Esta conferencia, realizada a través de videoconferencia el 4 de mayo de 2020 para los miembros de la Fraternidad San Carlos, se ofrece ahora para todos. En ella se reflexiona sobre experiencias relacionadas con la sociedad y con la Iglesia italiana y europea.

Un huésped inesperado, desconocido y mortal

 

Desde hace dos meses el Coronavirus se ha sentado en nuestra mesa como un huésped inesperado, desconocido y mortal. Ante todo, inesperado. A pesar de que algunos científicos importantes hayan dicho que lo venían prediciendo; a pesar de que en ciertos ambientes restringidos de investigación y reflexión se haya hablado durante años de hipotéticas futuras pandemias, nadie, en realidad, lo había avisado, ni siquiera cuando la epidemia explotó en China. Muchos epidemiólogos que después habrán echado la culpa a aquellos que habían subestimado el peligro, al principio cometieron públicamente el mismo error.

El imprevisto es el motor de la historia. Algunos imperios duran decenios, siglos, y después caen (¿qué queda del reino de Gengis Khan o de Tamerlán?); las obras de algunos grandes hombres desaparece cuando estos mueren (pensemos en Alejandro Magno o en Napoleón); o, por el contrario, hechos aparentemente insignificantes provocan cambios de época (como por ejemplo el atentado de Sarajevo que en 1914 fue la chispa que provocó la Gran Guerra). El factor de la libertad es el que gobierna la historia. De ningún modo la historia puede ser reducida a la lógica «causa-efecto». Esta constatación nos lleva a considerar dos cuestiones muy profundas: ¿qué lugar tiene el hombre en la historia? Y, si hay un Dios, ¿cuál es el suyo? ¿Podemos ver en la lucha entre el bien y el mal una clave de lectura de los acontecimientos o simplemente todo es fruto de la casualidad?

 

El virus está entre nosotros, es un huésped desconocido. Probablemente, con la distancia de algunos meses desde su aparición, ha debido de sufrir algunas mutaciones. Los científicos, que en estas semanas han ocupado el escenario de las redes sociales de un modo inversamente proporcional a las certezas que podían comunicar, no saben hablar adecuadamente del Coronavirus. No saben cómo se desarrollará la pandemia en el futuro próximo ni cuando podrá ser superada definitivamente. Pero, ante todo, los científicos están totalmente divididos entre sí. A propósito, quiero citar el texto del profesor Stefano Zamagni, Presidente de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales: «Demasiado tiempo se ha cultivado la ilusión de que las nuevas tecnologías convergentes podían asegurarnos un desarrollo lineal, sin límites serios…En el pleno y convencido reconocimiento del rol fundamental de la ciencia, es necesario admitir que esta igualmente falla en cuanto a las cuestiones humanas. Los mitos siempre son peligrosos, sea cual sea el ámbito donde toman forma» [1].

La intrínseca falibilidad de la ciencia es una verdad que debemos considerar, sin olvidar los enormes y meritorios esfuerzos que tantos científicos están llevando a cabo para ayudar a la humanidad, y a los que debemos estar agradecidos. Lo que es definitivamente grave es que algunos científicos se presentan afirmando la total certeza científica de aquello que afirman: qué pena que esté en contradicción total con lo que los otros afirman. En nuestra época, muchas veces se quiere proponer la ciencia como «religión». En la humildad de muchos investigadores, esta realiza progresos importantes. En la soberbia de otros, en cambio, la ciencia aparece como una «nueva religión» intolerante que busca acusar de ignorancia a quien no se doblega a sus tesis.

De este modo aparece uno de los aspectos más dramáticos y evidentes de la crisis actual: el hombre llega a este momento de dificultad mundial, con un fuerte autoconvencimiento de inmortalidad y potencia. Todo límite o fragilidad tenía que ser escondido para ser después superado. Ya no se debía hablar de la muerte. Se podía hablar de enfermedad, solo de cara a su derrota. Incluso a través de los neologismos, en nuestra sociedad occidental ya no existían los discapacitados, los ciegos, los mutilados. Un gran y desesperado intento de esconder el límite y la herida, para expulsarlos. Estos dos meses han derribado todo esto. Quizás solo temporalmente. Pero esto sería la verdadera tragedia. El hombre ha emergido en toda su desnudez, con sus angustias, miedos, fragilidad, en toda su soledad. Sobre todo el hombre ha emergido en la experiencia más terrible que se pueda imaginar: la soledad ante la muerte. Ante la propia muerte. Sobre esto ha hablado el cardenal Scola en su intervención en Il Foglio [2].

