacer la paz.

Un segundo aspecto que alimenta la alegría cristiana es el apego a lo que es sagrado. Quisiera quitar por un momento esta palabra del ámbito religioso, que nos la puede hacer aparecer obvia. La tomo del lenguaje de las relaciones, en su sentido quizás más cotidiano, pero igual de seria: una palabra que indica lo que es más íntimo entre una persona y otra, lo más personal y valioso. Algo que no se puede tratar a la ligera o exponer a miradas o comentarios irrespetuosos.
Cuando nos ponemos delante de la vida de Jesús y particularmente de su pasión, si vemos en ellas un único acto de amor por nosotros, nos damos cuenta que la obediencia de Cristo y sus sufrimientos son en efecto la expresión de lo más íntimo y personal que ha sucedido entre Él y nosotros. Hemos sido amados hasta este punto. Ha dado su vida por nosotros. ¿Puede haber para mí algo más valioso e inviolable de este sacrificio de amor, puede haber algo más sagrado de este hecho que define mi relación con Dios? Ha sufrido y ha muerto para devolverme la vida. ¿En qué vacío viviría, entonces, si me olvidara de esto? ¿Qué trágica superficialidad, qué insensibilidad imperdonable sería mi desmemoria?
Los primeros cristianos, quizás porque estaban más cerca en el tiempo de los acontecimientos de los que hemos hecho memoria, tenían tan viva esta evidencia que identificaban el olvido con la condenación, en la tierra y en la eternidad. Fijémonos en los autores del Nuevo Testamento: existe para ellos una posibilidad que debemos evitar por todos los medios, la de dar la espalda al sacrificio de Cristo, como si nada hubiese pasado. Me ha impresionado nuevamente este año un pasaje de la Carta a los Hebreos que el breviario nos propone para la meditación del lunes santo: […] si voluntariamente pecamos después de haber recibido el pleno conocimiento de la verdad – se lee – ya no queda sacrificio para los pecados, sino la terrible espera del juicio (He 10, 26-7). El pecado que no será perdonado es el de la infidelidad radical de quien olvida (y por tanto reniega), después de haberla conocido, la gracia del sacrificio de Cristo.
Este texto nos hace temblar, si lo leemos conscientes de la deriva del cristianismo en nuestro continente europeo. La apostasía de la que habla la carta a los Hebreos está ante nuestros ojos: vaciamiento trágico de la vida, personal y de enteros pueblos, que viene de banalizar el alcance de estos acontecimientos. En efecto la carta se dirige con este grito de alarma a quienes habrán pisoteado el Hijo de Dios y considerado profana – profano es lo contrario de sagrado – aquella sangre de la alianza con la cual un día fue santificado y habrá despreciado el Espíritu de la gracia(He 10, 29). Estos, se lee en otro pasaje de la misma carta, crucifican por su parte de nuevo el Hijo de Dios y lo exponen a la infamia (He 6, 4-6).

Es como si el autor nos dijese: ¡No ocurra nunca, os suplicamos, que olvidéis! ¡No consideréis profano aquello que al contrario es lo más sagrado que existe! Esta urgencia, expresada en esta forma tan severa, por lo tanto es una vez más el signo de una conciencia del todo positiva. Parecen palabras gritadas a sus compañeros por un hombre salvado por milagro de precipitar por un barranco: ¡Estad atrás! Yo he visto el abismo. Hay una sensación de espanto en este grito. Es en efecto con espanto que tomamos conciencia ¡que Dios ha muerto por nosotros! Espanto frente al abismo de nuestra posible distracción. Lo que ha acontecido una vez por todas entre Dios y nosotros es algo serio, dramático, profundo. ¿Cómo podría olvidarlo? Es realmente una alianza sellada con la sangre. Es algo para siempre. Es, justamente, lo que tenemos de más querido, de más sagrado.
Si pensamos en esto, después del primer momento de confusión por nuestro mal y la enormidad del drama del que formamos parte, he aquí que entonces puede brotar en nosotros la alegría de la gratitud. Nace el deseo de arrojarnos a sus pies y de decirle: Yo te pertenezco para siempre, Cristo mío. Tú has dado tu vida por mí. Hemos sido rescatados para siempre, hemos sido arrancados del infierno y estamos sujetos por una mano fuerte, de la que nadie podrá nunca sustraernos. Cristo ha llegado en efecto al sacrificio supremo justo para liberarnos del miedo, para asegurarnos en la paz. Esta memoria nos llena de gratitud, de un sentimiento de consolación y de certeza, de deseo de volver a entregarnos, de vivir para él cada instante que nos sea concedido. Has muerto por mí, yo quiero vivir para ti que has muerto y resucitado por mí (cfr. 2Cor 5. 15).
Aquí de nuevo nos encontramos con la raíz da la alegría que ha crecido entre nosotros estos días. ¿Acaso no hemos hecho la experiencia que nuestra comunión se renueva y retoma luz, cuando nos ponemos juntos delante de Cristo y, saliendo de la distracción en la que normalmente vivimos, retomamos conciencia de quién es él para nosotros? Esta es la vida cristiana. Vivir esta memoria.

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