La pregunta sobre la propia vocación, es decir, sobre la tarea que Dios nos pide en nuestra vida, nace en cada uno de nosotros a partir de la dependencia original de Dios.

El liberalismo ha transmitido a los hombres de nuestro tiempo un dogma evidente a todos: cada uno de nosotros está convencido de que su vida es suya y solo suya. No es fácil ir en contra de esta «evidencia». En nuestro pasado vemos demasiados regímenes absolutistas que pretendían controlar la actuación y el pensamiento de los ciudadanos. Así, tendemos a defender nuestra autonomía con uñas y dientes. Sin embargo, el dogma de la independencia total del hombre es falso, tan deshumano como el peligro totalitario que pretende combatir.

La convicción de que mi vida es solo mía es falsa porque yo no me he creado a mí mismo. Frecuentemente nos olvidamos de este hecho, que es tan importante para tener una clara conciencia de nosotros mismos. El olvido de nuestro origen nos hace manipulables. Una persona que olvida que un día tendrá que echar cuentas ante su Creador, fácilmente se encuentra en la disposición de cometer todo tipo de crímenes. Por poner solo un ejemplo, también Karl Marx había reconocido que había que arremeter con la idea de que Dios había creado el mundo para hacer más plausible la hipótesis de la creación de un hombre nuevo y una sociedad nueva. Marx invitaba a todos a renunciar a hacerse las grandes preguntas de la vida: «¿De dónde vengo?», «¿A dónde voy?». Prometía liberar al hombre de la dependencia de Dios. De hecho, le hizo esclavo.

En cambio, el cristianismo nos dice que nuestra vida no nos pertenece, sino que es de Dios. Es nuestra en la medida en que aceptamos la dependencia de Dios. Esta concepción de la vida es incompatible con el dogma liberal según el cual podemos hacer lo que queramos con nuestra vida porque es totalmente nuestra. De hecho, el cristianismo nos invita a preguntarnos cuál es la voluntad de Dios sobre nuestra vida, es decir, cuál es nuestra vocación. Don Giussani solía decir: «La vida es vocación».

Dios nos ha traído al mundo para realizar un proyecto suyo. Él tiene en mente nuestra utilidad dentro de la historia del mundo. Al crearnos, confía a cada uno una tarea específica para la construcción de Su reino. Igual que las teselas de un mosaico, llama a cada uno a dar su contribución a la belleza del designio total. No le toca al pequeño fragmento decidir su puesto, sino al artista. La obediencia a un designio que nos supera siempre supone un sacrificio por nuestra parte. Tenemos que renunciar a nuestra medida y a nuestras ideas para entrar en la idea de Dios sobre nosotros.

El sacrificio de la obediencia es razonable solo porque Dios nos ama y tiene una idea sobre nuestra vida más grande que la que tenemos nosotros mismos. Puesto que no somos nosotros los que decidimos el sentido de nuestra vida, cuanto más aceptamos la llamada de Dios, más somos nosotros mismos. Esto se ve en los santos. Realizan su persona obedeciendo a una voluntad objetiva. Cada santo es unicum, es realmente él mismo. Por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta es muy diferente a San Juan Pablo II, pero ambos son personalidades inconfundibles. No existen dos santos iguales.

Gertrud von Le Fort, en su novela El velo de Verónica, explica muy bien la idea de que podemos ser santos, es decir, hombres de verdad, precisamente a través de la aceptación desinteresada de nuestra tarea como contribución al reino de Dios. Jeanette, un personaje de la obra, una criada de fe pura, dice: «Tengo una amiga muy querida, que me ha dado quebraderos de cabeza porque durante mucho tiempo pensé en que estaba llamada a convertirla y salvar su alma. Pero un día comprendí que pasaría lo contrario. Porque cuando se nos confía un alma por la que creemos que hemos de orar insistentemente, lo que debemos hacer es, siempre y ante todo, entregar aún más la nuestra al Señor por entero». Dios nos da una tarea en el mundo para que nuestra relación con Él crezca. La fidelidad a esa tarea es el camino para crecer en la relación con Él.

Todos podemos hacer esta experiencia en nuestra vida. Una madre y un padre crecen educando a los hijos. Un profesor se ve continuamente obligado a profundizar sus conocimientos para poder dar clase. Un sacerdotes profundiza en su relación con el Señor estando «limitado», por así decirlo, por sus deberes: al predicar la homilía, él es el primero que debe convertirse; al escuchar las confesiones de los demás, también él debe tomar conciencia de sus propios pecados.

No podemos ser fieles a nuestra vocación sin convertirnos continuamente. Es precioso profundizar en el sentido de la vocación a través de todas las dificultades de la vida.

 

(Un momento de juegos en la parroquia del Divino Maestro, San Bernardo, Chile).

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