 

El virus no es simplemente un huésped inesperado y desconocido, sino que sobre todo es un huésped mortal. Esto ha hecho que surja con grande fuerza la contradicción estructural de la vida del hombre, evidenciada en muchos pensadores, como por ejemplo Pascal. El hombre en su totalidad aspira a lo infinitamente grande, tiene en su interior una inagotable espera de algo que no termine; y, al mismo tiempo, puede ser derrotado y asesinado por algo infinitamente pequeño [3]. Esta temible contradicción pone en nuestras vidas una pregunta ineludible: ¿quién soy yo? ¿estoy destinado al todo o a la nada?

En estas semanas hemos sido testigos, a través de la impresión de la televisión, de las imágenes de ataúdes abandonados, moribundos en el hospital con los que no se podía hablar, funerales cancelados. Lo que el hombre siempre ha sentido como uno de los aspectos más elevados de expresión de su humanidad, es decir, el culto a los muertos, ha sido impedido, generando en muchas personas una herida que ya no se curará.

 

 

La experiencia de los creyentes

 

Ciertamente, aún es demasiado pronto para realizar una lectura significativa y sintética de los creyentes durante este periodo. Sin embargo, ya pueden decirse algunas cosas. El virus nos ha impedido participar físicamente en la vida de nuestras comunidades, y sobre todo en la celebración de la eucaristía con el pueblo. Sin recibir la comunión eucarística no se puede vivir. Yo mismo he subrayado para mi Iglesia, en este estado de necesidad, que los sacerdotes celebraban la eucaristía cotidianamente para todos, y que sus efectos, se derraman, igualmente, sobre el pueblo cristiano. Y esta es una verdad sacrosanta. Aun cuando ningún laico participe físicamente en la celebración, la misa celebrada por el sacerdote es siempre el Cuerpo de Cristo dado «por todos» y la sangre derramada «por todos». Pero no se puede pensar que esta situación dure para siempre. Un árbol puede resistir tormentas por algún tiempo, aunque sus raíces peligren, pero no puede resistir más allá de un cierto límite.

Además, se nos ha quitado también la costumbre de las relaciones humanas y los fragmentos de la vida común que representan, en nuestras comunidades, la eucaristía vivida.

A pesar de ello, durante estas semanas de pandemia, hemos visto florecer algunos gestos muy bellos de fe y caridad, obra de la creatividad del Espíritu a través de la libertad de los creyentes. Muchos catequistas y educadores han creado redes de comunicación y relaciones con sus hijos; muchos adultos han comenzado a rezar el rosario con citas diarias; y mucho más. Internet, que a menudo se usaba con fines lúdicos y negativos, ha sido utilizado muchas veces para la oración, la alabanza, la búsqueda de una profundización espiritual y cultural.

Al mismo tiempo, sin embargo, existe un cansancio generalizado: el hombre no puede reprimir durante demasiado tiempo la necesidad de relaciones personales, no virtuales, que lo constituyen. Incluso las formas más altas de vocación monástica, como la Trapa o la Cartuja, proporcionan momentos diarios de comunicación con la presencia física de los demás. Todos estos meses hemos experimentado la belleza de poder vernos y escucharnos, a través de llamadas vía streaming, pero también hemos conocido el fuerte límite intrínseco de este modo de comunicación. Como si fuera un acto de amor que al final conlleva una carencia. La misma experiencia de Aquiles que, en la Ilíada de Homero, trata de abrazar a su amigo Patroclo aparecido en un sueño [4]; o Eneas que, en la Eneida de Virgilio, quiere abrazar la sombra de su difunta esposa Creusa, pero «su imagen, vanamente asida, se deslizó de entre mis manos, como un viento sutil, como un fugaz ensueño»[5].

