Testimonio de don Domenico Mongiello – Fuenlabrada – 8 de noviembre de 2018

Mi vocación
El uno de septiembre del año dos mil, con veintiocho años, entré en el seminario de Roma de la Fraternidad Sacerdotal de Misioneros de San Carlos Borromeo. Al finalizar el primer año en el seminario, al ponerme delante de las razones que me habían impulsado a solicitar el ingreso, recordé un episodio que había permanecido hasta ese momento enterrado en mi memoria.
Cuando tenía ocho años vivía en Potenza, mi ciudad natal que está al sur de Italia, y comencé a frecuentar mi parroquia regentada por los franciscanos menores, para prepararme para recibir la Primera Comunión. Fui conquistado por lo que escuché y además intuí que estaba delante de algo verdadero tanto para mí como para todos los hombres. Comencé a acudir a la parroquia con frecuencia y, junto con mis amigos, durante casi un año, ayudé en la Santa Misa casi todos los días.
Cuando fray Benvenuto, uno de los frailes del convento, que tenía noventa años y estaba muy cerca de la muerte, celebraba la Santa Misa, padecía un verdadero sacrificio físico. Mirándolo tenía la certeza de que lo más importante del mundo acontecía en aquel trozo de pan consagrado. Poco después recibí la primera comunión, con la certeza absoluta y la confianza de estar en manos de alguien que era más grande que yo, una certeza que tal vez nunca vuelva a tener.
Fue entonces cuando por primera vez me di cuenta de que la vida más bella sería la que estuviera totalmente al servicio de Jesús: vivir como fray Benvenuto. Ese pensamiento era tan insistente que comencé a tenerle miedo. Huí. Abandoné la Iglesia y lo olvidé todo.
Después de una adolescencia en cierto modo normal, a los dieciocho años conseguí el título de Bachillerato y decidí marcharme a Siena, una ciudad del centro de Italia, para estudiar economía en la Universidad. Me animaba el deseo de hacer algo útil en la vida y entendía que el estudio de esta carrera era lo más adecuado para que algún día pudiera continuar con la actividad política y las ideas con las que había visto vivir a mi padre.
El primer día, en la secretaría de la universidad, conocí a Francesco, Alessandro, Alfonso y Marco, unos chicos algo mayores que yo, que ayudaban, de forma gratuita, a formalizar la matrícula a los estudiantes que llegaban a la universidad.
Fue mi primer encuentro, totalmente decisivo, con el movimiento de Comunión y Liberación -un movimiento católico nacido en Italia del carisma de don Luigi Giussani- que cambió mi vida. El responsable de esta pequeña comunidad de Comunión y Liberación de Siena era un cirujano que trabajaba en Bolonia. Se llamaba Enzo Piccinini y era un tipo de hombre con el que jamás me había topado. Me fascinó su decisión y su pasión por la vida del movimiento y por la vida de la Iglesia.
Entendí que había sido llamado a formar parte de una historia mucho más grande de lo que yo podría haber imaginado. Los horizontes de mi vida se extendieron rápidamente de Siena al mundo entero. La pertenencia a la comunidad del movimiento de Comunión y Liberación me había hecho descubrir cosas nuevas. Aquello que pensaba que conocía, se renovó y adquirió un nuevo sabor.
Me apasionaron las lecturas que proponía el movimiento y la música clásica, descubrí la belleza de la meditación (especialmente durante los ejercicios espirituales o durante los oficios de Semana Santa así como la profundidad de la oración.
También la pasión política heredada de mi padre adquirió un horizonte más amplio. En una de las ciudades más comunistas de Italia, aunque éramos pocos, librando duras batallas, siempre ganábamos las elecciones universitarias. Vivíamos intensamente todos los aspectos de la vida -no solo la política- sino también la cultura, la ayuda al estudio, la convivencia y la oración cotidiana. Sobre todo estábamos contentos, llenos de una pasión que contagiaba a todas las personas con las que nos encontrábamos.
