Paternidad significa guiar a quien se nos ha confiado en el camino hacia la alegría más grande, la de sentirnos amados, sentirnos hijos.

¿Cuál es la verdadera, única y gran alegría de la vida, la que nos hace estar ciertos, la que nos permite ser protagonistas entusiastas en la historia del mundo? Aquella que nace del saberse amado, querido, deseado, la que nace de la certeza de saberse hijo. ¿Cuál es, en cambio, la verdadera, única y gran tentación del hombre? La que nos hace pensar que la vida, esta gran promesa que se nos ha hecho, es una ilusión, un grande engaño; creer que el sentido de la vida es la nada, que tras la vida solo hay vacío. Eugenio Montale, el genio poético, expresa magistralmente esta tentación cuando se imagina que una mañana, caminando y volviéndose de repente, sorprenderá la nada tras él. Esta es nuestra tentación y la madre de todo pecado: pensar que todo es falso, que Dios es un impostor y un enemigo. Y, por tanto, sentirnos huérfanos, sin padre.

El Génesis describe el origen del pecado, nacido como consecuencia de esta duda insinuada en el corazón del hombre y de la mujer. Esta duda nos hace pensar que Dios, aquel que debería ser nuestro Padre, es en realidad un impostor, alguien que nos quiere engañar, receloso por su poder sobre la realidad. La primera consecuencia del pecado es el miedo (tuve miedo y me escondí, cfr. Gen 3, 10), que se convierte en miedo a la muerte y a la vida, miedo a la enfermedad, al dolor y a la soledad.

Por eso, el pecado más grande que pueden cometer los adultos es el de transmitir desconfianza a los más pequeños. Provocar en ellos la percepción de que no son hijos de nadie, de que están solos y desprovistos ante la violencia del mundo. El pecado es aún más grave cuando aquel que debería ser padre revela toda su mentira y su violencia.

¿Cómo podemos volver a empezar? Partiendo de Cristo, quien vino al mundo para anunciar que no somos huérfanos y que Dios es verdaderamente nuestro Padre. Como dijo el Papa Francisco: «Él viene a revelarnos la paternidad de Dios». El pecado más grande, entonces, consiste en prescindir de Cristo y de la verdad que Él ha traído. Como decía hace algunos años Benedicto XVI: «El escándalo es destruir en estas personas la fe, la luz de Cristo, quitarles a Cristo y así, a Dios. Ya sea a través de la arrogancia intelectual, que puede llevar a ridiculizar la fe, o mediante otros medios de poder en este mundo. Este es el verdadero pecado: destruir en los hombres la comunión con Cristo, privarles de la luz divina». Y añadía: «Si el mayor pecado es destruir en un hombre la luz divina, quitarle a Cristo y a Dios, la mayor posibilidad de actuar según la lógica divina es anunciar a Cristo, ayudar para que suceda el encuentro con él, ofrecer a otros la luz de Dios».

¿Cómo no dejarse acobardar ante las continuas traiciones de aquellos que estarían llamados a ser educadores y maestros, comenzando por nosotros, sacerdotes? ¿cómo volver a generar confianza en aquellos que nos han sido confiados por Dios? Volviendo a nuestra vocación de padres, que tiene su origen en la misión de Cristo.

«Los niños nos miran y nos piden un signo» cantaba Claudio Chieffo en Il viaggio. Los niños y los jóvenes que nos han sido confiados otra vez se vuelven hacia nosotros y nos piden que seamos padres. Piden signos, pruebas por las cuales merezca la pena fiarse, piden poder sentirse hijos y no huérfanos, para ser también un día ellos padres y madres. Piden que nuestra vida sea un reflejo de la de Jesús, que a través de nosotros puedan hacer experiencia de la verdad del anuncio que Él hace al mundo. Nos hacen redescubrir cada día nuestra vocación, que es la de darles a Cristo, porque quien no da a Cristo, da muy poco.

 

(En la imagen, Jacques du Plouy –a la izquierda– y Andrea Aversa –a la derecha– con un parroquiano de San Carlo alla Ca’Granda, en Milán. Foto: Leonora Giovanazzi).

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