En estas semanas entre los creyentes ha habido quien ha dicho: «¡Qué bonita es la liturgia celebrada vía streaming!». También: «Las misas valen lo mismo, aunque sean por televisión». Más aún: «La imagen del papa en la plaza San Pedro desierta ha sido la palabra más eficaz de estos meses. ¿Qué problema hay, entonces, de seguir celebrando las misas sin el pueblo?». Yo también creo que la figura del papa Francisco en la plaza desierta ha sido una palabra muy potente, así como su peregrinación a los pies del Crucifijo de san Marcelo al Corso. Pero, ojo a tomar estas expresiones como alternativa al pan cotidiano de la vida cristiana. El papa Francisco siempre nos ha advertido del peligro de una vida cristiana «agnóstica», como la que se transmite vía streaming [6]. El unilateralismo es siempre una negación de la verdad.

 

Desde este punto de vista, las últimas semanas han destacado dos verdades dramáticas: una ignorancia generalizada y profunda del mensaje cristiano y un secularismo profundamente arraigado, que ahora se ha convertido en lugar común.

 

 

  1. La ignorancia del cristianismo

 

Tal vez nunca había medido con una intensidad tan profunda –favorecida, ciertamente, por el silencio–, la generalizada ignorancia de las verdades esenciales de la vida cristiana en nuestra sociedad. Muchos ya no conocen el valor de la Confesión, de la Eucaristía, del reunirse en comunidad, de la vida común, de los sacramentos en general, etc. Tenemos que ponernos una pregunta radical: ¿Qué hemos enseñado a nuestro pueblo?

La pandemia a puesto de manifiesto una ignorancia que viene de lejos, quizás desde los años cincuenta y sesenta. El Concilio Vaticano II reaccionó a la ausencia de peso existencial de las verdades proclamadas. Pero en el período siguiente, muchas verdades del credo se leyeron en un nivel predominantemente humanista. No se ha sabido combinar la verdad de la propuesta de Cristo con la experiencia de vida que esta permite y revela.

Está claro que en cada existencia humana se dan diferentes momentos, como documenta el desarrollo económico. No puedo preguntarle a un niño lo que puedo y debo preguntarle a un adulto. Por lo tanto, la fascinación del encuentro no puede y no debe estar cargado de conocimientos y mandamientos que se irán descubriendo poco a poco. Al mismo tiempo, la vida del hombre no se facilita ocultándole algunas partes de la verdad. El silencio, si no la censura, sobre temas incómodos o difíciles, como la muerte y el Paraíso, no ha aumentado, sino que ha disminuido el atractivo de Jesús. Pero podemos pensar en la experiencia de la virginidad, de la que ya nadie habla: ¿Aumenta esta el atractivo de Jesús o la disminuye? La obediencia vivida en libertad y alegría, la pobreza sin descuido y sin demonización de los demás, la amistad…todas estas experiencias luminosas, ¿aumentan o disminuyen el atractivo de Jesús? Más aún, ¿qué podemos decir sobre la vida de las familias cristianas, acerca de traer niños al mundo, educarles, y sobre la donación gratuita a compartir la vida con otros, típica de muchas obras de caridad?

Como he dicho tantas otras veces, en nuestro tiempo la psicología y la sociología han tomado el puesto de la fe. Todo esto ha sucedido de una manera muy sutil y dramática. La fe no se ha negado explícitamente, pero se ha argumentado que coincide con el contenido de las verdades de las ciencias humanas. Esto ya había sido previsto, anunciado y difundido por Hegel hace dos siglos, a partir de su libro juvenil La vida de Jesús [7], que luego encontró una explicitación espectacular, y con sólidos fundamentos, en su «filosofía del Espíritu». No tenía intención de matar al cristianismo, como Feuerbach y Marx habrían querido más tarde, sino reemplazarlo. Hegel había imaginado una poderosa obra de «recorte» (Aufhebung), dirigida a vaciar las verdades fundamentales de la vida de todo valor trascendente.