En aquel momento unas cuarenta personas formaban parte de la comunidad universitaria de Siena, y casi todas “se conocieron por casualidad”, sin tener un sacerdote que nos guiara de forma regular. Desde Grosseto -una ciudad cercana a Siena- de vez en cuando venía algún sacerdote a celebrar Misa. Más tarde descubrí que eran los sacerdotes de la Fraternidad San Carlos, que tenían su propia casa en Grosseto.
A los veintitrés años me gradué. Estuve trabajando varios meses en un banco, y luego me mudé a Milán, donde trabajé cerca de cuatro años como consultor.
En Milán era feliz. Me parecía que lo tenía todo. Hacía el trabajo que me gustaba. Me sentía útil. Pero había un reclamo constante de mi conciencia que me empujaba a entregarme totalmente para que el mundo conociera la belleza de la vida que había encontrado. Sentía que alcanzaría el cumplimiento de mi vida cuando entregase por completo mi vida al pueblo de Dios. Por esta razón sentía una fascinación particular por las personas que habían entregado su vida a Dios a través de la virginidad.
Así que en Milán, al final de los años noventa, escuché el testimonio de un sacerdote de la Fraternidad San Carlos, don Paolo Pezzi, actualmente obispo católico de la diócesis de Moscú, que dijo: “yo por el mero hecho de ir por el mundo vestido de sacerdote testimonio la presencia de Cristo”. Aquellas palabras fueron las que abrieron definitivamente mi corazón.
Poco después estaba en Roma para conocer la experiencia de la Fraternidad San Carlos. Al llegar comprendí que estaba en casa y de forma inmediata experimenté la belleza de la liturgia, la tensión por la verdad que percibí en las relaciones y la paternidad que don Massimo y los superiores de la fraternidad ejercían sobre los seminaristas.
Así que el uno de septiembre del año dos mil, entré en el seminario.
Cuando me ha venido a la memoria el recuerdo de aquel pequeño monaguillo he comprendido que el hilo rojo que ha guiado toda mi vida nunca se ha interrumpido. Dios me ha guiado sin abandonarme jamás. A los ocho años me había escapado y, con la paciencia de un padre, me había vuelto a conquistar. Así que hoy experimento en mi propia carne la certeza de que Dios es fiel. Lo que Él decide lo lleva a término, aunque siempre pasando a través de nuestra libertad.
Incluso más si cabe, de nuestro mal hace surgir un bien mucho mayor. Esto me permitió tomar conciencia de que, si hubiera dicho sí a la llamada de Dios a los ocho años, nunca me habría encontrado con la Fraternidad San Carlos. También Jesús vino porque Adán había pecado. Su muerte y resurrección han elevado al hombre a una dignidad ahora mucho más grande que la que tenía antes del pecado original.
No es que Dios necesite de nuestro mal para actuar con la sobreabundancia del bien. Y mucho menos esto supone una justificación de nuestro mal. Pero como dice Santo Tomás de Aquino, “la historia sucede de una forma determinada y nosotros debemos arrodillarnos ante la belleza de la misericordia de Dios”.
El dolor por mi pecado no ha desaparecido. En cierto modo se ha agudizado en los últimos años. A su vez ha crecido el amor por la Iglesia, la esposa preferida de Cristo, la gratitud por la pertenencia a la Fraternidad San Carlos, y el asombro por la belleza del carisma que me ha sido donado a través de don Giussani.
  

Ser misionero de la Fraternidad san Carlos desempeñando la responsabilidad de Ecónomo General
Para realizar adecuadamente mi tarea como ecónomo general de la Fraternidad, estoy casi obligado a recordar que la misión consiste en ser la obra de Otro. Este es el fundamento de la paz y de la alegría.
