Recuerdo claramente el día en que, sentados en un bar bastante miserable de Milán, me dicen que quieren casarse y me piden celebrar su boda. A él hace mucho que lo conozco, a ella hace pocas semanas. Ese día fue el inicio de un largo camino, del cual difícilmente habría podido prever la profundidad.
Me explican, en efecto, que existe la posibilidad, de que él sea pordador de una grave enfermedad hereditaria, que lo puede llevar a la muerte. Su novia es consciente de ello y no lo considera una objeción al matrimonio. Me impacta la inconsciencia de ambos pero también la disponibilidad, bellísima.
Esta disponibilidad nacía de la intuición que lo que les había acontecido en el enamoramiento, podía y puede abrazar toda su vida, y es en el fondo más grande que cualquier cosa.
Comenzamos a encontrarnos, aunque la logística no nos permite hacerlo con frecuencia. Ellos viven en Milán, yo en Roma. También por esto, quizás, nuestros encuentros son siempre muy esenciales y verdaderos. Juntos hablamos de la belleza del matrimonio y de la tarea que desarrolla en el mundo:  ser un trozo del Reino de Dios, un trozo de realidad transfigurado por Su presencia que se hace evidente en el amor de los esposos.
A un cierto punto afrontamos también el tema de la enfermedad. No es simple porque requiere tomar decisiones importantes. Ante todo, si es necesario, o no, saber más. Es posible en efecto hacer un examen que revele con certeza la presencia o ausencia de la enfermedad. ¡Cuántas preguntas nacen delante de una situación parecida! ¿Es mejor vivir en la duda o es mejor saber y llevar luego el eventual peso de la conciencia? ¿Es posible vivir sin pensarlo?
Una cosa está enseguida clara desde el inicio: no se puede afrontar esta prueba si no dentro del camino de fe que se vive. Entonces las preguntas poco a poco se van transformando, incluso quedando muy dramáticas:  ¿Qué tiene que ver todo esto con la vocación al matrimonio? ¿Y qué papel juega la enfermedad, si Dios nos ha llamado juntos a una tarea?
Me impresiona ver la seriedad con que, incluso en el cansancio, se ponen estas preguntas. Me fascina ver la fuerza de la comunión. Saber que están juntos, atados por siempre a Dios, les permite mirar cosas que, solos, sería insoportable ver. Lo que le ocurre a él concierne ambos, porque su vida, en el matrimonio, está marcada por la tarea común que han recibido. Me encanta ver la fuerza de la oración, mientras crece la certeza que el camino para cumplir nuestra vocación es abandonarse a Dios, dentro de las circunstancias misteriosas que vivimos.
Entregarse a Dios con confianza es vertiginoso, dramático, bellísimo. Lo veo con mis ojos cuando me dicen con temblor:  “Hemos decidido, haremos el examen”. Es el vértigo de la fe, por la cual apoyas tu vida, con sensatez, en Alguien que está más allá de tu alcance.
Los meses siguientes están marcados por la necesidad volver continuamente a una posición de abandono y de entrega confiada. El ruego, la confesión y la fidelidad a los amigos más cercanos son los caminos para ponerse delante de Dios, que llama y pide nuestra vida para hacer de ella algo grande. Yo sigo su camino sintiéndome parte de ello, y vuelvo a descubrir mientras tanto uno de los aspectos más bellos de la vocación sacerdotal:  compartir el destino de quién Dios nos confía. Éste es en efecto el contenido de mi ruego, en aquellos meses en suspenso: “Señor, que la enfermedad no esté, para que resplandezca tu gloria. Y si tu gloria tiene que pasar por la enfermedad, dónales a ellos y a mí la fe para llevar lo que Tú pides.”
Llega el día en que tienen que retirar el resultado del examen. En ellos hay miedo y ansiedad pero prevalece la paz del abandono. Yo los acompaño de lejos, sentado en el tren. Estoy volviendo a Roma y rezo el rosario
Luego la llamada y la noticia; simple: no hay enfermedad. Él no dice mucho más, hay un silencio lleno de gratitud. Luego, lentamente, emerge el fruto más bonito del camino hecho en los meses anteriores:  el deseo de seguir abandonándose, disponibles a lo que Dios pedirá, el deseo de seguir apoyando el matrimonio en la fidelidad de Dios, que cumple aquello que inicia, según caminos misteriosos.
Yo estoy agradecido de la posibilidad de poder servir la vocación matrimonial, para que resplandezca en el mundo su belleza. La belleza de dos personas llamadas juntas a construir Su Reino, que inicia allí dónde un corazón se entrega a Él.

(Foto Leonora Giovanazzi)

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