 

 

  1. La marginación de la vida cristiana

 

Otro dato quizás más grave de todo lo que se ha dicho hasta ahora. Se trata de la absoluta marginación no solo del mensaje cristiano –justo en un momento en que los dramas que estamos viviendo requerirían, como se suele decir, de un «suplemento de alma»– sino también y fundamentalmente de la misma comunidad cristiana. Pensemos en qué significa esto para un país como Italia, que desde hace dos mil años vive de un humanismo poético, artístico, literario, arquitectónico, urbanístico y musical, nacido del cristianismo. Si quitásemos de repente las catedrales, las iglesias, a Fra Angélico, Miguel Ángel, Rafael, san Francisco, Dante, Galileo, Leonardo…¿qué quedaría de Italia? Ciertamente, sus tradiciones laicas y de otras religiones, todas ellas respetables e importantes. Pero, incluso estas quedarían terriblemente empobrecidas, sin este entrelazamiento con la vida de la comunidad cristiana que constituyó, incluso dialécticamente, su historia y su savia vital.

Es verdad que la preocupación por la comunidad cristiana en este momento no ha encontrado espacios en los periódicos, en la televisión, en internet, en los proyectos del Gobierno. Cuando la Iglesia puso sobre la mesa, después de dos meses de obediencia a las directrices del Gobierno –justificadas por la caridad–, la necesidad de reanudar la celebración de las Santas Misas con el pueblo de un modo absolutamente regulado, muchos, creo que la mayoría, sin mala conciencia, dijeron: «La Misa es lo mismo que el restaurante y la peluquería». Ya no se percibe el valor social de la vida cristiana. Si antes me quejaba de la falta del verdadero significado de la fe, ahora estoy hablando de su peso histórico.

En este sentido, cito algunas reflexiones del prof. Zamagni: «No es el Estado el que nos mantiene unidos y no es la separación física lo que nos basta. La institución pública y la individualidad separada motivan a vivir juntos. Y, sin embargo, familia, comunidad y nación se encuentran entre las palabras más abusadas y degradadas desde hace décadas. (…) El Estado no puede convertirse en una institución total, porque pertenece al orden de los medios y no de los fines» [8].

 

 

La ocasión

 

Todas las consideraciones realizadas hasta ahora serían totalmente engañosas si se detuvieran aquí. En realidad, lo que está sucediendo es también una gran oportunidad para nuestra vida, una fuerte llamada a releer nuestra historia personal. Este podría ser el tema de una gran novela cuyo centro sería el acontecimiento del encuentro entre Dios y el hombre.

Una amiga judía de Jerusalén me decía que la situación actual solo se puede comparar con el «diluvio universal» y me preguntó cuántos podríamos subir al arca. Respondí que hoy el arca es muy grande y que todo depende de nosotros. Sí, mucho depende de nosotros.

Como decía al principio de esta conferencia, todo ha sucedido sin que estuviésemos preparados. Pero así sucede a menudo en los acontecimientos de Dios con el hombre. Dios no está en el origen de esta epidemia, no es su causa. Pero se sirve de ella para mostrarnos qué sucede cuando la humanidad abandona a Dios y para renovar la alianza acordada con Abraham. Alianza realizada previamente con Noé y definitivamente sellada en la sangre de Cristo y en su resurrección, pero caída en el olvido del hombre. Dios siempre renueva su alianza, a través de brotes sagrados (cf. Is 11,1), de células capaces de reconstruir su pueblo. Nos llama a responder continuamente a su alianza, con una conciencia diferente y nueva. Nos llama a ser personas y comunidades en las que se desarrolle una conciencia más profunda y verdadera de lo que es esencial para la vida. San Pablo VI, cuando era todavía arzobispo de Milán, habló de Cristo como de alguien «necesario» [9]. Estas palabras deberían retomarse de nuevo.

Por lo tanto, toda la provocación de Dios está contenida en esta llamada: «No os evadáis del presente, aunque este sea terrible e indeseado. Aprovecha este periodo malo. Lo mismo decía san Pablo a la comunidad de Éfeso: «Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos» (Ef. 5,15-16). Esta frase ha sido traducida por Manzoni poniéndola en boca del cardenal Federico, en Los novios: «Aprovechemos el tiempo» [10], es decir, redescubramos el peso de los días, su valor. Redescubramos las ocasiones que se nos han dado.