Hay una disponibilidad de ofrecer la propia vida que nace de la conciencia de haber recibido un regalo muy grande. Al estar al servicio del Señor del mundo nace una alegría profunda que permite contemplar con simpatía la frase de Jesús “sois siervos inútiles”. No es importante el lugar concreto que se ocupa, ni si se está en un puesto elevado o inferior, o si uno es reconocido u olvidado por los hombres. La única medida que importa es darlo todo por el ideal que nos ha alcanzado. Como la viuda que entrega al tesoro del templo todo lo que tiene para vivir.
Un regalo que viene de lo alto y que es capaz de iluminar todas las cosas no deja espacio ni al vacío ni al aburrimiento. Todos los momentos de la existencia se pueden llenar de plenitud y de significado. Como se comprende cuando se va a Nazaret, todavía hoy una aldea muy pequeña de Galilea, donde hace dos mil años se vivía sin contacto con el mundo, en una pobreza radical. La cocina de la Virgen estaba excavada en una gruta. ¡Cuánta luz emana hoy de esa pobreza material!, donde la condescendencia de Dios que se hizo hombre se encontró con la disponibilidad de María y de José que aceptaron con confianza, gratitud y alegría la tarea que les habían encomendado.
Es bello vivir sabiendo que se puede pedir la misma disponibilidad, la misma pobreza de espíritu que se vivía en Nazaret. Aceptar lo que se nos pide sabiendo que es el mismo Dios quien nos lo confía. Cuando me pidieron que fuera el tesorero de la Fraternidad San Carlo, le rogué a la Virgen un poco de su disponibilidad que a menudo me ha iluminado y confortado.
Pero puede suceder que esta sencillez se pierda. Se puede vivir pensando que nuestra disponibilidad es más útil realizando otro tipo de tareas, en otro contexto donde nuestro trabajo pueda dar más fruto. Y me doy cuenta de que padezco esta tentación al pensar que sería más útil si estuviera en una misión. Me parece normal pensar que, al menos una parte de mi trabajo que se centra en los números y las cuentas, sea muy árida y poco útil para el mundo. Cuando me dicen, y me digo, que es necesario que alguien asuma la tarea de tesorero por el bien de todo el cuerpo, esta razón, algunas veces, no me parece muy clara. Entonces pido revivir la frescura del inicio, mendigo la gracia de tener una disponibilidad hasta el fondo, hasta el final.
Últimamente me estoy dando cuenta de que, en realidad, padecer una cierta contradicción forma parte del camino que Jesús nos invita a seguir. Pienso que cualquier circunstancia que encontremos, nos hará atravesar, antes o después, un cierto sufrimiento. Nos parecerá que perdemos parte de nuestra vitalidad natural al adherirnos a aquello que se nos pide y a lo que hemos ofrecido la disponibilidad de nuestra vida. Pero si Dios permite nuestra adhesión libre a la experiencia de renunciar a nosotros mismos, se convierte en una manera de identificarnos con la entrega de Cristo, que consistía en una disponibilidad sin límites. De esta manera, redescubrimos la belleza y la frescura del regalo de un modo nuevo, en un cierto sentido más profundo porque estamos más cerca de la fuente en la que se origina.
Pienso que la disponibilidad que deseamos vivir debe aceptar la purificación de nuestras imágenes de plenitud y de cumplimiento que normalmente limitan nuestro potencial, si no llegan a ser un obstáculo en nuestro camino. Como escribió Santa Catalina de Siena a los novicios de la Abadía de Monte Oliveto: “Creedme: hay un engaño oculto que le sucede a todos los que sirven a Dios, quienes pensando en servirle en realidad no le obedecen. El engaño es este: el demonio no te tienta proponiéndote las cosas del mundo a las que ya has renunciado, sino que te tienta con cosas espirituales diciendo: “tendrás más paz y estarás más inmerso en el amor de Dios estando en otro lugar y no en el que se te ha asignado”. Para tener aquello que deseas, te resistes a la obediencia o la cumples con gran dolor. Así que, deseando la paz, la pierdes. Por tanto, es mejor cumplir la voluntad de Dios a través de las órdenes de los superiores. Estoy segura de que seréis pequeñas águilas y que aprenderéis de la Gran Águila”.