Estamos viviendo una oportunidad, un kairós –como se suele decir hoy, tristemente con mucha superficialidad, reduciendo todo a un slogan. El kairós es algo que nos involucra y de lo que podemos salir siendo mejores o peores. Durante estas semanas hemos visto algunos ejemplos que dan esperanza: la impresionante generosidad y dedicación de muchos sacerdotes y trabajadores de la salud. Algunos sacerdotes han muerto; muchos son los médicos y enfermeras que se han sacrificado hasta dar la vida. Además, pienso en el sacrificio de tantas familias para estar cerca de sus pacientes, para inventar nuevas formas de juego y de estar con los hijos que de repente se han visto obligados a estar en casa durante un tiempo demasiado largo. Pero todo necesita tiempo y razones para convertirse en un nuevo hábito en nuestra vida. La generosa entrega de uno mismo necesita asentarse, de lo contrario puede generar reacciones negativas y depresiones.

Junto con estas expresiones de caridad, que tienen sus raíces en una historia cristiana de muchos siglos, también ha habido mucha desesperación y cinismo. Realmente, solo la fe genera paciencia, sin olvidar que esta no es una medicina mágica. Nuestra psique está expuesta y no basta rezar para que sane, aunque la oración es la más formidable de las medicinas posibles para nosotros. Miremos desde este punto de vista cuánto trabajo nos espera.

Quizás estamos redescubriendo la verdad de esa frase de Juan Pablo II, pronunciada al comienzo de su pontificado en Nursia, con motivo de los 1500 años del nacimiento de san Benito: «Era necesario que lo heroico se hiciese normal, cotidiano, y que lo normal, cotidiano, se hiciese heroico» [11].

Durante este tiempo muchos de nosotros, incluido yo, hemos sentido la cercanía del fin. Este no es un pensamiento negativo o depresivo. Al contrario, puede ser, finalmente, un atisbo de la verdad. Sentir la cercanía del fin, de hecho, no significa desear la muerte, sino desear que el cielo entre en nuestra vida diaria con más potencia y capacidad de iluminación. Es el deseo de ver a Jesús, para que los horizontes de nuestra mirada y nuestro corazón se amplíen de un modo nuevo.

No debemos vivir «para el más allá» (como subrayaba la pedagogía y la predicación cristianas especialmente en el siglo XIX, reaccionando al inmanentismo de la Ilustración), sino vivir «el más allá en este mundo». Pensar aquí en las cosas del cielo (cf. Col 3,1), por usar la expresión de san Pablo al referirse a los frutos de la resurrección. La resurrección de Cristo, de hecho, ilumina cada momento de la historia y también nuestro presente: lo vemos, lo sabemos y podemos experimentarlo a diario.

La gran tentación de este momento es evadirnos en el pasado o en el futuro: arrepentirnos del pasado o escapar a un futuro que, en realidad, no podemos imaginar. La salvación, en cambio, consiste en reconocer los signos de Dios en el presente.

Podríamos definir este tiempo como la ocasión de «prueba de la fe». En su primera carta, san Pedro escribe que nuestra fe es más preciosa que el oro, el cual es igualmente probado (cf. 1P 1,7). «Prueba de la fe» significa descubrir en qué descansa realmente nuestra vida, cuál es la baste fundamental que determina cada instante y que ninguna fuerza hostil podrá borrar nunca. En la epidemia yo percibo una lucha entre Dios y Satanás, una lucha que involucra a los hombres. El pasaje del Evangelio que el papa Francisco eligió para la oración en la plaza San Pedro ha sido muy significativo para mí. Durante la tormenta en el lago (Mc 4,35-41) Jesús hace dos preguntas fundamentales: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe? (Mc 4,40). La prueba pone de manifiesto en qué descansan realmente la vida y la fe.

 

 

Dos ideas constructivas como conclusión

 

  1. Al concluir mi intervención, primero querría subrayar la importancia de la vida común. Puede parecer contradictorio y casi ridículo hablar en este contexto de la vida común. Sin embargo, no es así. La distancia física que estamos viviendo (prefiero este término a «distancia social», que me parece profundamente equívoco) ha demostrado a todos que, a pesar de las mil dificultades, hay un valor oculto en el estar juntos en familia. La vida común –lo sabemos– exacerba y hace más grandes las fragilidades, pero refuerza los buenos ideales. La imposibilidad de vivir relaciones cercanas y «normales» ha hecho que muchos entiendan cuán preciosa es la vida común, si se vive de un modo auténtico, es decir, no con rivalidad, por posesión o instrumentalización, sino como enriquecimiento mutuo, para sostener y valorar. La vida común es el corazón de la vida del mundo, llamada a la comunión con el Padre y con los hermanos. La obligación a estar físicamente distantes de nuestras comunidades y de los amigos es una purificación del mal que hemos vivido durante mucho tiempo en el individualismo y en la opresión del otro.

Además, la imposibilidad de participar en la liturgia eucarística puede haber sido, paradójicamente, una forma privilegiada de redescubrir la importancia absoluta de la comunidad en nuestra vida. La vida común no es un proyecto artificial para sentirnos bien entre unos y otros o un apoyo en momentos de dificultad. Es, en cambio, la llama que debe ayudarnos a mirar el Cuerpo de Cristo, como comunidad animada por la libertad del Espíritu y por la participación concreta de todos los miembros en la vida del único Cuerpo.

 

  1. Durante estas semanas hemos descubierto con mayor evidencia cuánto esperan los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, creyentes y no creyentes, que se les ayude a rezar, aprendiéndolo de nosotros. Todo cristiano está llamado a convertirse un maestro de la oración. Los salmos, la celebración de la misa, la lectura del misal, el rosario, la adoración eucarística deben invadir nuestra vida de manera más consciente. Deben de pasar a ser un «deber» a convertirse en descubrimiento y compañía ineludibles. De esta manera podremos hacer espacio en nuestros corazones a la presencia de dios, acoger el don de la alegría y convertirnos en verdaderos misioneros, capaces de anunciar el Evangelio de la libertad y de la paz a todas las personas que encontremos en el camino.

 

 

Notas

 

[1] S. Zamagni, La pandemia da Covid-19: factum et faciendum. Un apporto dall’Osservatorio Giovanni Bersani, 22 aprile 2020, pro manuscripto.

[2] A. Scola, “Oltre il dramma del male. Antidoto alla solitudine”, Il Foglio, 22 marzo 2020.

[3] Escribe Pascal: «El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pesante. No se precisa que el universo entero se alce en armas para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para darle muerte. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, sería el hombre más noble que quien lo mata, puesto que sabe que muere, por qué muere y sabe la superioridad que el mundo tiene sobre él. El universo, en tanto, nada sabe de esto». B. Pascal, Pensamientos, CCCLXXVII.

[4] Cf. Omero, Ilíada, XXIII, 99-101.

[5] Cf. Virgilio, Eneida, II, 790-794. Cf. También el encuentro de Enea con la sombra del padre Anquises: Eneida, VI, 700-702.

[6] Cf. Papa Francesco, “La familiaridad con el Señor”, Homilía de la misa matutina transmitida en directo desde la capilla de la casa Santa Marta, 17 de abril de 2020.

[7] G. Hegel, La vida de Jesús, 1795.

[8] Zamagni, La pandemia da Covid-19: factum et faciendum, cit.

[9] G. B. Montini, Omnia nobis est Cristus. Carta Pastoral a la Archidiócesis de Milán con motivo de la Cuaresma del 1955.

[10] «Aprovechemos el tiempo: la medianoche se avecina; el Esposo no puede tardar; conservemos encendidas nuestras lámparas. Presentemos a Dios nuestros míseros corazones vacíos, para que se digne llenarlos con esa caridad, que repara lo pasado, que asegura lo por venir, que teme y confía, llora y se alegra, con sabiduría; que, en todos los casos, se convierte en la virtud que necesitamos». A. Manzoni, Los novios, XXVI.

[11] Juan Pablo II, Homilía en Nursia, con motivo de la Visita Pastoral a Cascia y Nursia, 23 de marzo de 1980.

 

lea también

Todos los artículos