  
Pinceladas de la misión de la Fraternidad san Carlos en África
Nuestra misión en África se inició en el año 1994.
Estamos a las afueras de Nairobi, en un barrio que se llama Kahawa Sukari (café y azúcar), donde construimos una bellísima iglesia dedicada a San José, situada en la frontera entre una zona rica y un barrio muy pobre. El primer milagro de estos años fue ver crecer la comunión entre personas de diferente clase social y de diversas tribus, en la conciencia de pertenecer al pueblo de Dios y a su Iglesia.
Actualmente estamos allí con seis sacerdotes y tres hermanas misioneras (orden nacida de la Fraternidad San Carlos hace más de diez años).
Las actividades y las obras que nacieron en estos años, en nuestra parroquia y en la vida del movimiento, son muchas y es difícil describirlas en pocas palabras: la guardería de la parroquia, dos escuelas infantiles, otras dos de Primaria, tres de Secundaria, una de formación profesional; un centro que acoge a los enfermos de SIDA; un ujachilie, que significa “déjate hacer” en swahili) que acoge a niños discapacitados; un dispensario para la atención médica; un banco de alimentos; además de otras actividades de catequización dirigidas a grupos de jóvenes y familias, las jumuias (que son pequeñas comunidades territoriales que nutren la vida de la parroquia).
Quiero contaros la historia de una mujer africana que conocí hace unos años. Se casó con un hombre enfermo que le transmitió el SIDA. Al contraer la enfermedad su familia la marginó y su esposo la abandonó (en África, si una mujer pierde la posibilidad de concebir hijos sanos no sirve para su función fundamental en la familia. Y es considerada una persona maldita por Dios y por tanto se convierte en una marginada).
Por este motivo tuvo que deambular con su hijo por las calles durante mucho tiempo. Vivía en la indigencia y lo necesitaba todo, no tenía ni casa, ni un lugar donde descansar, ni una meta que diera sentido a su vida.
Las organizaciones humanitarias y los “hombres blancos” que le suministraban lo imprescindible eran para ella tan solo el medio para obtener sustento material, pero esta ayuda suponía un trato distante que no tocaba ni su vida ni su historia.
Un día fue a nuestra parroquia de San José en Khawa Sukari porque le habían dicho que le podíamos ayudar. Entró y vio a un sacerdote blanco que estaba comiendo con otras mujeres africanas enfermas de SIDA como ella. Entonces comprendió inmediatamente que había llegado a casa, a un lugar donde era posible vivir a la altura del deseo del corazón, donde era posible amar y ser amado, a pesar de la diferente situación social, de tradición, de cultura, de situación personal incluso en condiciones de extrema indigencia.
Prácticamente de forma inmediata se adhirió a la propuesta de vida que se le propuso. Se convirtió al catolicismo (era protestante).
Se mudó cerca de nuestra parroquia, a una cabaña de 4 metros cuadrados. Se reconcilió con su familia. Adoptó a una sobrina porque su hermana estaba muy enferma y la puso a estudiar. Cuando le dimos 100 euros me dijo: “por fin tengo el dinero suficiente para continuar las clases de guitarra: pueblo necesita escuchar nuestros cantos”.
No reniega de sus tradiciones, pero ha encontrado un lugar donde puede ser ella misma y purificarse.
La misión de la Iglesia no es un cálculo, ni tampoco debe violentar a nadie porque lleva la noticia de la verdad y del cumplimiento al que todos somos llamados.
Solo en la Iglesia la diversidad no es vista como algo malo, porque trae el anuncio y la realidad de una unidad que precede a cualquier división: el sacramento universal de la salvación. Al contrario, las diferencias se perciben como una riqueza que forma parte del plan de salvación y de bondad que Dios desea desde la eternidad.
Nuestras casas de misión aspiran a ser el signo de esta humanidad redimida, a través de la comunión que viven sus miembros y que, más allá de las cosas que podemos decir o de las obras que podemos realizar, es la forma más luminosa de testimoniar lo que llevamos al mundo y que la gente espera. “Si esto se vive en una casa de sacerdotes entonces también hay un hogar para mí”, dicen muchos de forma consciente o inconsciente, en todos los lugares de la tierra.
En Nairobi vivimos la gracia de experimentar el drama y la belleza de esta unidad entre nosotros, con sacerdotes que tienen edades muy distantes (el más anciano cumplirá el año que viene ochenta años y el más joven apenas ha cumplido treinta) que aceptan el camino de pertenencia a una unidad que los precede. Dijo una vez don Massimo Camisasca, nuestro fundador: “[La fraternidad San Carlos] está constituida por un grupo de personas que Dios reúne, que no se unen por su propia voluntad, y es precisamente porque ellos no deciden juntarse, sino que Dios los junta, por lo que el proceso de aceptación y de descubrimiento mutuo supone un camino larguísimo” (Massimo Camisasca, Silencio, oración, fraternidad, intervención en el monasterio de Cademario en julio de 2004).
Me gustaría también mencionar el tema de la misión entendida como un anuncio de Cristo y en la Iglesia, que es la verdadera y única posibilidad de salvación, y de cumplimiento, que, en un lugar de primera evangelización como África, se hace palpable. Porque para salvarse no bastan las propias fuerzas y ni siquiera una religiosidad natural que en África es potentísima y fascinante (todos creen en Dios y de hecho no existe el ateísmo). Es necesaria la intervención de Dios, que entrando en la historia con la encarnación del Hijo -que continúa actuando a través de las personas que envía- ofrece un camino nuevo y luminoso, que toca la vida de la verdadera posibilidad de belleza y de plenitud.
Uno de nuestros misioneros me contó que un chico le dijo: “al conocerte a ti y a los otros descubrí una luz dentro de mí que no conocía y que al principio no estaba. Ahora me doy cuenta de que antes estaba lleno de pensamientos oscuros y solo encontraba una posibilidad de felicidad en el incremento de mi fuerza y en mi capacidad de ejercer la violencia para afirmarla”.
Es también necesario recordar que la misión de la Iglesia, el mandato que Jesús da a los suyos, tiene que ver con la salvación universal de los hombres de todos los tiempos. No podemos saber qué sucederá en la eternidad, ni si este niñito se convertirá verdaderamente a la novedad que Cristo ha traído a su vida, quien quizás esté esperando su conversión para salvar a muchos de sus antepasados.
Como escribía el gran teólogo Henri de Lubac en los años setenta del siglo pasado: “Cuando un misionero anuncia a Cristo a un pueblo que todavía no lo conoce, no están interesados en los hechos de su predicación tan solo los hombres a los que se dirige, o a los que nacerán de ellos. Podemos más bien decir que también le interesa a sus antepasados. De manera indirecta aunque real, se trata de toda la humanidad anónima que, desde los orígenes de nuestra raza, hicieron todo lo posible en medio de la oscuridad o de la penumbra y esta fue su herencia. Y es así que, queriendo salvar a todos los hombres, y no permitiendo que en la práctica todos sean visibles en la Iglesia, Dios, todavía desea que todos aquellos que respondan a su llamada sean, a fin de cuentas, salvados por medio de la Iglesia: Sola Ecclesiae gratia, qua redimimur [Todos hemos sido redimidos por la sola Gracia de la Iglesia] (S. Ambrosio) (H. de Lubac, Catolicismo, ed italiana: Jaca Book, p. 170).

(En la imagen, un momento de la fiesta de San Carlos.)

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